SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

VIVIENDO LA FE

VIVIR EN LA ESPERANZA

Vive el día de hoy y todos los días de tu vida, en la esperanza; esa virtud que Dios nos regala y que es hermana de la fe y del amor.

No importa que tengas problemas y dificultades. No importa que estés enfermo o que no tengas trabajo. No importa que te sientas triste y solo.

La esperanza te permite mirar al futuro y descubrir en él buenos augurios. La situación que atraviesas – cualquiera que sea – es sólo momentánea, temporal. Llegará el día, y cada vez está más cerca, en que la vida te sonreirá y alcanzarás lo que deseas y buscas, o tal vez mucho más. Recuerda lo que dice el refrán: “No hay mal que dure cien años”. Y este otro: “Mientras haya vida, hay esperanza”.

Vivir con esperanza es estar perfectamente seguros, absolutamente convencidos, de que Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien.

Dios te ama y su amor es fiel y generoso; Dios te ama y no puede desear otra cosa que el bien, para ti que eres su hijo muy querido.

Dios te ama y vive en ti, en tu corazón; nunca te abandonará. Está contigo siempre, sobre todo en los momentos de dolor, como estuvo con Jesús en su pasión y en su muerte.

Dios te ama y su mayor deseo es que alcances la más plena felicidad. Jesús resucitado es la mayor prueba de que nuestra esperanza no es vana.

Repite desde el fondo de tu corazón y de tu vida, muchas veces:

Dios mío, Tú eres mi esperanza. En Ti confío plenamente.   A Ti me entrego totalmente.

LA RUTINA EN LA VIDA CRISTIANA

Todos hemos sentido alguna vez el peso de la rutina en la vida cotidiana: hacer las mismas o casi las mismas cosas todos los días. Ese repetir lo mismo o casi lo mismo, día a día, semana a semana, mes a mes, reduce nuestro interés y nuestro entusiasmo y nos introduce en el sinsentido. Hacemos lo que tenemos que hacer, pero lo hacemos por obligación, sin gusto, sin alegría, y de esta manera vamos quitándole el valor que posee. La rutina es la gran enemiga del progreso en todos los órdenes de la vida humana. La rutina insensibiliza, paraliza, destruye lo que encuentra a su paso.

Y esto que decimos de la vida ordinaria, podemos aplicarlo también a la vivencia de fe. La rutina es la enemiga número uno de la vida cristiana auténtica, del seguimiento fiel de Jesús. ¿Por qué? Pues simplemente porque el Mensaje de Jesús es absoluta novedad y conversión permanente, todo lo contrario de lo que es la rutina. Creer en Jesús, aceptar y acoger su propuesta de salvación, nos exige ser conscientes de quiénes somos y a qué estamos llamados, y obrar en consecuencia.

En la vida cristiana no se trata de repetir una y otra vez acciones devotas: rezar esta o aquella oración, tener esta o aquella práctica buena, cumplir milimétricamente y a la letra estas o aquellas normas, y nada más. Todo lo contrario. Se trata, fundamentalmente, de poner el corazón en todo lo que hacemos y decimos, de permanecer atentos a la Voluntad de Dios, de buscar cada día maneras nuevas de amar y de servir a la gente, de purificar constantemente las intenciones de nuestros actos, de examinar una y otra vez nuestra conducta a la luz de las enseñanzas y el ejemplo de Jesús, para corregir lo que es necesario corregir; de amar y perdonar cada día con mayor intensidad; de mantener una actitud constante de conversión, en fin. Y cuando las cosas se hacen así, la rutina no tiene manera de penetrar y dañar nada, y el progreso espiritual se hace constante.

Hoy quiero invitarte muy cordialmente, a que examines tu vida cristiana, tu vida de fe:

  • ¿Es parte esencial de tu vida cotidiana?
  • ¿Cómo la sientes en tu corazón?
  • ¿Cómo la vives?
  • ¿Qué estás dispuesto a cambiar para que sea mejor a partir de hoy mismo?

EL INIGUALABLE VALOR DE LA VIDA

Aunque se nos da de una manera natural, porque no sabemos cuándo empezamos a vivir, y tampoco solicitamos existir, nuestra vida humana, es un verdadero milagro, ¡cuántas cosas tienen que coincidir para que aparezca la vida!; un milagro del que debemos hacernos conscientes y que tenemos que agradecer y cuidar por encima de todo.

Pero nuestros tiempos son difíciles y en ellos la vida ha perdido parte de su valor intrínseco. La idea reinante de que es preciso buscar el éxito a toda costa, y de que todos tenemos que ser ganadores, sea como sea, nos impide agradecer la vida y exaltar su importancia cuando es débil y enferma, cuando la consideramos inútil, o cuando de alguna manera se opone a nuestros deseos y aspiraciones. ¿De dónde si no, proviene la lucha por el “derecho” al aborto y a la eutanasia, que tantas personas se empeñan en llevar adelante? ¿Por qué crece la violencia de manera tan alarmante, particularmente la violencia contra los niños que comienzan a vivir y contra las mujeres, gestoras de la vida? ¿Y qué decir de la manipulación que la ciencia hace, cada vez en mayor escala, de los elementos que le dan origen y de la vida que apenas comienza; de los deportes extremos que la colocan en alto riesgo; y de los peligros a los que la sometemos al adoptar algunas costumbres?

Dios es el único Dueño y Señor de la vida, y nosotros somos sus servidores. Como seguidores de Jesús tenemos que ser defensores de la vida, y rechazar de plano el aborto, la eutanasia, y todo lo que de alguna manera ponga en peligro nuestra vida, nuestra salud, o la salud y la vida de otros. Toda acción en contra de la vida es absolutamente injustificable.

TOMAR CONCIENCIA

Tomar conciencia es una actitud fundamental en la vida de todos los seres humanos. Cuando tomamos conciencia, es decir, cuando nos hacemos conscientes de lo que somos, sensibles a la realidad que nos rodea, a las verdades que nos tocan, podemos vivir a plenitud nuestra vida y ser lo que estamos llamados a ser.

Cuando tomamos conciencia de qué significa ser hombre o ser mujer, nos hacemos hombres o mujeres de verdad; cuando tomamos conciencia de qué significa ser un buen padre o una buena madre, ya estamos en camino de serlo; cuando tomamos conciencia de las cualidades que debe tener un buen amigo, empezamos a ser buenos amigos. Y lo mismo sucede en el plano espiritual: cuando tomamos conciencia de lo que significa ser cristianos, seguidores de Jesús, podemos serlo de verdad, con todo lo que ello implica, y la fe que decimos tener se hace realidad viva y operante, que marca nuestra vida y la de quienes viven a nuestro alrededor.

Sólo cuando hayamos tomado conciencia de nuestro ser de cristianos, la Misa de los domingos será mucho más que el mero cumplimiento de una ley, el buen trato a quienes comparten su vida con nosotros, más que mera cordialidad, el cumplimiento de los deberes de cada día, más que simple responsabilidad, el servicio a quien lo necesita, mucho más que una apariencia, porque brota de un corazón que late al unísono con el corazón amoroso de Jesús.

DECÁLOGO DE LA FAMILIA

NO-VIOLENTA 

La no-violencia activa es el camino más seguro y directo, para alcanzar la paz que todos anhelamos. Aplicar sus principios en la familia, es algo que todos podemos hacer para colaborar activamente en la construcción de la paz de nuestro país y del mundo

  1. Amarse y respetarse mutuamente, todos los miembros que conforman la familia.

  1. Cuando alguno de los miembros de la familia comete un error, corregirlo con paciencia, y siempre expresar los desacuerdos de una manera pacífica.

  1. Colaborar todos los miembros de la familia, en las diversas tareas de la casa, y participar con entusiasmo en las distintas actividades familiares.

  1. Pedir perdón cuando se ofende, deliberada o involuntariamente, a uno de los miembros de la familia, y aceptar el perdón con humildad cuando éste se da.

  1. Solucionar los conflictos familiares y personales, siempre mediante el diálogo y la concertación, sin dogmatismos ni imposiciones.

  1. Realizar paseos y otras actividades que estimulen la interacción familiar.

  1. Identificar y respetar las diferencias y semejanzas entre los miembros de la familia y el lugar que en ella se ocupa.

  1. Analizar y definir, en lo posible, de mutuo acuerdo, normas básicas de convivencia.

  1. Aceptar y respetar la libertad de conciencia, de expresión, de pensamiento, de culto y de libre desarrollo, que tienen todos y cada uno de los miembros de la familia, sin que esto signifique pérdida de autoridad de los padres respecto de los hijos.

  1. Procurar un ambiente sereno en el que se compartan con confianza, las tristezas  las alegrías de los distintos miembros de la familia.

UNA VIDA NUEVA 

Ideas para vivir a plenitud, con sentido, los años que te faltan por vivir, aquí en el mundo:

  • Que Dios ocupe siempre el lugar más importante en tu corazón. Mantén una estrecha relación con Él. Toma conciencia de que por el Bautismo que un día recibiste, habita en ti; hazlo protagonista de tu historia.
  • Valórate a ti mismo. Eres alguien especial, irremplazable, único. Acéptate como eres, con tus posibilidades y tus limitaciones. Acepta tu vida, tus circunstancias, tu situación particular. Trata de mejorar lo que puedas pero sin angustiarte.
  • Dale valor a las cosas sencillas y simples. El canto de los pájaros, un atardecer, la sonrisa de un niño, la belleza de una flor, un rato de conversación con un amigo, una caricia sentida… Detrás de ellas se esconde la verdadera felicidad.
  • Has de la verdad y la honestidad, tu norma de conducta; siempre, en todo y con todos.
  • Comparte con tu familia todo el tiempo que puedas. Tener una familia unida y amorosa es la más grande riqueza que puedes poseer.
  • Preocúpate más por SER, que por TENER o por PODER. Busca ser cada vez mejor ser humano, con todo lo que esto significa; el modelo es JESÚS DE NAZARET.
  •  Ama…ama…ama… El amor ilumina siempre la vida, le da un sabor especial, la enriquece sin medida.
  • Perdónate y perdona. Perdona tus errores, tus debilidades, tus fallas, y perdona a los demás los suyos… El perdón es una expresión privilegiada del amor.
  • No caigas en un activismo exagerado, sin sentido. Saca tiempo para pensar, para reflexionar, para evaluar lo que haces, para planear, ¡para descansar!.
  • Sé tú mismo. No intentes copiar a otro, por importante que sea, por bueno que te parezca. Más bien, invierte tus fuerzas, en dinamizar tus capacidades y pulir tu personalidad.

 

¡ALERTA MÁXIMA!

Muchas veces ser cristianos de verdad, como tenemos que ser, como estamos llamados a ser; seguir a Jesús y hacer realidad su mensaje de amor, de justicia, de verdad y de paz, en el mundo en que vivimos, nos exige renunciar a cosas que nos son muy queridas:

  • abandonar proyectos,

  • dejar amistades,

  • cambiar de planes,

  • buscar otras opciones,

  • enfrentar riesgos,

  • dar un vuelco a la vida.

Parece extraño, pero así es.

La radicalidad del Evangelio no compagina, no armoniza, con muchas cosas que el mundo en el que vivimos, la sociedad de la cual formamos parte y su cultura, nos muestran como buenas, necesarias, imprescindibles, y entonces es preciso que rompamos con ellas.

Jesús mismo lo previó y así nos lo anunció en el Evangelio:

“Si, pues, tu mano o tu pie, te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo, que, con las dos manos y los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo, que con los dos ser arrojado a la gehenna del fuego” (Mateo 18, 8-9)

La historia de la Iglesia está llena de ejemplos de personas que entregaron incluso su vida, para ser fieles a Dios y a su fe en Él.

No es fácil comprenderlo. Tampoco es fácil realizarlo. Porque implica sacrificio, y el sacrificio duele, lastima, incomoda. Pero vale la pena. ¡Jesús siempre vale la pena!, y evidentemente, con él a nuestro lado es infinitamente más lo que ganamos que lo que aparentemente perdemos.  Lo dijo claramente Benedicto XVI a los jóvenes, en su encuentro de Colonia: “Jesús no nos quita nada; al contrario, nos da todo lo que como seres humanos podemos desear”.

Por eso hay que estar siempre atentos,

  1. vivir la vida – cada instante de ella -, a conciencia,

  2. pensar antes de actuar,

  3. profundizar en el conocimiento de Dios y de lo que Él quiere de nosotros,

  4. fortalecer nuestra fe en Jesús,

  5. hacernos sensibles al mal,

  6. obrar siempre y en todo con libertad y responsabilidad,

  7. educar la voluntad,

  8. buscar ayuda cuando nos sentimos débiles o inseguros, cuando no tenemos claridad de pensamiento,

  9. orar para ser capaces de vencer la tentación.

Recuerda el refrán que dice: “El que ama el peligro en él perecerá”. Y aquel otro: “La ocasión hace al ladrón”.

Es importante que pienses y actúes en consecuencia:

  • ¿Qué aspectos de tu vida debes mejorar, para vivir cada vez con más decisión el Evangelio de Jesús; para ser cristiano de verdad?

  • ¿Qué actitudes, situaciones, proyectos… debes rechazar de plano y sin contemplaciones porque están poniendo en peligro tu fe, tu relación con Dios?

  • ¿De qué personas debes alejarte – sin rechazarlos – porque no son buenos compañeros de camino, y pueden inducirte al mal?

  • ¿Qué actitudes debes reforzar para crecer en la vivencia de tu fe?

  • ¿Qué amistades debes fortalecer porque son beneficiosas para ti y te ayudan a crecer espiritualmente?

IGUALES PERO DISTINTOS

Los cristianos, los seguidores de Jesús, no podemos ser personas corrientes, una más, una del montón. Hacer lo que todos hacen, decir lo que todos dicen, pensar como todos piensan… Lo que dice el refrán: “¿Para dónde va Vicente? ¡Para donde va la gente!”.

Los cristianos, los seguidores de Jesús, tenemos que ser personas especiales, distintas, criaturas nuevas, hombres y mujeres nuevos como dice San Pablo:

Despójense del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias…  y revístanse del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Carta de San Pablo a los Efesios 4, 22. 24).

Hombres y mujeres, que con nuestro modo de ser y de actuar, hagamos presente en el mundo a Jesús muerto y resucitado, para la salvación de todos.

  • Personas que no temamos pensar diferente, sentir diferente, hacer cosas diferentes.

  • Personas capaces de arriesgarnos a amar como Jesús amó, a servir como Jesús sirvió.

  • Personas dispuestas a perdonar siempre y a todos.

  • Personas capaces de sacrificarnos en bien de los otros.

  • Personas decididas a no escatimar ningún esfuerzo con tal de que Dios sea conocido y amado.

  • Hombres y mujeres de fe y de esperanza,

  • decididos y valientes,

  • sinceros, honestos y justos,

  • compasivos y misericordiosos,

  • libres de ataduras.

Hombres y mujeres cabales:

  • dispuestos a aceptar nuestras debilidades, luchando por superarlas,

  • capaces de reconocer nuestros errores y nuestras fallas y enmendarlas,

  • humildes y a la vez seguros de nosotros mismos y del camino que seguimos,

  • dueños de nuestro ser y de nuestros actos.

Los cristianos, seguidores de Jesús, tenemos que ser:

  • buscadores de la verdad,

  • luchadores de la justicia,

  • constructores de la paz,

mucho más que cualquier otro ser humano.

Iguales, pero distintos. Iguales en dignidad, con los mismos derechos que todos los hombres y mujeres del mundo, con el mismo valor como personas; pero distintos, iluminados por el Espíritu Santo que habita en nosotros, con un corazón renovado capaz de amar con más fuerza y decisión, capaz de entregarse por la causa de Jesús.

Entonces, cabe preguntarnos:

  • Si las cosas son así…   ¿por qué el mundo está como está y pasa lo que pasa?

  • ¿Dónde están los 1.500 millones de cristianos que somos?

  • ¿Cuál es nuestra vivencia del Evangelio?

Es algo que tenemos que pensar muy seriamente… Cada uno… ¿No te parece?

UN BUEN BALANCE

Uno de estos días, mientras preparaba una de mis actividades, me encontré haciendo un balance de gestión de mi propia vida.  En resumen, siento que fue un balance muy positivo, porque me llevó a descubrir lo que, a lo largo de todos estos años, me ha movido y me ha fortalecido; lo que, sin duda ha hecho de mí lo que ahora soy, lo que pienso y siento, y lo que hago.

Por eso me animé a compartirlo con ustedes. Para motivarlos a que también ustedes hagan su propio balance, y descubran en él lo que los impulsa, lo que los mueve, lo que los hace hacer lo que hacen, lo que los lleva a ser lo que son. Todo lo que está en la base de su ser y de su quehacer. 

Es muy importante. Más de lo que podemos percibir a simple vista. Nos permite hacer una reingeniería de nuestra vida.  Dejar atrás lo que no nos conduce a la meta fijada por Dios desde el mismo día en que fuimos concebidos, y retomar el camino verdadero.   

Personalmente, llegué a la conclusión de que lo que soy hoy y lo poco o mucho que he hecho, se lo debo a:   

Mi fe en Dios como principio y fundamento de todo cuanto existe, incluyéndome a mí misma, y en su amor infinito por mi; un amor que siento cada día al levantarme y cada noche al acostarme, y que trato de agradecer todos los días.

Mi fe en Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios encarnado, que con su vida y su palabra, me señaló el camino que conduce a la verdadera felicidad, aquí, en este mundo, y más allá de él. Por bondad infinita de Dios, Jesús ha sido el centro de mi vida desde que tengo conciencia de mí.

La familia que Dios me regaló. Mi papá y mi mamá y todos y cada uno de mis hermanos. Es la riqueza más grande que poseo. Me ha dado amor y estabilidad, dos cosas imprescindibles para construir el ser y la vida misma.

El amor que he recibido de muchas personas a lo largo de mi vida. Su comprensión, su apoyo, su ayuda, sus enseñanzas, su ejemplo.

La educación que recibí de mis padres y de mis maestros, y las oportunidades que he tenido de seguir profundizando en ella a lo largo de toda mi vida. No fue, ni es, una educación para brillar socialmente, para tener poder, o para adquirir dinero, pero sí para hacerme crecer como persona,  para humanizarme cada día más, y eso es lo que realmente quiero y busco.

El trabajo que no me falta, aunque no haya sido siempre remunerado. Me hace feliz lo que hago. No me enriquece en bienes materiales, pero sí en bienes espirituales, que tienen más valor para mí, aunque esto no sea lo que predica la sociedad consumista en la que vivo.

El ambiente en el que me he movido. Ha habido ocasiones en las que he tenido que luchar contra situaciones y circunstancias que no me eran favorables, pero en general ha sido un ambiente propicio.

Igual que todo el mundo, he tenido problemas y dificultades con otras personas, pero lo que ha sucedido, aunque obviamente me ha causado sufrimiento, también me ha dado la posibilidad de fortalecerme interiormente, para la lucha de cada día.

Dios me ha dado la gracia de poder perdonar con facilidad y no guardar odios y rencores en mi corazón. Estoy absolutamente convencida de que son más destructores que el cáncer y el sida.

Tengo una manera de pensar clara y realista, y gracias a ella no me enredo la vida pensando en lo que pudo haber sido y no es, no hago conjeturas sobre el comportamiento de los demás, ni me mueven las dobles intenciones. 

Fui educada en el uso adecuado de los bienes materiales, y por eso consumo con medida y valoro más lo que poseo que lo que me falta.

La felicidad no es para mí una búsqueda permanente y desesperada de diversiones, sino algo que nace en el corazón y se siente por dentro. No se ve, ni se toca, pero es real. Ilumina la vida entera.

En general puedo decir que llevo una vida sencilla y simple, sin grandes altibajos ni a favor ni en contra, que a muchos puede parecer aburrida y pobre, pero que para mí es la vida ideal porque me permite vivir con profundidad lo que soy, un ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y llamado por Él a la bienaventuranza eterna de su amor y su bondad infinitas.

Ahora te toca a ti…

¿Cuál es el centro de tu vida?…  

¿Qué te mueve a actuar?…

¿Hacia dónde vas?… 

¿Qué buscas?…

¿Cómo lo buscas?…

¿Valen la pena los esfuerzos que haces por alcanzar lo que desean?…

Y eso que deseas… ¿se compagina con lo que realmente eres?… ¿Con lo que Dios quiere de ti?…

EL SIGNO DE LA CRUZ

Lo aprendimos cuando éramos niños: la cruz es el signo, la señal de los cristianos.

Pero no las hermosas cruces de oro o de piedras preciosas que algunos llevan al cuello, más como un adorno que como un testimonio de fe, ni las majestuosas cruces de mármol que adornan muchos de nuestros templos, frías y estáticas. Sino la sencilla cruz de madera rústica, aquella que nuestros campesinos erigen al lado de sus casas el 3 de mayo, Fiesta de la Santa Cruz, que hace alusión  directa y clara a aquella otra cruz grande y pesada, que sirvió de trono a Jesús en el momento culminante de su vida en el mundo.

De lugar de tortura y de muerte, pero también de amor y de salvación, la cruz ha pasado a ser para muchos de nosotros, un simple objeto de lujo y adorno, por ese vicio que tenemos de tratar de suavizar las cosas que llevan en sí mismas un mensaje fuerte y profundo, para evitarnos la incomodidad que puedan causarnos.

Una cruz de madera, así nada más, nos parece demasiado tosca, y además trae consigo una connotación de sufrimiento que preferimos cubrir con un velo. Por eso nos gustan infinitamente más las cruces de oro o de plata que podemos lucir como joyas; las cruces grandes y bellamente trabajadas; los Cristos estilizados y limpios, que ocultan la horrible tortura de la crucifixión.

Y esto que hacemos con la cruz es sólo el signo, la muestra, de lo que hacemos con nuestro cristianismo, con nuestro seguimiento de Jesús.

Nos fabricamos un cristianismo a nuestra medida, un cristianismo cómodo, sin exigencias especiales. Preferimos los pasajes del Evangelio en los que Jesús realiza milagros, porque nos dan una visión romántica de su persona, y olvidamos el Sermón de la Montaña que nos presenta su programa de vida, que se opone abiertamente a lo que el mundo en el que vivimos nos ofrece y nos pide.

Pero no podemos seguir engañándonos. Es inútil. La verdadera cruz de Jesús se impone, porque Jesús crucificado, herido y sangrante, está presente en todas y cada una de las personas víctimas de la injusticia, del odio, de la violencia en todas sus formas, de la mentira, del egoísmo, de la codicia, de la sociedad en general y de cada uno de nosotros en particular.

Mientras haya en el mundo personas que sufren como consecuencia de nuestras acciones, Jesús estará clavado en la cruz en dolorosa agonía, y todo lo que hagamos por suavizar su mensaje y velar su imagen dolorida será infructuoso. Él mismo lo dijo con total claridad:

Lo que hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron… Lo que dejaron de hacer con uno de estos más pequeños, también a mí dejaron de hacérmelo.” (Mateo 25, 40.45)

No olvidemos que la resurrección gloriosa de Jesús de entre los muertos, no cerró las heridas de sus pies, sus manos y su costado. Los discípulos pudieron verlas y tocarlas; Tomás metió su mano en el costado abierto.

Esas heridas son hoy para nosotros, señal inequívoca de la contundencia de sus palabras y de la entrega generosa de su vida en la cruz, en obediencia a la voluntad amorosa del Padre. Una entrega que se constituyó en verdadero sacrificio. Una entrega de amor que se manifiesta más vivo y más real en el doloroso derramamiento hasta de la última gota de su sangre. Una realidad lacerante que sigue hiriendo el corazón mismo de Dios y que nosotros no podemos ocultar, aunque nos hagamos bellas cruces de oro y hermosos Cristos exangües.

Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”  (Lucas 9, 23)

 

 

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