SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

VIVIENDO LA FE

DIEZ CONSEJOS PARA SER FELICES 

Todos queremos ser felices. El anhelo de felicidad está inscrito en nuestro corazón, desde el primer momento de nuestra existencia. Sin embargo, la verdadera felicidad no se consigue así, nada más. Es necesario trabajar duro para poder alcanzarla, y luego de tenerla, conservarla y hacerla crecer.

Al contrario de lo que muchos piensan, de lo que nuestra sociedad consumista y hedonista nos quiere hacer creer, la verdadera felicidad no está en el TENER, ni en el PODER, ni en el PLACER, ni siquiera está en el SABER. No es feliz aquel que puede disfrutar de riquezas o de prestigio, por muy grandes que ellos sean. La verdadera felicidad está sólo en el SER; ser cada vez más personas, más humanos, más “imagen y semejanza de Dios”. La verdadera felicidad está en sentir y apreciar lo ordinario de la vida como un don extraordinario de Dios que nos ama y que quiere lo mejor para nosotros, porque es nuestro Padre.

Si quieres vivir tu vida con paz y tranquilidad, y ser feliz en la medida en que los seres humanos podemos serlo, ten en cuenta lo siguiente:

Todos los días, al levantarte, piensa en Dios, dale gracias por la vida que te da y entrégale tus trabajos y todo lo que se te presente.

Haz el propósito de mantener una actitud cordial y respetuosa con las personas que se crucen en tu camino.

Enfrenta con alegría y entusiasmo la primera acción del día; de ella depende en gran medida el resto de él.

Si te encuentras con una persona malhumorada o conflictiva, no permitas que te contagie su mal genio. 

Aprovecha el tiempo lo mejor posible, para que te alcance para desarrollar las tareas que te corresponden, y también para descansar. Los seres humanos no somos máquinas de hacer cosas; necesitamos el descanso que repara las fuerzas físicas y espirituales.

Pasa todo el tiempo que puedas con tu familia: padres, hermanos, esposo o esposa, hijos, parientes. La familia es la mayor riqueza que podemos tener y algunas veces nos damos cuenta de ello demasiado tarde.

Disfruta de la relación con las otras personas: tus compañeros de trabajo, de estudio, tus jefes, tus subalternos, tus clientes, dando a todos y siempre lo mejor de ti.

Mira a todas las personas como semejantes a ti, con los mismos anhelos y las mismas necesidades, las mismas capacidades y las mismas debilidades. No eres ni superior a nadie, ni inferior a nadie. El principio de igualdad es fundamental en la vida de quien quiere ser íntegro y justo.

Trata de hacer – al menos – “una buena obra” en el día. Algo que te haga solidario con quienes sufren por cualquier causa.

Al finalizar la tarde y antes de ir a dormir, no olvides elevar de nuevo tu corazón a Dios. Dale gracias por los logros obtenidos y pídele perdón por las faltas cometidas, haciendo el propósito de enmendarte.

Ten presente lo que nos dice el libro del Eclesiástico:

Feliz el hombre a quien no le reprocha la conciencia, y no ha perdido la esperanza” (Eclesiástico 14, 2)

SOLIDARIOS…

La solidaridad está de moda. Bueno… al menos se habla de ella por todas partes y a todas horas.

Pero… ¿Qué es la solidaridad? ¿Qué significa ser solidarios?

Para mí ser solidarios NO ES, simplemente, dar una moneda a quien la pide, ofrecer un pedazo de pan a quien tiene hambre, o un vestido a quien está desnudo. La solidaridad no se puede confundir con la limosna. Es mucho más que ella.

La solidaridad hace referencia a unidad, a sentimientos, a compromiso, a fraternidad, a fidelidad.

Ser solidarios ES: acompañar, apoyar, compartir, ayudar, proteger, respaldar.

Ser solidarios ES:  dar, pero dar con amor, bienes materiales y espirituales, mirando a la cara, sonriendo, como quien da a un hermano, haciendo que quien recibe sienta que es apreciado, querido; buscando que la necesidad quede satisfecha, al menos en buena parte.

Ser solidarios ES: mostrar al otro que nos interesa, que lo sentimos igual, que queremos su bienestar, que nada de lo que le sucede nos es extraño o indiferente.

Ser solidarios ES: servir de corazón, amar con el corazón.

La solidaridad es una virtud humana – y por supuesto cristiana – urgente en la vida social, porque apoya la convivencia y hace posible el compartir.

La solidaridad es hermana de la justicia y de la compasión, que Jesús vino a enseñarnos, haciéndose solidario con nosotros, con la humanidad entera y con cada uno, primero por la Encarnación, y luego por su sacrificio salvador. San Pablo, en su Carta a los Colosenses nos dice sobre esto:

Él (Jesús) es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar en él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Colosenses 1, 18-20)

Juan Pablo II decía con toda razón: “En un mundo globalizado como el nuestro, hay que globalizar la solidaridad”.

Hay muchas maneras de ejercer la solidaridad. Cada uno puede buscar la que más se adecua a sus circunstancias y posibilidades. Lo importante es ser solidarios con alguien de manera permanente.

LIBRES Y RESPONSABLES

Dios nos creó libres. Nos dio la libertad como un gran regalo. Somos libres, podemos elegir qué queremos hacer o no hacer.

Pero la libertad nos hace responsables, es decir, capaces de “responder” – de reconocer, de enfrentar, de asumir, de admitir, de aceptar – todo lo que se derive, todo lo que sea consecuencia directa o indirecta, de lo que hacemos, de lo que decimos, y también de nuestras omisiones al obrar: lo que no hacemos y lo que no decimos.

Nos lo dice claramente la misma Palabra de Dios:

Mira, yo pongo ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yahvé, tu Dios, que yo te prescribo hoy, si amas a Yahvé tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás; Yahvé tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas a arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio…” (cf. Deuteronomio 30, 15-20)

La responsabilidad nos exige actuar con mesura, con prudencia, con sensatez, pensar muy bien lo que vamos a hacer o lo que vamos a decir, medir de antemano las consecuencias que puede traer lo que hagamos, lo que digamos, y también lo que decidamos no hacer o no decir.

No podemos, de ningún modo, actuar movidos simplemente por impulsos, por emociones, por caprichos; tenemos que tener razones muy claras, razones que valgan la pena, porque cualquier cosa que hagamos, aún la más simple, nos afecta directamente y afecta también a otras personas, y generalmente de manera importante, porque no vivimos solos, no somos simplemente individuos, vivimos en comunidad, somos miembros de una sociedad.

La responsabilidad que tengamos al obrar, el cuidado que pongamos en nuestras decisiones y en nuestras acciones, marca el índice de nuestra madurez como personas.

Cuando obramos con responsabilidad somos artífices de nuestro propio destino, arquitectos de nuestra vida, que a su vez influye en la vida de muchas otras personas, y de un modo muy especial, en la vida de quienes están cerca de nosotros.

Es bueno que de vez en cuando saquemos un tiempo para pensar en esto, y para hacer los correctivos a los que haya lugar:

  1. ¿Cómo estoy viviendo mi vida: movido por impulsos o movido por razones claras y suficientes?

  2. ¿Pienso siempre antes de actuar, o simplemente hago lo primero que se me ocurre, lo que me queda más fácil, lo que más me conviene, lo que menos me cueste?

  3. Frente a las consecuencias de lo que hago, ¿doy la cara o me escondo?

  4. ¿Me preocupo porque las consecuencias de mis acciones y de mis omisiones no dañen a personas inocentes?

  5. Cuando algo que hago o digo, perjudicó a alguien, ¿reparo el mal o simplemente me excuso con explicaciones vanas?                 

AGRADECER Y COMPARTIR        

Esta vida que vivimos es un regalo. Un regalo de Dios que tenemos que saber recibir y acoger, aprender a valorar y desarrollar, y agradecer en su justa dimensión.

Es un regalo la vida en sí misma, y un regalo todo lo que tenemos con ella; lo que la vida es y significa, y la manera como podemos vivirla, como la estamos viviendo, aunque tengamos carencias y limitaciones. Para entenderlo no hay más que mirar a nuestro alrededor.

Mirar alrededor y ver tantas personas que carecen hasta de lo más necesario y elemental para vivir una vida propia de seres humanos; tantas personas que sufren de mil maneras distintas, con sufrimientos que las hunden en el abismo de la desesperanza y el sinsentido; tantas personas que se destruyen a sí mismas en los vicios y las adicciones a los que llegaron por diversas circunstancias, una de las cuales es, sin duda, la falta de amor; tantas personas que no saben lo que son ni lo que tienen y malgastan su vida viviéndola irresponsablemente, atropelladamente.

Y no es que nuestra vida sea perfecta. Que todo en ella vaya bien. Que el sufrimiento no haya tocado a nuestra puerta. Que no hayamos tenido frustraciones, desengaños, fracasos. Es, simplemente, que estando como está el mundo, nosotros tenemos que sentir que somos privilegiados, que lo tenemos todo, ¡y hasta nos sobra!, que nuestros sufrimientos son demasiado pequeños frente a los sufrimientos de los demás, que en nuestra cotidianidad sólo tenemos pequeñas incomodidades que siempre podemos solucionar, en fin. 

Somos privilegiados; de eso no hay duda. Y como tales tenemos una responsabilidad que no podemos eludir. Las riquezas, los dones, los talentos, son para agradecerlos y para compartirlos. Sólo en la medida en que agradecemos y compartimos lo que somos y lo que tenemos, nuestro ser y nuestras posesiones adquieren su verdadero valor.

Mira tu vida. Lo que eres y lo que tienes. Tu familia, tu trabajo, tus bienes materiales, tus realizaciones personales, tus logros a nivel profesional y a nivel humano, y haz una oración de acción de gracias a Dios. Todo te lo ha dado Él. En el fondo de todo está siempre Él.

Mira tu vida. Lo que eres y lo que tienes. Tu persona y tus talentos, tus bienes materiales y tus bienes espirituales, y piensa qué vas a hacer para compartirlos con quienes te rodean y necesitan de ti… de tu ayuda… de tu servicio… 

El alma generosa será colmada, y el que sacia a otro la sed, también será saciado   (Proverbios 11, 25)

NUESTRO COMPROMISO CON LA VIDA  

En este tiempo convulsionado y difícil de comprender, los cristianos tenemos un gran compromiso con la vida. Un compromiso con la vida en general, y muy especialmente, un compromiso con la vida humana.

Nada es más valioso, ni mas importante, ni más digno de respeto y cuidado, que la vida de los seres humanos, aunque muchas personas pretendan hacernos creer lo contrario. La vida que apenas comienza, y la que ya está a punto de terminar. La vida que nace y crece normalmente, y también la que se desarrolla con dificultad. La vida que rebosa de salud y de buenos augurios, y la que es débil, está enferma, y no tiene un buen pronóstico.

Por eso los cristianos católicos nos declaramos en contra del aborto provocado, cualquiera sea la razón que se dé, y lo consideramos un asesinato. En contra de la eutanasia, que precipita la llegada de la muerte. Y en contra de la manipulación genética de embriones, aunque sea con pretextos científicos y médicos. Y no hacemos excepciones de ninguna clase.

La vida humana es sagrada porque es creación directa de Dios y esto no quiere decir, de ninguna manera, que desconozcamos o neguemos radicalmente, las investigaciones sobre su origen -.  Por lo tanto, él Dios – es su único dueño, y el único que puede disponer de ella la vida -, como mejor le parece. Él la da y él la quita cuando y como quiere, pero siempre en el momento adecuado. No hay ninguna otra posibilidad legítima al respecto.

Los cristianos católicos amamos la vida y estamos comprometidos con ella, con su desarrollo adecuado, con su crecimiento constante y seguro, por eso consideramos también que el narcotráfico y todo lo que tenga que ver con las drogas: su producción, su tráfico, su consumo indiscriminado, la propaganda que trata de inducir a los niños y jóvenes a su uso y abuso, es intrínsecamente malo, porque destruye de una manera o de otra, la vida de muchas personas, incluyendo la mayoría de las veces, la vida de personas inocentes.

Los cristianos católicos amamos la vida y estamos comprometidos con ella; con nuestra propia vida y con la vida de los demás. Y no de una manera teórica, sino de una manera práctica, en los acontecimientos de cada día, en las costumbres de la sociedad, en los sucesos de la historia de los pueblos y naciones. Por eso, rechazamos toda forma de violencia, venga de donde venga y busque lo que busque.  Por eso nos declaramos totalmente en contra de la guerra; de todas las guerras. Nada justifica amenazar o agredir la vida de otros; nada justifica matar a nadie. Ni siquiera su maldad.

Los cristianos católicos amamos la vida y estamos comprometidos con ella; con nuestra propia vida y con la vida de los demás, sean quienes sean, crean lo que crean, piensen como piensen, hagan lo que hagan.  Por eso tratamos de ser tolerantes y respetuosos de todos y siempre.

Los cristianos católicos amamos la vida y estamos comprometidos con ella. Por eso trabajamos por la justicia social y luchamos para construir la paz con todas y cada una de nuestras acciones.  

Los cristianos católicos amamos la vida y estamos comprometidos con ella. Por eso una de nuestras prioridades es tratar de que en el mundo, las riquezas sean mejor repartidas, de tal modo que todos tengamos lo necesario para vivir y desarrollarnos como lo que somos: hijos muy amados de Dios.

Los cristianos católicos amamos la vida y estamos comprometidos con ella. Por eso respaldamos todas las acciones que promuevan el buen trato entre las personas, la convivencia fraterna, el respeto a la naturaleza, la salud de la tierra que es nuestro hogar.

Porque ser cristianos católicos no es mera cuestión de nombre o de creer unas cuantas verdades, sino sobre todo, cuestión de vida; conformar nuestra manera de ser y de actuar con la persona y el mensaje de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, que habló y vivió siempre en total respeto por toda la obra de Dios, su Padre.   

Mira, yo pongo ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos que yo te prescribo hoy, si amas a Dios y sigues sus caminos…vivirás y te multiplicarás… pero si tu corazón se desvía y no escuchas… perecerás sin remedio…” (Deuteronomio 30, 15-18)

CRISTIANOS DE PAPEL

«Ustedes son la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?… Ustedes son la luz del mundo… No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte, ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa» (Mateo 5, 13-15)

¿Será que los cristianos de hoy, sí estamos siendo para el mundo en el que vivimos, luz que ilumina y sal que da sabor, como pidió Jesús a sus discípulos?

¿Será que la Iglesia y quienes somos parte de ella, sí nos comportamos en nuestra vida cotidiana, de tal manera que quienes nos ven y comparten su vida con nosotros, sienten que somos «distintos», y que vale la pena caminar por el mismo camino que nosotros caminamos?

¿Será que si por alguna circunstancia uno de nosotros se va a vivir a un país lejano en donde Jesús y la Iglesia Católica son poco conocidos, las personas que comparten con él, podrán percibir en sus actitudes y sus acciones, algo que les haga pensar en las razones de su comportamiento especialmente digno y amoroso?

Somos cristianos católicos de nacimiento. Vivimos en un país en el que el 98% de la población es católica; sin embargo, ¿podríamos decir que serlo es para nosotros más que una condición social o una costumbre heredada de nuestros mayores, de la que nos da cierto temor deshacernos?

Mirando con atención lo que sucede a nuestro alrededor, tenemos que decir, en honor a la verdad, que, evidentemente, la mayoría de los católicos no lo somos de verdad. Si lo fuéramos, el mundo sería muy distinto de lo que es; el respeto a la dignidad del ser humano representaría el valor más alto, y todas las actividades individuales y sociales tendrían como objetivo central, fortalecer esa dignidad, y ayudar a todos los hombres y mujeres, de aquí y de allá, a crecer cada día como personas, desarrollando todas sus potencialidades.

Pero el panorama que vemos es bien diferente. Tanto a nivel general: en el mundo, como en nuestro país, y aún en nuestra propia familia, se imponen otros criterios, otras formas de mirar la realidad y actuar en ella, que son en gran medida contrarios a los criterios del Evangelio, a lo que Jesús nos enseñó con sus palabras y con su ejemplo, y nos legó como forma de vida.

Y lo peor es que nosotros queremos hacer coexistir ambos criterios; queremos seguir llamándonos cristianos y católicos, pero vivir a nuestra manera, imponer nuestros propios valores, instituir nuestras propias reglas.

Por esto, precisamente, hemos dejado de ser sal y de ser luz para el mundo y para la sociedad. No tenemos «sabor» que se pueda comunicar. No somos luz que ilumine de verdad y que se pueda compartir.

Si los cristianos católicos fuéramos lo que tenemos que ser, y el Evangelio de Jesús tuviera el lugar que le corresponde en la vida de los que aquí y allá nos decimos cristianos católicos:

el mundo no sería hoy un lugar de guerras y de muerte;

nuestro país no sería hoy un país de extremos, donde hay algunas personas muy ricas, y otras, muchísimas más, que viven en la pobreza – en muchos casos extremos -, y con un mínimo de oportunidades;

no existirían males tan grandes y tan generalizados, como la corrupción, el narcotráfico, la violencia en todas sus formas, el consumismo desmedido, el irrespeto a la vida humana, la agresión a la naturaleza en general, el pansexualismo, en fin.

Y no son sólo los problemas macro, que en cierto sentido nos desbordan, sino también las pequeñas y aparentemente inofensivas acciones que llenan nuestra vida cotidiana.

Si el Evangelio de Jesús y su persona tuvieran el lugar que les corresponde en nuestro corazón:

no seríamos mentirosos, injustos, egoístas, irresponsables, chismosos, irrespetuosos de los demás, orgullosos, rencorosos, vengativos…

seríamos mucho más amorosos, más solidarios, más sensibles frente al dolor y al sufrimiento, más fraternales, más tolerantes, más pacientes, más perseverantes en el bien obrar, más esforzados, más orantes…

Si el Evangelio de Jesús y su persona tuvieran el lugar que les corresponde en nuestro corazón, el mundo sería para todos un verdadero hogar.

Parece que sólo somos cristianos de nombre y no de vida; cristianos de palabra y no de acción; cristianos de rezos y no de Evangelio; en una palabra, cristianos de papel.

Brille así su luz delante de los hombres, para que vena sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos”    (Mateo 5, 16)

UN GRAN DESAFÍO 

El tiempo en que vivimos representa, para quienes queremos vivir como verdaderos discípulos y seguidores de Jesús, un gran desafío. El subjetivismo y el relativismo que se imponen en todos los órdenes de la vida, nos exigen tener una conciencia clara de lo que somos y actuar en consecuencia, sin miedo y con decisión. Hoy más que nunca estamos llamados a dar testimonio claro y concreto de nuestra fe en Jesús y a hacer que esa fe se manifieste en las acciones de cada día, cada uno en el lugar de la sociedad en que le tocó vivir.

En un mundo en el que el dinero ocupa el primer lugar de lo que se desea y se busca, y cualquier cosa que se haga es buena para conseguirlo, nosotros estamos llamados a hacer realidad en nuestra vida las palabras de Jesús: Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien, se entregará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero (Mateo 6, 24).

En un mundo en el que el poder se ejerce como un privilegio, y para conseguirlo y conservarlo se utiliza la fuerza que domina, humilla, y excluye, nosotros estamos llamados a actuar siempre y en todo, teniendo como guía las palabras de Jesús: Si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes lávense los pies unos a otros (Juan 13, 14). “… Y el que quiera ser el primero entre ustedes, será el esclavo de todos (Marcos 10, 44).

En un mundo en el que muchos buscan sobresalir, y el éxito es requisito indispensable para tener un lugar en la sociedad, nosotros estamos llamados a ser sencillos y humildes, porque Jesús mismo, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz (Filipenses 2, 6-8).

En un mundo en el que la verdad ya no parece existir, o al menos no se tiene en cuenta, porque cada cual se siente dueño de su propia verdad, y quiere vivir conforme a ella, nosotros sabemos a ciencia cierta, que la única Verdad verdadera es Dios mismo, y que como nos dijo Jesús: Si se mantienen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos, y conocerán la verdad y la verdad los hará libres (Juan 8, 31-32).

En un mundo en el que la injusticia hace de las suyas, y en todos los rincones de la tierra muchos seres humanos sufren el rechazo y la marginación por diferentes causas, nosotros estamos llamados a tener presente siempre ante nuestros ojos y en nuestro corazón, el amor infinito de Jesús por los pobres y marginados, su actuar siempre liberador, y sus palabras directas y claras: En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron (Mateo 25, 40)

En un mundo en el que el odio y la violencia hacen constantemente de las suyas, y producen guerras interminables entre las personas, las familias, los diversos sectores de la sociedad, y los países, nosotros estamos llamados a mantener como principio claro de nuestra vida, el amor sin límites ni fronteras, que incluye, por supuesto, el perdón, como su expresión privilegiada, haciendo realidad en nuestra vida de cada día, las palabras y el ejemplo de Jesús a lo largo de su vida y a la hora de su muerte: “Amen a sus enemigos, y rueguen por los que los persigan, para que sena hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué recompensa van a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludan más que a sus hermanos, ¿qué hacen de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Ustedes, pues, sean perfectos como es perfecto su Padre celestial (Mateo 5, 44-48).

En un mundo donde se pretende que todo lo que se desee sea permitido, y cualquier límite se considera totalmente fuera de lugar, y pasado de moda, nosotros estamos llamados a obrar siempre en concordancia con nuestra dignidad de hijos muy amados de Dios, según la invitación de Jesús: Entren por la entrada estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; pero ¡qué estrecha es la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!, y pocos son los que lo encuentran (Mateo 7, 13-14).

Todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes a ellos” (Mateo 7, 12)

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