SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

TIEMPO PARA VIVIR EL AMOR

¡Estamos de fiesta! ¡Comenzó la Navidad! Lo dicen claramente las luces multicolores de nuestras ciudades y de nuestros pueblos, y también las luces de nuestras casas; los niños en vacaciones, los anuncios de la radio, la televisión y los periódicos, las ofertas de los almacenes, y muchas cosas más.

Todos, en las oficinas, en las fábricas, en los barrios, en las familias, estamos preparándonos de una u otra manera para la gran celebración del 24 de diciembre en la noche, y también, por qué no, para la celebración del fin de año, el 31.

Es curioso, pero cuando estas celebraciones se aproximan, el ritmo de vida se acelera en un ciento por ciento… ¡Hay tantas cosas qué hacer!… ¡Tantos regalos qué comprar!… ¡Tantas cosas por concluir!… Que, definitivamente, el tiempo no alcanza para nada y es necesario correr… Los días amanecen más temprano… Los almacenes abren sus puertas una o dos horas antes de lo acostumbrado y cierran una o dos horas después… En fin. Hasta, el domingo, día de descanso en casa, con la familia y con los amigos, se olvida y se deja atrás, porque es necesario salir a hacer compras para tenerlo todo a punto, y sin que se escape ningún detalle, para la fecha señalada…. Es un ritmo que se impone para todos sin excepción.

Todo lo de afuera, muy bien… Muy preparado… Muy bonito… Pero… ¿Y lo de dentro?… ¿Cómo preparamos el corazón?… ¿Pensamos acaso en la fiesta que estamos celebrando?… ¿Pensamos en Jesús y lo que significa su venida al mundo, su nacimiento en medio de nosotros?…

¡Sí!… ¡Claro que pensamos!… Ahí está el pesebre… ¡En aquel rinconcito!… ¡Es indispensable para los niños!… ¡Ellos gozan muchísimo haciéndolo y colocándole sus carritos, sus muñecas, sus animalitos!…

¿Y será esto suficiente?… ¿Será suficiente para los niños y para nosotros los adultos?…

Le hemos añadido tantas cosas a la Navidad, que estamos haciendo de ella una celebración totalmente distinta a lo que originalmente fue. Nos hemos dejado llevar por esta sociedad materialista y de consumo que se nos impone globalmente, y hemos perdido la esencia del acontecimiento que en ella celebramos.

Porque la Navidad no es comprar y vender… La Navidad es el gran regalo de Dios al mundo: un niño, su Hijo, en un pesebre humilde y pobre de un pueblito olvidado.

La Navidad no es ruido de pólvora y algarabía de brindis y de bailes… La Navidad es silencio, es paz, es Dios que habla a nuestro corazón con la ternura de un niño pequeño envuelto en pañales, acunado por los brazos de su madre y de su padre, en el frío de una noche oscura.

La Navidad no es Papá Noel, ni Santa Claus, con su larga barba y su risa ronca que asusta a los niños. La verdadera Navidad son una madre y un padre felices, porque ha venido al mundo el Mesías de Dios, que renueva su promesa de amor y de salvación para todos los hombres y mujeres del mundo, de todos los tiempos y de todos los lugares.

No nos quedemos en lo exterior, que aunque sea muy bello y muy alegre, siempre pasará. Entremos en lo profundo de nuestro corazón y de nuestra vida, y preparemos allí un sitio cálido para que Jesús nazca en él y se quede a vivir con nosotros, convirtiéndose en la luz que guíe y conduzca nuestra vida entera.

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