SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

JESÚS

LA ENCARNACIÓN DE JESÚS

 “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios…                                    

En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y
las tinieblas no la vencieron…

Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad…”  (Juan 1, 1.4.14.).

Desde el principio existía la Palabra, Jesús, el Hijo de Dios.

Y la Palabra, Jesús, estaba con Dios.

Y la Palabra, Jesús, era Dios.

Desde el principio, es decir, desde siempre… y por siempre.

En ella, en la Palabra, en Jesús, estaba la Vida. Él mismo era la Vida.

La Vida y la Luz. Vida que vivifica, Luz que ilumina.

Y la Palabra, Jesús, se hizo carne.

Carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre.

Se encarnó, se hizo hombre; hombre como tú y como yo.

Se metió en el tiempo y en el espacio y se vino a vivir a nuestro mundo, entre nosotros, con
nosotros, para nosotros, por nosotros.

0006AJESÚS EN EL PESEBRE NOS RECUERDA:

Que Dios es amor y ternura.

Que la vida humana tiene un valor tan grande, que Dios no dudó en asumirla al encarnarse en el seno virginal de María.

Que nada es más bello en el mundo que la sonrisa de Dios en el rostro de un niño.

Que cuando abrimos nuestro corazón a Dios como lo abrió María, suceden cosas maravillosas.

Que en Jesús están todas las respuestas a nuestras preguntas.

Que la fe es el don más grande que Dios nos ha dado.

Que la Voluntad de Dios es siempre voluntad de amor y de salvación para todos.

Que no tenemos por qué tener miedo, porque en Jesús, Dios está con nosotros y lo estará siempre.

Que la sencillez y la humildad son dos virtudes esenciales en la vida cristiana

Que la riqueza más grande que podemos tener es una familia amorosa y unida.

Que la pobreza material no es obstáculo para ser felices.

Que la verdadera felicidad es fruto de la paz interior que sólo se consigue cuando vivimos según el querer de Dios.

Que Dios es la luz que ilumina siempre los momentos de oscuridad que atraviesa nuestra vida.

CREER EN JESÚS

Si tienes fe, si crees que Jesús es el Hijo de Dios, hecho hombre como nosotros, tu vida tiene que ser distinta a la vida de quienes no creen.

Si tienes fe, si crees que Jesús es el Hijo de Dios, su Mesías, su Enviado, tienes que elevar tu mirada a él para conocerlo en profundidad, para contemplarlo y adorarlo.

Si tienes fe, si crees que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador, tienes que abrir la mente y el corazón para escuchar su mensaje de amor, de vida, de justicia, de libertad, de paz y de esperanza para todos.

Si tienes fe, si crees que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro hermano y amigo, tienes que hacerte sensible a su presencia en ti, acogerlo como el mejor de los amigos, y dejarte amar por él.

Si tienes fe, si crees que Jesús es el Hijo de Dios, por quien Dios, su Padre, cumple sus promesas a los hombres, tienes que permitir que su amor y su verdad te penetren y te transformen.

Si tienes fe, si crees que Jesús es Dios en medio de nosotros, tienes que hacerte como él, servidor de tus hermanos. 

Si tienes fe, si crees que Jesús es el Hijo de Dios, que murió y resucitó para liberarnos del pecado y de la muerte, tienes que entregarle tu vida para que él mismo destruya todas las cadenas que te atan y no te dejan ser libre y feliz.

Si tienes fe, si crees que Jesús es el Hijo de Dios, por quien Dios, su Padre y nuestro Padre, nos comunica todas sus gracias, tienes que pedirle que bendiga tu vida y te adorne con los dones infinitos de su amor y su bondad.

Si tienes fe, si crees que Jesús es el Hijo de Dios, igual en todo a nosotros, menos en el pecado, tienes que hacer todo lo que esté a tu alcance para sacar el pecado de tu vida, de modo que cada día te parezcas más a él.

Creer en Jesús, tener fe en Jesús, tiene que hacernos distintos, tiene que hacernos especiales: con el corazón lleno de amor, de alegría y de esperanza, limpios y puros, comprensivos y misericordiosos, generosos y amables, justos y libres, sinceros y honestos, activos y contemplativos, fuertes y valientes, pacientes y pacíficos, sencillos y humildes, capaces de perdonar de corazón a quien nos ha ofendido, capaces de vivir en permanente actitud de conversión, capaces de anunciar a Jesús con las obras y las palabras de cada día, con la vida  entera.

Creer en Jesús, tener fe en Jesús, tiene que darle a nuestra vida un sabor nuevo, distinto, mejor: el sabor de Dios, la sabiduría de Dios.

Creer en Jesús, tener fe en Jesús, tiene que convertirnos en verdadera imagen suya, transparencia suya, como él mismo es reflejo del Padre que está en los cielos.

Creer en Jesús, tener fe en Jesús, tiene que hacernos fieles seguidores y propagadores de su mensaje, un evangelio viviente y palpitante para el mundo en el que vivimos.

EL CORAZÓN DE JESÚS

EN NUESTRA VIDA

Hablar del Corazón de Jesús no es otra cosa que hablar del amor de Dios, presente y actuante en medio de nosotros, en la persona de Jesús, su Hijo encarnado.

Dios nos ama infinitamente, con un amor “compasivo y misericordioso”, “lento a la cólera y rico en piedad”, y ese amor que nos tiene se hace concreto y real, en Jesús de Nazaret, a quien los Evangelios nos presentan como una persona esencialmente amorosa, que “pasó por el mundo haciendo el bien” a todos.

Jesús es el amor de Dios hecho carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. El amor de Dios que vela por nuestra integridad y nuestra felicidad en todo momento, aunque no nos demos cuenta de ello, y no percibamos su presencia a nuestro lado.

Jesús es el amor de Dios que se acerca a nosotros para compartir nuestras limitaciones y nuestras debilidades, nuestras alegrías y nuestras penas, nuestros triunfos y nuestras derrotas. Dios que quiere vivir en nuestro mundo, para comprendernos mejor y ayudarnos a ser lo que somos desde el primer momento de nuestra existencia: hijos de Dios, creados “a su imagen y semejanza”.

Jesús es el amor de Dios que  cura nuestras enfermedades del cuerpo y del alma, cuando ello es para la gloria de Dios y para nuestra salvación; Dios que sana nuestras angustias y tristezas; Dios que goza con nuestras alegrías, y que quiere llevarnos por el camino de la verdadera felicidad.

Jesús es el amor de Dios que nos libera de todo lo que nos esclaviza, de todo lo que nos separa de él y de su bondad infinita. Dios que nos salva y nos da la vida eterna, si somos dóciles a sus enseñanzas y hacemos realidad cada día, su Mandamiento del amor.

Abramos nuestro propio corazón a este amor que se nos da sin reservas.

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