SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

PASCUA

¡RESUCITÓ!… ¡ALELUYA!…

La resurrección de Jesús de entre los muertos, es el dogma central de nuestra fe cristiana y católica. Así lo profesamos en el Credo.

Jesús resucitó de entre los muertos, pero su resurrección no fue un mero retorno a la vida terrena, como en el caso de las resurrecciones que él mismo había realizado: la hija de Jairo, el joven de Naim, y Lázaro. Estas resurrecciones fueron verdaderos milagros, pero las personas afectadas por ellos volvieron a una vida terrena ordinaria, y finalmente murieron.

Jesús resucitó glorioso, para nunca más morir; pasó de la muerte a una nueva forma de vida, a una vida más allá del tiempo y del espacio: la vida eterna, la verdadera vida. Su cuerpo se transformó en un cuerpo espiritual, incorruptible, como lo explica San Pablo: “En la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Corintios 15, 42-44).

El cuerpo de Jesús resucitado es un cuerpo espiritualizado y transfigurado por la gloria de Dios. No está situado ni en el espacio ni en el tiempo, pero Jesús puede hacerse presente cuando quiere y donde quiere, porque su humanidad ya no está sometida a las leyes que rigen el mundo físico. San Juan da testimonio de esto: “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos” (Juan 20, 19).

La resurrección de Jesús da pleno sentido a nuestra vida, a nuestras ansias de eternidad, y también a nuestra muerte. Como él, también nosotros resucitaremos un día. Pensar en esto con frecuencia, es muy importante para todos nosotros, porque nos motiva y entusiasma en el seguimiento fiel de Jesús y de su Evangelio de Amor y de Salvación.

 

LA CRUZ GLORIOSA DE JESÚS

Aunque estamos viviendo el tiempo alegre de la Pascua, en el que la resurrección de Jesús de entre los muertos, y su triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte, es el tema central, los cristianos no podemos abandonar definitivamente el tema de la cruz, porque, aunque suene paradójico, es vital en nuestra vida de fe, y debemos volver, periódicamente, nuestros ojos a ella. Jesús resucitado y glorioso, es el mismo Jesús que fue crucificado, y las señales de su pasión y de su muerte, subsisten en sus manos, en sus pies, y en su costado, tal como lo constatan los evangelios:

“Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo:”Ahora crees, porque me has visto.¡Felices los que creen sin haber visto!”. (Juan 20, 26-29)

La cruz es, para los cristianos, signo de dolor y de muerte, porque en ella padeció y murió el Señor; pero también es signo de vida y esperanza, porque por su muerte obtuvimos nuestra liberación definitiva. Por eso la Iglesia canta el Viernes Santo, conmovida y llena de esperanza: “¡Victoria, tú reinarás! ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!”. Y por eso también, el momento central de la Solemne acción litúrgica, que revive para nosotros la Pasión y la
Muerte del Señor, es la adoración de la cruz.

El próximo domingo, 3 de mayo, celebramos en Colombia, la fiesta de la Exhaltación de la Santa Cruz. Un día para recordar que hemos sido salvados por el sufrimiento del Hijo de Dios, y también, que los sufrimientos que la vida nos trae, pueden ser para nosotros un motivo especial para acercarnos a Dios, seguros de que está a nuestro lado, acompañándonos y fortaleciéndonos, como estuvo con Jesús crucificado, en medio de su dolor.

Pero ¡ojo!. La cruz sola no vale nada, como no vale el sufrimiento en sí mismo; la cruz vale y el sufrimiento vale, porque Jesús los santificó con su fe y con su amor.

A LA DERECHA DEL PADRE

Cuando rezamos el Credo, repetimos, tal vez sin darnos cuenta de lo que significa, que Jesús, después de haber muerto y resucitado, “subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre”. Esta es, precisamente, la verdad que celebramos hoy, en la Fiesta de la
Ascensión del Señor, que es una prolongación de la celebración de la Noche Pascual.

Jesús murió en la cruz por nosotros, pero su vida no acabó ahí. Lo sabemos perfectamente. Dios Padre lo resucitó de entre los muertos, y al hacerlo lo reconoció como su Hijo muy querido, le dio la gloria que se merecía, y confirmó todo lo que había dicho y hecho mientras estaba en el mundo. Desde entonces, Jesús tiene una vida totalmente nueva, y con ella, una nueva presencia en medio de nosotros.

Creer que Jesús “subió a los cielos” y que allí  “está sentado a la derecha del Padre”, no es, ni mucho menos, afirmar que ahora vive en un lugar más allá de las nubes, “gozándose” en
su condición de Hijo de Dios, totalmente alejado de nuestra realidad. Todo lo contrario. Glorificado por el Padre como se lo merecía por ser su Hijo y haber realizado a cabalidad su proyecto, su presencia a nuestro lado es absoluta y real. Mientras vivía en el mundo, Jesús estaba sometido, al espacio y al tiempo, y a todas las limitaciones humanas. Ahora no lo está, y por lo tanto, podemos contar con él y con todo su poder de Dios, en cualquier momento, y para todo lo que necesitemos, y estar seguros de que siempre nos acompaña y nos escucha.

Además, la gloria de Jesús, en el cielo, es anuncio y preludio de lo que nos espera, al final de nuestra vida en el mundo: una vida totalmente nueva; una vida eterna y feliz en la presencia constante y visible de Dios, en la plenitud de su amor que lo llena todo, y lo ilumina con su luz que no se extingue, como sus hijos muy queridos.

Acerquémonos a Jesús de manera especial en esta fiesta, alabémoslo por la gloria que recibió del Padre, y pidamosle la gracia de creer en él cada día con una fe más firme y más madura, seguros de que en su bondad y en su amor  está nuestra esperanza.

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