SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

NAVIDAD

CELEBRAR LA NAVIDAD…

¡Qué bonita es la Navidad! En ella todos volvemos a ser niños a los pies del pesebre y a la sombra del árbol de Navidad.

La Navidad es un tiempo de alegría y regocijo, de saludos y regalos, de canciones y de fiestas; un tiempo de abrazos y de buenos deseos, de encuentros, de perdones, de promesas; un tiempo para compartir con generosidad nuestros bienes espirituales y materiales; un tiempo de adoración y de acción de gracias. La Navidad es un tiempo para renovar nuestra fe, un tiempo para dar gracias por lo que somos y lo que tenemos, un tiempo para llenar nuestro corazón de gozo y de esperanza porque Dios nos ama con un amor que se hace presente entre nosotros en la dulce figura de un niño recién nacido.

¡Qué bonita es la Navidad pero qué mal la estamos viviendo en nuestra sociedad consumista!.

Es claro que para muchas personas la Navidad ha dejado de ser lo que tiene que ser, y se ha convertido en un tiempo de diversión, de rumba sin control, de borracheras, de comilonas, de placeres indiscriminados, de ocio sin sentido, de derroche y ostentación, totalmente contrapuesto a la humildad y la pobreza de Jesús en el pesebre de Belén, origen y motivo de la fiesta que celebramos.

Preocupa que las luces de colores que alumbran nuestras calles y plazas, y las ventanas y balcones de nuestras casas, sean más un espectáculo para admirar que un símbolo para trascender, nos confundan con sus destellos y no nos permitan ver la luz que es Jesús (cf. Juan 8, 12); luz que ilumina nuestro corazón y nuestra vida; luz que se expande, que crece, que entra por todos los resquicios hasta los más recónditos lugares, y hace desaparecer toda oscuridad; luz que es vida, que es bondad, que es amor, que alegra el corazón y da lugar a la esperanza de un mañana siempre mejor.

Preocupa que los regalos que nos damos unos a otros, oculten a nuestros ojos, y muy especialmente a los ojos de los niños, el maravilloso regalo que Dios da a la humanidad entera, a los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares, y a cada uno de nosotros en particular: Jesús, su Hijo amado, hecho niño pequeño, dulce y tierno, que con su presencia amorosa nos invita a hacer realidad en nuestra vida el amor a los otros, a perdonar, a servir, a ayudar, a comprender, a compadecernos de quienes sufren por cualquier causa.

Preocupa que la figura bonachona y llamativa de Papá Noel o de Santa Claus, como queramos llamarlo, y su sonora carcajada, nos haga olvidar la verdadera historia de la Navidad, y todo lo que ella nos hace presente: la salvación que nos anuncia, el sentido que imprime a nuestra vida, el amor y la ternura que nos comunica.

Preocupa que la pólvora que quemamos nos aturda con su ruido y nos impida escuchar el llanto de Jesús en el pesebre, que se une al llanto de tantos otros niños que lloran porque padecen hambre o frío, porque están enfermos, porque no se sienten amados, porque su familia se ha roto, o porque son víctimas de la violencia que amenaza su dignidad y su vida.

Preocupa que el bullicio de las fiestas, las risas de los amigos, la música y el baile, la comida y el licor, nos hagan insensibles al inmenso y profundo dolor de tantas familias que han perdido un ser querido a causa de la guerra que nos enfrenta injustificadamente, o a causa del secuestro que destruye el más grande don que Dios nos ha dado: la libertad.

Preocupa, finalmente, que todo lo que hacemos y vivimos en este maravilloso tiempo de Navidad, los villancicos que cantamos, la novena que rezamos, las velitas que encendemos en el pesebre, la sonrisa que adorna nuestro rostro, los encuentros con la familia y con los amigos, sean sólo un disfraz para cubrir lo que no queremos que los demás vean, un “vestido” para mostrar lo que no somos, lo que no sentimos, lo que no creemos. ¡Es tan fácil vivir de las apariencias y en las apariencias!

Sería mejor que hubiera menos luces en la ciudad, pero que todos encendiéramos una lucecita en el corazón, para derrotar de una vez por todas, la oscuridad del odio que nos divide y los rencores que no nos dejan ser felices.

Sería mejor que compráramos menos regalos y compartiéramos más con quienes están cerca de nosotros, lo que tenemos en nuestro interior, lo que somos; que diéramos más abrazos, que dijéramos más palabras de amor, de apoyo, de estímulo; que fuéramos más acogedores, más amables, más sinceros, más justos.

Sería mejor que elimináramos de nuestras celebraciones navideñas todo lo que nos haga apartar la mirada del pesebre, lo que nos impida centrar nuestra atención en Jesús, pequeño e indefenso, acostado entre pajas; de María su madre, tierna y cariñosa a su lado, contemplándolo amorosamente; y de José, estremecido de contento por haber sido testigo del más maravilloso acontecimiento de la historia humana.

Sería mejor que cantáramos menos villancicos y rezáramos menos novenas, y nos acercáramos de un modo consciente al Sacramento del perdón y de la reconciliación con Dios y con los hermanos, el Sacramento de la alegría, y al gran Sacramento del amor, perpetuación del maravilloso Misterio de la Encarnación, el Sacramento de la Eucaristía.

Sería mejor que en lugar de salir a las calles a “mirar alumbrados”, buscáramos estar un buen rato frente al pesebre de nuestra propia casa, o de nuestra parroquia, mirando a Jesús, presencia viva del amor que Dios siente por nosotros, en su cunita de pajas, y a María y José, humildes y sencillos, con él; así aprenderíamos de una vez por todas lo que es verdaderamente importante para Dios.

Sería mejor que la acostumbrada Cena de medianoche fuera menos abundante y sabrosa, para que hubiera más familias que pudieran disfrutarla, y que ni un solo niño, ni un solo anciano, ni un solo hombre y ni una sola mujer, en todo el mundo, tuvieran que acostarse con el estómago vacío y el corazón roto.

Sería mejor, en fin, una Navidad menos ruidosa y más profunda; una Navidad menos ostentosa, más sencilla, pero mucho más compartida; una Navidad en paz, sin ruidos de fusiles; una Navidad sin hambre, sin guerra, sin frío, sin tristeza, sin soledad; una Navidad sin secuestrados ni desaparecidos; una Navidad sin borrachos ni peleas… ¡Una Navidad más parecida a la primera Navidad de la historia, la verdadera Navidad!

¡Que bella es la Navidad, y qué bueno sería que todos tratáramos de vivirla lo mejor posible, de disfrutarla a plenitud, de sentirla por dentro, en el corazón, de celebrarla como se debe: con la familia y en paz, y de llevarla, de participarla a otros, a los más pobres, a los débiles, a los tristes, a los enfermos, a los ancianos, a los marginados de la sociedad, a los que necesitan una palabra de cariño, una mano que los acaricie, un brazo donde puedan apoyarse, un hombro donde puedan llorar su sufrimiento!

¡Que bonito sería que cada uno de los cristianos, hiciéramos todo lo que está en nuestras manos para que este tiempo, esta Navidad y todas las Navidades de la historia, sean de verdad un tiempo de alegría sin fin, un tiempo de amor, un tiempo de esperanza, como Dios mismo lo quiso desde el comienzo!

¡Qué bonito sería que todos viviéramos la Navidad en su verdadero sentido, con intensidad, sin excesos de ninguna clase, sin ostentaciones, desde lo más profundo del corazón, y que la compartiéramos con alguien necesitado de amor, de apoyo, de estímulo, de bienes materiales!

¡Qué bonito sería que el único derroche que nos permitiéramos durante todo este tiempo, fuera el del amor. Amor a Dios y amor a los hombres y las mujeres, nuestros hermanos y hermanas; amor sincero, profundo, generoso; amor hecho compasión, amor hecho servicio, amor hecho ayuda material; amor activo y efectivo!

¡Qué bonito sería que hiciéramos una pausa en el jolgorio y sacáramos un tiempo largo para estar a solas con Jesús, en feliz intimidad; un tiempo para amarlo y alabarlo; un tiempo para agradecerle su bondad y su misericordia para con nosotros; un tiempo para poner a sus pies nuestras necesidades más urgentes, las necesidades de nuestra familia, las necesidades de nuestro país, las necesidades de la Iglesia, las necesidades de todos los hombres y mujeres del mundo, especialmente los más pobres y débiles, y la gran necesidad de la paz universal!

Y para terminar… ¡qué bonito sería, que selláramos un compromiso, con toda la familia y con nosotros mismos: procurar que cada año la fiesta de Navidad sea para todos una verdadera celebración de la vida, del perdón y la reconciliación, del amor, de la fe y de la esperanza; una fiesta de la fraternidad, de la solidaridad, del compartir, como fue, hace ya más de 2.000 años, la primera Navidad, cuando Dios se hizo solidario con nosotros, en la persona de Jesús, su Hijo encarnado!

NAVIDAD ES… 

Navidad no son las luces de colores, ni las guirnaldas que adornan las puertas y ventanas de nuestras casas, ni las avenidas engalanadas, ni los árboles decorados con cintas y bolas brillantes, ni la pólvora que ilumina y truena.

Navidad no son los almacenes en oferta.

Navidad no son los regalos que damos y que recibimos, ni las tarjetas que enviamos a los amigos, ni las comidas especiales.

Navidad no son Papá Noel, ni Santa Claus, ni los Reyes Magos que traen regalos.

Navidad no es ni siquiera el pesebre que construimos, ni la novena que rezamos, ni los
villancicos que cantamos alegres.

Navidad es Dios que se hace hombre como nosotros porque nos ama.

Navidad es una joven virgen que da a luz al Hijo de Dios.

Navidad es un niño pequeño recostado en un pesebre.

Navidad es ternura, bondad, sencillez, humildad.

Navidad es luz en medio de la oscuridad.

Navidad es esperanza para los que no tienen esperanza.

Navidad es entrega, don, generosidad.

Navidad es alegría para los tristes.

Navidad es paz aunque haya guerra.

Navidad es fe para los que tienen miedo de creer.

Navidad es solidaridad con los pobres y débiles.

Navidad es reconciliación.

Navidad es misericordia y perdón.

Navidad es amor para todos.

NAVIDAD, TIEMPO PARA COMPARTIR 

Se acerca la Navidad. Los estudiantes comenzaron sus vacaciones. La ciudad se prepara para encender el alumbrado que nos distingue y caracteriza. Los centros comerciales y los grandes almacenes están en plena campaña de ventas. El pesebre, el árbol con sus cintas y bolas brillantes, y las luces de colores están por todos lados, lo mismo que Santa Claus, los muñecos de nieve, los gnomos o duendes, y los arlequines, en un sincronismo difícil de entender.

Se acerca la Navidad y tenemos que prepararnos para vivirla con intensidad, como debe ser. Con fiestas, con regalos, con licores y comidas especiales. Es la costumbre. Lo hemos hecho así durante muchos años y tenemos que seguir haciéndolo. Cada vez con más esplendor, con más entusiasmo, no importa lo que cueste. Navidad es sólo una vez en el año y hay que vivirla con intensidad y aprovecharla al máximo. Después ya se verá. 

Lo triste es que lo que nació como una fiesta religiosa de inmensa profundidad, se ha convertido en una fiesta pagana del más puro estilo, porque hemos desvirtuado su sentido. Y no quiero ser pesimista, ni aguarle la fiesta a nadie. Sólo digo lo que veo a mi alrededor. El nacimiento de Jesús en el pesebre de Belén, en medio de la humildad y la pobreza, se nos ha vuelto, con el paso del tiempo, una ocasión propicia para poner en funcionamiento a todo motor, la sociedad consumista en la que vivimos. Jesús ha dejado de ser para muchos el regalo más grande que Dios nos ha dado, para convertírsenos en la disculpa perfecta para vender y comprar toda clase de cosas, para gastar lo que tenemos y lo que no tenemos, para beber, para rumbear, para derrochar en todos los sentidos.

Pero todavía estamos a tiempo de corregirnos, y vivir esta Navidad que se acerca con verdadero sentido religioso, dando gracias a Dios Padre por el don de su Hijo encarnado, acogiendo a Jesús que nace en nuestro corazón y en nuestra vida, compartiendo lo que somos y tenemos con quienes carecen hasta de lo más indispensables, amando a quienes viven a nuestro alrededor con un amor efectivo que se haga servicio.

Es un llamado que Dios mismo nos hace. Las circunstancias de nuestro país y del mundo nos lo piden a gritos. No podemos olvidar las grandes tragedias que nos han conmovido a lo largo de todo el año, y muy especialmente en estos últimos meses y días: el invierno que ha afectado gravemente a cientos de miles de personas en todas las regiones de Colombia, incluyendo nuestra ciudad; las avalanchas del volcán nevado del Huila que han destruido una amplia zona habitada por indígenas y campesinos muy pobres;  y las llamadas pirámides, que han lesionado gravemente la economía de muchos colombianos, con las consiguientes consecuencias para todos. Todo esto sumado al dolor de las familias que sufren por causa de la violencia que no cesa, y el sufrimiento inmenso de quienes están secuestrados.

La encarnación de Jesús es manifestación expresa y clara de la solidaridad de Dios con los hombres. No podemos entonces, celebrar su nacimiento entre nosotros, precisamente con actos que nos alejan de esa solidaridad, o mejor, que nos hacen dolorosamente egoístas frente a nuestros hermanos.    

Hagamos que esta Navidad sea una Navidad distinta a todas las que hemos vivido. Una Navidad más parecida a la primera Navidad de la historia, cuando Jesús nació en el pesebre de Belén, y fue visitado y acompañado por los pastores que cuidaban sus rebaños allí cerca, considerados por la sociedad de entonces como personas de mala reputación e indignas de toda consideración. 

Una Navidad en la que no estemos tan preocupados por lo que vamos a regalar a nuestros familiares y amigos y por lo que vamos a recibir de ellos, sino más bien por lo que podemos hacer para llevar amor y alegría a quienes viven en condición de pobreza y marginalidad.

Una Navidad en la que las grandes fiestas sean reemplazadas por encuentros fraternos, y por la oración y el silencio que nos hacen crecer interiormente, y nos permiten penetrar en el misterio sublime de Dios hecho niño, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre.        

Todavía estamos a tiempo para preparar esta nueva Navidad.

Tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Juan 3, 16)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: