SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

EL PESEBRE

El pesebre que cada año hacemos en nuestros templos y en nuestras casas, tiene un sentido y un valor muy especiales. Por esta razón, no podemos permitir que sea sustituido o reemplazado por el árbol de navidad, por san Nicolás, Papá Noel, el viejito pascualero, o alguien semejante; por los arlequines, los gnomos y los duendes de los bosques encantados, o por las luces de colores que adornan la ciudad.

En su bella sencillez y simplicidad, el pesebre nos hace presente y nos ayuda a valorar, el sublime Misterio de la Encarnación de Jesús, de una manera más adecuada y también más justa.

Jesús niño en el pesebre es la imagen acabada de la ternura de Dios y de su amor infinito por nosotros. La maravilla nunca bien entendida y suficientemente ponderada, de un Dios que se hace hombre para llevar a los hombres a Dios.

Jesús niño en el pesebre es la imagen concreta y clara de un Dios omnipotente que deja a un lado su magnificencia, se “agacha”, y se pone a nivel de sus criaturas, para hacerse su servidor. La humildad de Dios que supera infinitamente nuestros cálculos, y nos deja sorprendidos y atónitos ante su magnanimidad.

Jesús niño en el pesebre, envuelto en pañales, en medio de María y José, protegido del frío por el aliento cálido de la mula y el buey, es la afirmación clara y contundente de que Dios ama con amor especial a los más pobres y débiles de la sociedad, y que hizo una apuesta por ellos. Y también que la sencillez, la humildad, la pobreza en el espíritu, la simplicidad, y la pureza, son para él valores de primera categoría.

Jesús niño en el pesebre de Belén, rodeado de pastores, despreciados y rechazados por los jefes de Israel, nos pone de presente que para Dios no hay ninguna persona que pueda ser considerada excluida de la salvación. Al contrario. Su presencia en nuestro mundo es una prueba fehaciente de que todos tenemos un lugar en el corazón amoroso de Dios, y nada ni nadie puede privarnos de él.

Jesús en el pesebre de Belen, visitado por los magos de oriente, y homenajeado con sus regalos, nos muestra que para encontrar a Dios sólo tenemos que buscarlo con fe y perseverancia, porque Dios siempre se deja ver de quienes están sinceramente interesados en él. Su luz no puede ser oscurecida por ninguna nube tenebrosa, ni su verdad puede ser destruida por ningún poder terrenal.

Construyamos en todas nuestras casas un pesebre, y reunámonos cada día a sus pies, pidiéndole a María nos alcance la gracia de tomar conciencia de este misterio absolutamente maravilloso y sorprendente, de Dios hecho niño en sus entrañas virginales, y todo lo que de él se deriva para nosotros y para todos los hombres y mujeres del mundo y de la historia.

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