SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

SEMANA SANTA

Cada año, en la Semana Santa, la Iglesia nos invita a celebrar solemnemente, el Misterio Pascual de Jesús. En esta celebración nos ponemos en contacto íntimo con él,  que se hace presente en medio de nosotros,  y no sólo “recordamos”, sino que “volvemos a vivir”, mediante la liturgia, su pasión, su muerte, y su gloriosa resurrección y ascensión al cielo.

La Semana Santa es un tiempo privilegiado para dejar a un lado la rutina y la pasividad con las que muchas veces vivimos nuestra fe cristiana, renovar nuestra entrega a Jesús, Hio de Dios y Salvador nuestro,  y comenzar una nueva vida, fortalecidos por las gracias que él mismo nos regala.

DOMINGO DE RAMOS

La Semana Santa se inicia con el Domingo de Ramos “En la Pasión del Señor”. La celebración de este día es festiva y gozosa y nos conduce anticipadamente, a descubrir la gloria de la Pascua del Señor. Las vestiduras rojas del sacerdote y de los acompañantes nos hablan de la realeza de Jesús, y también de su martirio.

Jesús entra en Jerusalén, aclamado por la multitud que lo reconoce como el Mesías anunciado por los profetas y esperado por todos, pero lo hace de modo humilde, montado no en un caballo, como los reyes de aquel tiempo, sino en un asno, que es animal de trabajo. Así realiza plenamente la profecía de Zacarías:

“¡Oh Hija de Sión!, regocíjate en gran manera… salta de júbilo… viene a ti tu Rey; él es justo y es tu Salvador; viene pobre, montado en un asno” ( Zacarías 9, 9).

Jesús nos da ejemplo de sencillez, de paz, y de dedicación a la obra que le encomendó su Padre. Nosotros le rendimos homenaje público de amor, de fe, y de reconocimiento, acompañándolo en la Procesión de los ramos.

La lectura de la Pasión, que se hace en la Eucaristía, nos introduce en los acontecimientos que vamos a celebrar en el Triduo Pascual.

LUNES, MARTES Y MIÉRCOLES SANTOS

Según el testimonio de los evangelistas, Jesús pasa estos días en la Ciudad Santa de Jerusalén. Tiene algunas discusiones con los fariseos, los escribas y los saduceos, y el conflicto llega a tal punto, que los jefes del pueblo optan por la violencia y deciden apresarlo y llevarlo a la muerte.

Los evangelios de estos días nos narran varios acontecimientos importantes, que antecedieron y prepararon los sucesos de la pasión. El lunes, la unción de Jesús en Betania; el martes, el anuncio de la traición de Judas; el miércoles, los tratos de Judas con los enemigos de Jesús y el anuncio de la negación de Pedro.

La Iglesia nos invita a continuar viviendo en la austeridad, la oración, y la práctica de la caridad, recomendadas durante la Cuaresma. Nuestro proceder tiene que hacer presente ante los demás, el mensaje auténtico de la Semana Santa: la verdadera vida del cristiano es morir y resucitar con Cristo. Morir al pecado y resucitar a la vida divina, la vida de hijos de Dios, creciendo en su amor y en su gracia.

EL TRIDUO PASCUAL

Es la celebración más importante que tiene la Iglesia, la fiesta de las fiestas. Se inicia el Jueves Santo con la Eucaristía vespertina, llamada “En la Cena del Señor”; su centro es la solemne Vigilia Pascual, el sábado en la noche; y se cierra en la tarde del Domingo de Resurrección.

En el Triduo Pascual revivimos los momentos centrales del final de la vida de Jesús en la tierra; sus sentimientos, su amor, su entrega, y el sentido teológico de su Misterio Pascual, que abarca su pasión, su muerte, su resurrección de entre los muertos, y su gloriosa ascensión al cielo, donde vive “a la derecha del Padre”, como rezamos en el Credo.

Son tres días que forman una perfecta unidad que tenemos que vivir completa, para entrar en contacto verdadero y profundo con Jesús que padece y muere por amor a nosotros.

JUEVES SANTO

La última noche de su vida, Jesús celebró un banquete con sus discípulos. Era un banquete de acción de gracias, la fiesta de la Pascua Judía, en memoria de la liberación de los israelitas, de su esclavitud en Egipto.

En este banquete, Jesús  lavó los pies a los apóstoles, se despidió de ellos dándoles sus últimas recomendaciones y anunciándoles que estaba próxima su muerte, y tomó el pan y el vino, y pronunció sobre ellos su bendición, diciendo:   “Tomad y comed, esto es mi cuerpo… Bebed todos de él porque esta es mi sangre, que será derramada por vosotros… Haced esto en memoria de mí” (Mateo 25, 26-27)

La celebración litúrgica de este día, conmemora tres acontecimientos muy importantes para la Iglesia y para cada uno de nosotros:

  1. La institución de la Eucaristía, presencia real y permanente de Jesús en medio de nosotros. Ella  alimenta y fortalece nuestra fe y nuestra vida espiritual, y la de toda la Iglesia.
  2. La institución del Sacerdocio, que permite continuar en el tiempo la obra salvadora de Jesús, por el anuncio de su mensaje y la celebración de los sacramentos en los que él nos comunica sus gracias.
  3. La proclamación del Mandamiento del Amor como la actitud fundamental que debemos tener quienes creemos en Jesús y nos hacemos discípulos suyos.

El color blanco de las vestiduras del sacerdote y sus acompañantes, y de los manteles del altar, nos hablan de pureza, limpieza interior y exterior, y también de gozo, de entusiasmo, de alegría y esperanza. El blanco es el color de la Eucaristía.

Antes de terminar la celebración litúrgica de este día, el sacerdote lleva en procesión solemne, a Jesús Eucaristía, a un lugar especialmente preparado, donde permanecerá hasta el viernes en la mañana, para la adoración de los fieles.  Visitar a Jesús en “el monumento”, o mejor, “en la reserva”, es acompañarlo en los difíciles momentos de su pasión, que anteceden a su muerte. Hagámoslo con mucha devoción, y en este año sacerdotal, elevemos una oración especial por los sacerdotes, para que sean fieles a la misión que el Señor les encomendó.

VIERNES SANTO      

El Viernes Santo revivimos, mediante la liturgia, la pasión y muerte de Jesús, y lo hacemos con una certeza en el corazón: su aparente fracaso es en realidad su victoria definitiva y total sobre el pecado y la muerte.

El panorama de este día está dominado por la cruz gloriosa y por el triunfo del Crucificado. El sacerdote que preside y sus acompañantes llevan vestiduras rojas, que hacen alusión al martirio del Señor.

Siguiendo una tradición muy antigua, el Viernes Santo no se celebra la Santa Misa, sino una solemne y sencilla Acción Litúrgica, que incluye:

  1. La Liturgia de la Palabra, con la lectura de la Pasión y Muerte del Señor, según san Juan, y la Oración Universal, que en esta ocasión es especialmente solemne;
  2. La Adoración de a Cruz, signo de nuestra salvación;
  3. Y la distribución de la Comunión.

El Viernes Santo es un día penitencial por excelencia. La Iglesia nos invita a unirnos efectivamente al dolor de Jesús con el ayuno y la abstinencia de carne, y con otros sacrificios y privaciones voluntarias, para reparar por nuestros pecados y por los pecados de todos los hombres, que ofenden el amor de Dios. Estas privaciones voluntarias deben convertirse además, en una ayuda efectiva a los pobres en sus necesidades más urgentes.

La celebración del Viernes Santo nos invita a descubrir la gloria y el poder de la cruz de Jesús. Él – con su victoria – ilumina toda nuestra vida, incluyendo – de un modo especial -, los momentos de dolor, que, por su cruz, adquieren un valor redentor.

Los católicos somos personas marcadas desde el Bautismo con la cruz de Jesús, pero con una dimensión de victoria sobre el mal.

 SÁBADO SANTO

Desde el atardecer del viernes y durante todo el sábado, la Iglesia nos invita a considerar otro aspecto del Misterio de Jesús: su sepultura y su descenso al lugar de los muertos.

El Sábado Santo como tal, no hay ninguna celebración litúrgica especial. Es un día de silencio y oración, en el que la Iglesia nos invita a penetrar en los sentimientos de María y a acompañarla en su soledad y su infinito dolor por la muerte de Jesús. Ya en la noche, cuando se vislumbra a lo lejos la luz del nuevo día, se da inicio a la celebración de la Solemne Vigilia Pascual, punto culminante del Triduo Pascual y de toda la Semana Santa.

 VIGILIA PASCUAL   

La Vigilia Pascual es la celebración más importante que tiene la Iglesia en el Año Litúrgico. Inicia los cincuenta días de profundo y rebosante gozo que produce en nuestro corazón y en la creación entera, la gloriosa Resurrección de Jesús, los cuales concluyen el día de Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo.

Jesús sale de las tinieblas de la muerte y se constituye en el sol radiante que alumbra al mundo y a los hombres. Su resurrección es el fundamento de nuestra fe y la garantía de nuestra propia resurrección.

La celebración litúrgica de esta noche tiene cuatro partes que se desarrollan de manera sucesiva:

  1. La Liturgia de la Luz, en la que se bendicen el fuego nuevo y se enciende el Cirio Pascual, figura de Cristo resucitado; y se canta el Pregón Pascual, un himno de la Iglesia pleno de alegría, que exalta la resurrección  de Jesús y su significado para el universo entero.
  2. La Liturgia de la Palabra, en la que se proclama, mediante las lecturas del Antiguo y el Nuevo Testamento, la bondad de Dios, y el triunfo de Jesús sobre el mal, y se canta con especial solemnidad, el Aleluya festivo de la Pascua.
  3. La Liturgia Bautismal, en la que renovamos nuestro rechazo consciente del mal y del pecado, y proclamamos nuestra fe en Cristo muerto y resucitado para nuestra salvación.
  4. La Liturgia de la Eucaristía, en la que Jesús se hace presente en medio de nosotros en el pan y el vino consagrados por el sacerdote, y nos invita a llenar nuestra vida de él, recibiéndolo en la comunión.

En la Vigilia Pascual, Jesús, Nuestro Señor resucitado, nos comunica el gozo y la paz de su Pascua, como lo hizo con los apóstoles en su tiempo, y da así una nueva dimensión a nuestra vida y a nuestra muerte.

Exulten por fin los coros de los ángeles,

exulten las jerarquías del cielo,

y por la victoria de rey tan poderoso

que las trompetas anuncien la salvación. (Del Pregón Pascual)

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

La celebración del Misterio Pascual de Jesús, en el Triduo Pascual, concluye el domingo al atardecer. Este día todo gira alrededor del maravilloso suceso de la resurrección, que los apóstoles y discípulos de Jesús percibieron con tanta claridad: Jesús ya no está en el reino de los muertos, ha resucitado, está vivo. las mujeres que fueron a la tumba son testigos de esto y el ángel se los confirmó con sus palabras.

La Liturgia del Domingo de Pascua es solemne y festiva. El sacerdote lleva vestiduras blancas en señal de alegría. Las campanas repican anunciando a los hombres de todos los rincones de la tierra, el acontecimiento extraordinario, que ha tenido lugar. Todo invita a glorificar a Dios Padre que por su poder ha devuelto la vida a Jesús, y a aclamar a Jesús porque ha salido triunfante de la prueba.

La resurrección de Jesús inaugura el tiempo de la Nueva Creación, que abarca no sólo a las personas sino al universo entero. Es un tiempo de alegría, un tiempo de esperanza, un tiempo de gozo y de preparación para nuestro encuentro definitivo con el Señor, el día de nuestra propia pascua.

El gozo de la celebración de la Pascua del Señor debe permanecer a lo largo de toda nuestra vida, y debe desbordar de tal manera que se haga comunicativo a todas las personas que viven a nuestro alrededor. Recordemos que la fe cuando es veradera, es alegre, jubilosa, festiva, y de una manera muy especial, comunicativa.

¡Felices Pascuas para todos! ¡Que Jesús muerto y resucitado los llene de su amor y de su paz!

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: