SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

VIVIENDO LA FE

VIVIR LA VIDA

Nuestra vida en el mundo es corta. A medida que vamos cumpliendo años, esta cortedad de la vida se nos hace presente, para que tomemos conciencia de ella. El tiempo pasa inexorablemente y va dejando su huella en nuestro cuerpo y en nuestra alma. Casi sin darnos cuenta nos encontramos “a las puertas” de la muerte, que cambia radicalmente las condiciones de esta vida que tenemos.

Por eso hay que saber aprovechar la vida lo mejor posible, vivirla con intensidad, llevarla a su plenitud. Que la muerte no nos sorprenda en la mitad del camino, sin haber hecho nada que valga la pena, con las manos vacías; sin haber dado a la vida su importancia, su valor.

La cuestión es, entonces, saber a ciencia cierta qué es vivir y qué significa aprovechar la vida.

Vivir NO ES, como muchos piensan – aunque la expresión suene fuerte -, hacer lo que a uno le da la gana, en el momento en el que le da la gana.

NI ES tampoco, buscar sólo lo que es agradable, lo que produce placer, lo que da bienestar, lo que simplemente nos gusta, lo que nos satisface.

Vivir ES, ante todo, desarrollarnos como lo que somos, personas. Y ser personas nos exige, por una parte, poner en juego todas nuestras capacidades físicas, sociales, sicológicas, intelectuales y espirituales, y por otra, comportarnos con responsabilidad, es decir, darle a cada cosa su lugar y su tiempo.

Vivir ES respirar, comer y dormir.

Y es también sufrir, llorar, enfrentar el dolor, superar las dificultades y los problemas.

Vivir ES saltar de gozo y esperanza, sentirse seguro, confiado, íntegro.

Y es también saberse frágil, limitado, incapaz de muchas cosas, y tener valor para luchar, para sacrificase.

Vivir ES amar, servir, compartir, trabajar, descansar, ser solidarios, construir la paz.

Y es también, saber enfrentar el egoísmo, la violencia, la injusticia, la desconfianza, de quienes viven a nuestro lado.

Vivir ES compartir con los otros, ser-con-los-otros, ser-para-los-otros, disfrutar de salud, rebosar vitalidad.

Y es también, estar solo, sentir miedo, padecer enfermedad, caminar codo a codo con la muerte.

Vivir ES esforzarnos para realizar un proyecto, saber, crear, construir.

Y es también callar, hacer silencio, ser capaces de permanecer pasivos cuando las circunstancias lo exigen.

Vivir ES creer, confiar, esperar, siempre y a pesar de todo.

La vida tiene múltiples facetas y matices. Comprende muchas cosas. Basta estar vivo para darse cuenta de ello. Lo importante es, en primer lugar, no dejarla pasar sin más, y en segundo, no confundir nunca lo esencial, con lo meramente accidental, lo verdadero con lo aparente.

Equivocarse en esto resulta bastante costoso. ¡Que lo digan, si no, tantos hombres y mujeres que van por ahí arrastrando su existencia, sin esperanza! No tomaron su vida en serio desde el principio, y ahora no son capaces de salir del abismo en el que se hundieron.

¡Ojalá que no nos suceda lo mismo a ninguno de nosotros.

SER vs.TENER,

PLACER Y PODER

Vivimos una época en la que el bienestar, el éxito y la felicidad, están ligados íntimamente con el tener, el poseer, el consumir, el dominar. Es lo que nos dicen las propagandas que vemos y que oímos en los diferentes medios de comunicación.

Para ser bello, para parecer agradable, para tener amistades, para conquistar el éxito, para amar y ser amado, para ser feliz… es necesario usar este jabón, tomar esta bebida, vestir esta marca de ropa, maquillarse con estos cosméticos, llevar este reloj, tener un carro de este modelo, comprar en este almacén, pasar las vacaciones en este lugar, vivir en este sector… en fin.

Salirse de este esquema es “estar en nada”, “estar out”, fuera de onda… Todo, absolutamente todo, se reduce a lo material, lo que puede verse y tocarse, lo que tiene un nombre o una marca que lo acredite… lo demás no importa, pasa a un segundo lugar… a un tercer lugar… Así las cosas, la vida se vuelve, sin siquiera darnos cuenta, “un día de compras”… No nos interesa nada más, no hay nada más que nos llame la atención, nada que nos estimule espiritualmente, nada que nos invite a mirar en otra dirección

El mundo está lleno de personas que creen que su vida tiene un valor directamente proporcional al número de dígitos de su cuenta corriente, al cupo de su tarjeta de crédito, a la cantidad de propiedades que tienen escritura a su nombre, a las joyas que lucen, al barrio donde viven, al carro en el que se movilizan, al estrato de su cuenta de servicios, a la cantidad de recibos que pagan.

Y está lleno también de personas que creen que viven sólo para disfrutar, para gozar, para experimentar toda clase de placeres, y todo lo que hacen está encaminado a esto; no importa lo que les cueste, lo que tengan que sacrificar por ello, y tampoco lo que les dure. Lo único que tienen en cuenta es el goce pasajero, la “felicidad” de papel que sienten en su pequeño corazón.

Y no faltan los que tienen como única preocupación, como prioridad “uno a”, ser personas importantes, superiores a las demás, con poder para decidir qué hacer y qué no, para exigir un trato especial, para creerse con derecho a todo; los que buscan a toda costa ser aplaudidos, admirados, reconocidos, tenidos en cuenta.

Unos y otros andan equivocados. Ni el TENER, ni el PLACER, ni el PODER, son los que dan sentido y valor a nuestra vida humana.

El verdadero sentido de nuestra vida, su verdadero valor, radican en que ella sea plenamente humana, con todo lo que esto significa: que se desarrolle en relación armoniosa con el mundo, nuestro hogar; en relación armoniosa con los otros hombres y mujeres, nuestros hermanos; en relación armoniosa con nosotros mismos; en relación armoniosa con Dios, nuestro Creador y Padre, fin último hacia quien deben tender todas nuestras acciones.

Tener bienes materiales y disfrutarlos, no es malo en sí mismo. Lo malo es creer que nuestra vida tiene sentido sólo cuando buscamos a toda costa tener, y hacemos del consumir la actividad fundamental… o la única.

Sentirse bien, gozar, reír, alegrarse, no es malo en sí mismo. No puede serlo. El mal está en pensar que ésta es la razón de la vida, y que hay que buscarla y lograrla a como dé lugar, haciendo lo que sea, sacrificando lo más grande por lo más pequeño.

Ocupar un lugar importante en la sociedad, tener capacidades para orientar y dirigir a la gente, no es malo en sí mismo. No tiene por qué serlo; todo lo contrario, puede ser un aporte interesante a la comunidad.  Lo malo es creer que porque se tienen capacidades especiales en este sentido, estamos por encima de todo y de todos, tenemos derecho a todo, y los demás deben agachar la cabeza y hacer lo que decimos.

Valemos por lo que sOMOS, no por lo que TENEMOS, lo que HACEMOS, o lo que GOZAMOS. Parece una frase hecha y repetida hasta la saciedad, pero es que nos tenemos que hacer conscientes de ella y asumirla, “mantenerla a la mano”, para que no se nos olvide; la sociedad en la que vivimos, las circunstancias de nuestro tiempo, nos dicen otra cosa bien distinta, nos llevan por otros caminos, y es preciso que sepamos a ciencia cierta, con toda claridad, lo que debemos hacer y lo que debemos evitar.

Sólo se vive una vez. No malgastemos nuestra vida viviéndola de cualquier manera, como va resultando, caminando por caminos que no nos llevan a ninguna parte.

Busquemos ante todo ser buenos seres humanos, hombres y mujeres de verdad, amables, serviciales, comprensivos, generosos, tiernos, sinceros, honestos, fieles, creativos, dinámicos, emprendedores, luchadores.  Hombres y mujeres que saben aprovechar sus cualidades y capacidades para hacer obras que ayuden al bienestar físico y espiritual de otras personas.  Hombres y mujeres que han tomado conciencia de su ser y de su misión en el mundo.

DIEZ CONSEJOS

PARA SER FELICES

Todos queremos ser felices. El anhelo de felicidad está inscrito en nuestro corazón, desde el primer momento de nuestra existencia. Sin embargo, la verdadera felicidad no se consigue así, nada más. Es necesario trabajar duro para poder alcanzarla, y luego de tenerla, conservarla y hacerla crecer.

Al contrario de lo que muchos piensan, de lo que nuestra sociedad consumista y hedonista nos quiere hacer creer, la verdadera felicidad no está en el TENER, ni en el PODER, ni en el PLACER, ni siquiera está en el SABER. No es feliz aquel que puede disfrutar de riquezas o de prestigio, por muy grandes que ellos sean. La verdadera felicidad está sólo en el SER; ser cada vez más personas, más humanos, más “imagen y semejanza de Dios”. La verdadera felicidad está en sentir y apreciar lo ordinario de la vida como un don extraordinario de Dios que nos ama y que quiere lo mejor para nosotros, porque es nuestro Padre.

Si quieres vivir tu vida con paz y tranquilidad, y ser feliz en la medida en que los seres humanos podemos serlo, ten en cuenta lo siguiente:

  1. Todos los días, al levantarte, piensa en Dios, dale gracias por la vida que te da y entrégale tus trabajos y todo lo que se te presente.
  2. Haz el propósito de mantener una actitud cordial y respetuosa con las personas que se crucen en tu camino.
  3. Enfrenta con alegría y entusiasmo la primera acción del día; de ella depende en gran medida el resto de él.
  4. Si te encuentras con una persona malhumorada o conflictiva, no permitas que te contagie su mal genio.
  5. Aprovecha el tiempo lo mejor posible, para que te alcance para desarrollar las tareas que te corresponden, y también para descansar. Los seres humanos no somos máquinas de hacer cosas; necesitamos el descanso que repara las fuerzas físicas y espirituales.
  6. Pasa todo el tiempo que puedas con tu familia: padres, hermanos, esposo o esposa, hijos, parientes. La familia es la mayor riqueza que podemos tener y algunas veces nos damos cuenta de ello demasiado tarde.
  7. Disfruta de la relación con las otras personas: tus compañeros de trabajo, de estudio, tus jefes, tus subalternos, tus clientes, dando a todos y siempre lo mejor de ti.
  8. Mira a todas las personas como semejantes a ti, con los mismos anhelos y las mismas necesidades, las mismas capacidades y las mismas debilidades. No eres ni superior a nadie, ni inferior a nadie. El principio de igualdad es fundamental en la vida de quien quiere ser íntegro y justo.
  9. Trata de hacer – al menos – “una buena obra” en el día. Algo que te haga solidario con quienes sufren por cualquier causa.
  10. Al finalizar la tarde y antes de ir a dormir, no olvides elevar de nuevo tu corazón a Dios. Dale gracias por los logros obtenidos y pídele perdón por las faltas cometidas, haciendo el propósito de enmendarte.

Ten presente lo que nos dice el libro del Eclesiástico:

“Feliz el hombre a quien no le reprocha la conciencia, y no ha perdido la esperanza” (Eclesiástico 14, 2)

LO VERDADERO EN LA VIDA

¿Qué es lo verdadero y qué es lo aparente en la vida de los seres humanos?

¿Qué es lo que hace que un hombre y una mujer realicen su vida, que vivan su vida más acertadamente que otro u otra?

¿Qué nos exige nuestro ser de hombres o de mujeres, para que nuestra vida sea “acertada”, para que seamos lo que tenemos que ser, lo que estamos llamados a ser?

No es difícil saberlo. Basta hacer un poco de silencio, salirnos del trajín de todos los días, que nos envuelve en la rutina que adormece y no nos permite ver más allá de nuestra propia nariz, y ejercer nuestra facultad de pensar, de razonar, de analizar y comprender, y sacar conclusiones, una de las cuales es precisamente esta: lo único verdadero en la vida humana, es realizar en ella nuestra esencia de hombres, nuestra esencia humana, lo que nos es propio y exclusivo, que se define en el mismo acto creador de Dios.

Ser hombres y ser mujeres de verdad, no es otra cosa que poner a funcionar lo que somos, lo que Dios hizo de nosotros al crearnos “a imagen y semejanza suya”, es decir, seres dotados de inteligencia y voluntad, capaces de pensar y capaces de decidir, capaces de continuar su obra creadora, capaces de interactuar con el entorno, y, sobre todo, capaces de amar, amar mucho, porque como nos dice San Juan en su Primera Carta, “Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (cf. 1 Juan 4, 16). Dios es esencialmente amor; Dios “es” Dios, amando… amándonos.

La vida humana, nuestra vida de hombres y de mujeres, la de cualquier hombre y la de cualquier mujer, sea quien sea, se define por el amor, por nuestra capacidad de amar, y no simplemente por nuestra capacidad de razonar.

Somos hombres y mujeres de verdad, cuando amamos, cuando todo lo que hacemos lo hacemos por amor y en el amor… amando.

Somos hombres y mujeres de verdad, plenos de vida humana, cuando nuestro corazón está abierto al amor, para darlo y para recibirlo; abierto al amor de Dios que lo llena todo, que le da sentido a todo; y abierto también al amor de los hermanos que necesitan, como nosotros, amar y sentirse amados; abierto a la bondad, a la alegría, a la esperanza, que sin duda proceden del amor bien entendid

Para ser hombres y mujeres de verdad y vivir la vida “al máximo”, como se pretende hoy, como se exige hoy, no se necesita “poder”, ni se necesita “tener”, ni se necesita buscar febrilmente el “placer”, como piensan muchos; sólo se necesita darle un lugar al amor, al verdadero amor, el lugar que le corresponde, el primer lugar.

Razón tiene San Agustín cuando afirma: “Ama, y haz lo que quieras”. Y San Juan de la Cruz: “En la tarde de la vida te examinarán en el amor”.

A propósito:

  • ¿Cómo es tu amor?
  • ¿Cómo lo sientes?
  • ¿Cómo lo vives?
  • ¿Cómo lo das?
  • ¿A quiénes amas?
  • ¿Te parece suficiente?

El amor, cuando es verdadero, no hace exclusiones, como no las hace Dios, ni tiene medida, como no la tiene el amor de Dios para con cada uno de nosotros.

El amor, cuando es verdadero, hace crecer, construye, sana, salva…

TRABAJAR PARA SER MÁS

El trabajo es un derecho del ser humano y también un deber. Un derecho y un deber inalienables.

Trabajar, luchar para salir adelante, para ser mejores, para vivir más plenamente la vida que Dios nos regaló, es una tarea de todos, sin excepción. ¡Bueno, al menos si nos consideramos personas normalmente dotadas! Las cosas no se nos dan así, nada más, es preciso buscarlas y esforzarnos para conseguirlas. Además, el trabajo es participación en la obra creadora de Dios.

Cuando uno se esfuerza por alcanzar algo y lo logra con su trabajo, la satisfacción es mucho mayor que si se lo dan gratuitamente.

Pero el trabajo, el esfuerzo, exige tener metas claras, propósitos definidos, saber a dónde queremos llegar, qué queremos conseguir. Sólo así podemos obtener resultados positivos.

El futuro se construye desde el presente, con dedicación, con paciencia, con constancia, alejando los temores, rechazando las dudas, poniendo todo de nuestra parte, haciendo todo lo que está a nuestro alcance, aunque nos cueste sacrificios.

Cada uno de nosotros posee en su interior una fuerza poderosa capaz de lograr grandes cosas; la cuestión es poner a funcionar esa fuerza, sin desfallecer, superando los problemas y dificultades, saltando los obstáculos que hay en el camino con valentía y decisión. Dios nos creó fuertes a pesar de las debilidades propias de nuestra carne; fuertes y capaces en medio de nuestras limitaciones humanas, que en muchos casos se convierten en acicate para trabajar con mayor ahínco.

La historia está llena de ejemplos de personas que han conseguido triunfos realmente importantes, en medio de circunstancias y condiciones especialmente difíciles, movidas por su deseo de crecer, de ser mejores, de manifestar lo que sienten en su interior, de entregar su propio ser. Algunos son héroes reconocidos y admirados por la sociedad, otros, los más, son luz sólo en el pequeño círculo de su familia y sus amigos; pero unos y otros son igualmente valiosos y dignos de admiración. Si miras con atención a tu alrededor, podrás identificarlos y sacar valiosas lecciones para tu vida.

El libro de los Proverbios nos dice sabiamente:

“Vete donde la hormiga, perezosos, mira sus andanzas y te harás sabio. Ella no tiene jefe, ni capataz, ni amo, pero asegura en el verano su sustento, y recoge su comida al tiempo de la mies. ¿Hasta cuándo, perezoso, estarás acostado?, ¿cuándo te levantarás de tu sueño? Un poco dormir, otro dormitar, otro poco tumbarse con los brazos cruzados; y llegará como vagabundo tu miseria y como un mendigo tu pobreza” (Proverbios 6, 6-11)

Cuatro preguntas para que pienses y te respondas:

  • ¿Eres consciente de tus capacidades, de tus cualidades físicas, intelectuales, y morales? Haz una lista de todas ellas.
  • Viviendo como vives y haciendo lo que haces, ¿estás “poniendo a funcionar” como se debe todos estos dones que posees, o eres perezoso y trabajas “a media máquina”, apenas como para que nadie te haga reclamos?
  • ¿Qué cualidades o dones particulares estás desperdiciando o tienes descuidados? ¿Por qué?
  • ¿Qué vas a hacer a partir de hoy a este respecto?

VIVIR COMO CRISTIANOS

Ser cristianos, vivir como cristianos, seguir a Jesús de Nazaret, es, en gran medida cosa de detalles, de pequeñas acciones, de palabras sencillas, de actitudes simples, de hechos aparentemente sin importancia. Todo enriquecido con el amor.

No es posible ser cristiano de verdad, discípulo y seguidor de Jesús, si no se ama. Más aún, si el amor no es el motor de todos los actos, por pequeños y simples que parezcan.

Ser cristianos, vivir como cristianos, es:

  • Levantarnos cada mañana pensando en Dios nuestro buen Padre, darle gracias por la vida y ofrecerle cada minuto del día y cada cosa que hagamos, como muestra de nuestra fe en Él y de nuestro amor de hijos.

  • Vivir una vida sencilla, sin ostentaciones, ni pretensiones de grandeza.

  • Respetar a todas las personas, sin hacer excepciones ni discriminaciones de ninguna clase, convencidos de que delante de Dios todos somos iguales.

  • Ser amables, sinceros, generosos, bondadosos.
  • Emplear los bienes materiales, el dinero y las posesiones, con decoro y justicia, compartiéndolos con los pobres y necesitados.

  • Actuar en todo y siempre con transparencia y honestidad.

  • Cumplir los deberes que nos corresponden, según nuestro estado – solteros, casados, padre o madre de familia, jefe o subalterno – y el lugar que ocupamos en la sociedad.

  • Mantenernos atentos a las necesidades de los demás, para ayudarles en la medida de nuestras posibilidades.

  • Ejercer la sexualidad con responsabilidad, de tal modo que nos dignifique.

  • Procurar aceptar y vivir con paz y alegría, la Voluntad de Dios que se manifiesta en las circunstancias de la vida, aunque sintamos que nos causa sufrimientos o nos trae problemas, con la absoluta seguridad de que Dios es bueno.

  • Acostarnos cada noche, después de haber orado, con una certeza en el alma: Dios es nuestro Padre y quiere lo mejor para nosotros, de modo que, suceda lo que suceda, siempre será para nuestro bien.

Todo esto, teniendo presentes en la mente y en el corazón, las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña:

No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mateo 7, 21)

BIENAVENTURADOS…

Seguir a Jesús y ser sus testigos en el mundo en que vivimos, es, en gran medida, caminar en contravía, nadar contra la corriente, porque los criterios y valores de la sociedad a la que pertenecemos, son bien distintos a los criterios del Evangelio, a los criterios de Jesús.

Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Bienaventurados serán cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes” ( Mateo 5, 1-12)

Bienaventurados los pobres de espíritu…

  • los desapegados, los desprendidos,
  • los que no tienen su corazón aferrado al dinero, a los bienes materiales, a las  comodidades,
  • los que renuncian voluntariamente a las posesiones, los títulos, el poder, la fama,
  • los que reconocen su indigencia frente a Dios,
  • los que saben abandonarse a la Providencia divina.

Bienaventurados los mansos…

  • los que son humildes,
  • los que no pretenden grandezas por encima de lo que son y lo que tienen,
  • los que reconocen sus limitaciones y debilidades,
  • los que saben que Dios es su fuerza.

Bienaventurados los que lloran…

  • los que aceptan el sufrimiento sin rebeldías inútiles, ni reproches a Dios,
  • los que saben que el dolor purifica el espíritu,
  • los que entienden que el sufrimiento vivido con paciencia, nos hace más humanos.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia…

  • los que buscan el bien en todas sus obras y palabras,
  • los que sólo desean amar y servir a Dios,
  • los que siempre están dispuestos a servir y ayudar a los hermanos,
  • los honestos, los rectos, los solidarios.

Bienaventurados los misericordiosos…

  • los que aman con todo el corazón,
  • los que saben perdonar,
  • los que comparten sus bienes materiales y espirituales,
  • los que son solidarios y fraternales.

Bienaventurados los limpios de corazón…

  • los puros en el cuerpo y en el alma,
  • los que no tienen dobles intenciones,
  • los transparentes en sus palabras y en sus acciones.

Bienaventurados los que trabajan por la paz…

  • los que defienden la vida
  • los que proclaman la igualdad esencial de todos los seres humanos,
  •  los que luchan por el reconocimiento de la dignidad de todos los hombres y   mujeres del mundo,
  • los tolerantes,
  • los apóstoles de los derechos humanos y la justicia social.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia…

  • los que sólo hablan palabras de verdad,
  • los que actúan con rectitud,
  • los que saben darle a cada uno lo que le pertenece,
  • los que quieren parecerse a Dios por la bondad de sus obras.

Bienaventurados serán cuando los injurien y los persigan por mi causa…

  • por creer en mí y en mi mensaje,
  • por tratar de seguir mis pasos,
  • por hacerse servidores de los demás en todos los sentidos.

Para Jesús, el tener, el placer y el poder, que el mundo y la sociedad consagran como objetivos de la vida del hombre, aquí, en la tierra, no cuentan. Son mera apariencia, vana ilusión. Lo que importa, lo que realmente vale, es el ser, y con él, el amor, que brota del corazón, y se hace vida en las acciones concretas de cada día.                                                                         

PENSAMIENTOS” QUE NOS HACEN PENSAR…

Todos sabemos quién fue la Madre Teresa de Calcuta, lo que representó a lo largo de su vida, para la Iglesia y para el mundo, y lo que sigue representando a pesar de que ya no esté entre nosotros.

Con su figura pequeña y menuda, su rostro surcado de arrugas, su espalda encorvada, y su apariencia frágil y débil, la Madre Teresa recorrió la tierra entera llevando a todas partes –incluso a países no oficialmente católicos – la luz de la fe, la esperanza y el amor cristianos.

En los años que vivió en la tierra, la Madre Teresa fue un signo viviente de la presencia y de la acción constante de Dios en medio de nosotros. Ahora nos quedan su recuerdo y sus palabras, para meditarlos y tratar de ponerlos en práctica en nuestra vida personal y comunitaria. Aquí tienes algunos de sus pensamientos:

SOBRE EL AMOR:

Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.

Darle a alguien todo tu amor nunca es seguro de que te amarán de regreso, pero no esperes que te amen de regreso; solo espera que el amor crezca en el corazón de la otra persona, pero si no crece, sé feliz porque creció en el tuyo. 

Muchas veces basta una palabra, una mirada, un gesto para llenar el corazón del que amamos.

La revolución del amor comienza con una sonrisa. Sonríe cinco veces al día a quien en realidad no quisieras sonreír. Debes hacerlo por la paz. 

SOBRE LA ORACIÓN:

Si oramos, creemos. Si creemos, amaremos. Si amamos, serviremos.

La oración ensancha el corazón, hasta hacerlo capaz de contener el don de Dios. Sin Él, no podemos nada.

SOBRE LA ALEGRÍA:

El que tiene a Dios en su corazón, desborda de alegría.

Nuestra alegría es el mejor modo de predicar el cristianismo.

Superemos siempre el desaliento… nada de esto tiene sentido si hemos comprendido la ternura del amor de Dios.

Espero que tengas: Suficiente felicidad para hacerte dulce. Suficientes pruebas para hacerte fuerte. Suficiente dolor para mantenerte humano. Suficiente esperanza para ser feliz.

Las personas más felices no siempre tienen lo mejor de todo. Solo sacan lo mejor de todo lo que encuentran en su camino. 

SOBRE EL SUFRIMIENTO:

Recuerden que la Pasión de Cristo desemboca siempre en la alegría de la Resurrección, para que cuando sientan en su corazón los sufrimientos de Cristo, tengan bien presente que luego llegará la resurrección.

En todo el mundo se comprueba una angustia terrible, un espantoso hambre de amor. Llevemos, por tanto, a nuestras familias la oración, llevémosla a nuestros niños, enseñémosles a rezar. Pues un niño que ora, es un niño feliz. Familia que reza es una familia unida.

SOBRE EL ABORTO:

El aborto mata la paz del mundo…Es el peor enemigo de la paz, porque si una madre es capaz de destruir a su propio hijo, ¿qué me impide matarte?… ¿Qué te impide matarme?…  Ya no queda ningún impedimento.

Estoy convencida de que los gritos de los niños cuyas vidas han sido truncadas antes de su nacimiento, hieren los oídos de Dios.

A todos los jóvenes les digo: Ustedes son el futuro de la vida familiar; son el futuro de la alegría de amar. Mantengan la pureza, mantengan ese corazón, ese amor, virgen y puro, para que el día en que se casen puedan entregarse el uno al otro, algo realmente bello: la alegría de un amor puro. Pero, si llegaran a cometer un error, les pido que no destruyan al niño, ayúdense mutuamente a querer y a aceptar a ese niño que aún no ha nacido. No lo maten, porque un error no se borra con un crimen. La vida del fruto de ese amor pertenece a Dios, y ustedes tienen que protegerla, amarla y cuidarla. Porque ese niño ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y es un regalo de Dios.

¡Interesante!…. ¿Verdad?…  ¡Mucho más que interesante!!

LA VERDADERA SALVACIÓN

Lo leí en un libro de un autor serio – “Recuperar la salvación”, de Andrés Torres Queiruga -, y me pareció muy importante. Por eso lo traigo aquí, para compartirlo con ustedes, de manera que todos lleguemos a ser más consecuentes con nuestra condición de cristianos, creyentes y practicantes.

Dice el autor en mención, que los cristianos de hoy, a diferencia de los cristianos de los primeros siglos de la Iglesia, miramos la salvación, hablamos de ella, la “sentimos” en nuestro corazón, y la “vivimos” en nuestra vida diaria, como una carga pesada que han colocado sobre nuestros hombros, una carga que no nos deja hacer lo que queremos hacer, una carga que nos pone barreras difíciles de franquear, obstáculos imposibles de vencer, y no como lo que ella es en realidad: un maravilloso regalo de Dios, un don inmenso de su amor, una auténtica liberación de nuestras esclavitudes y limitaciones, un elemento fundamental para nuestra realización humana integral.

Personalmente y analizando las cosas con cabeza fría, me parece que no le falta razón en lo que afirma y defiende con insistencia. Bueno… Al menos esa es la impresión que los cristianos católicos damos a quienes nos ven, a quienes nos miran desde dentro de la Iglesia, y también desde fuera de ella, porque, sencilla y llanamente, mostramos una imagen bastante negativa de nuestro cristianismo, una imagen negativa de la fe que decimos profesar.

Y es que, definitivamente, los cristianos, los católicos de hoy, no aparecemos – por lo regular -, como personas que nos sentimos salvadas, redimidas, como personas que creemos de verdad que hemos sido liberadas por Jesús de nuestros pecados, de todas nuestras esclavitudes, de nuestros miedos, de nuestras debilidades y de nuestros fracasos. No nos mostramos como personas amadas y perdonadas infinitamente por Dios; como personas enriquecidas con los dones y gracias del Espíritu Santo. Todo lo contrario; parece como si la fe cristiana representara para nosotros un compromiso demasiado serio que no sabemos llevar adelante, como una responsabilidad que nos dificulta enormemente la vida; una condición que nos impide ser libres como queremos ser; una obligación que no nos permite disfrutar en paz lo que somos y lo que tenemos y ser felices de verdad.

Sí. No hay duda. Los cristianos, los católicos, perdimos de vista, casi totalmente, lo que significa realmente ser salvados, y simplemente “arrastramos” la salvación como algo de lo que no podemos escapar, pero que de ninguna manera nos entusiasma; como un encargo que nos ha caído del cielo sin saber cómo ni por qué, y que es más lo que nos quita que lo que nos da, más lo que nos hace sufrir que el gozo que nos comunica, más lo que nos impide hacer que las posibilidades que nos brinda. Damos a la salvación un sello negativo, en lugar del sello absoluta y decididamente positivo que le corresponde por derecho. ¡Un total  contrasentido,  producto  de una  mala – malísima –  interpretación de la persona de Jesús, de su vida y de su muerte, y de su mensaje de amor y de servicio!  

La verdad es que la fe, nuestra fe cristiana y católica, da sentido pleno a nuestra vida humana, y así tenemos que mostrarlo. La fe, nuestra fe cristiana y católica, nos ayuda a crecer y a desarrollarnos como personas en la plenitud de nuestro ser humano. Jesús vino a nuestro mundo precisamente para esto: para enseñarnos a ser hombres y mujeres de verdad; con su encarnación enriqueció infinitamente nuestra humanidad, y “salvó” cada momento y cada circunstancia de nuestra vida humana. En Jesús, Dios se abajó, se humilló, se hizo hombre como nosotros, para que nosotros pudiéramos subir, ascender, llegar a su altura; para que llegáramos a ser de verdad lo que desde el principio quiso que fuéramos: “imagen y semejanza suya”, su imagen viva y clara.

Por eso nuestra fe y nuestra práctica cristiana tienen que ser siempre alegres, llenas de fuerza, de vida, de esperanza, de regocijo. Una fe y una práctica cristiana entusiastas, ricas, apasionadas, que den sabor a todo lo que somos y a todo lo que hacemos cada día. Una fe y una práctica cristiana, potentes, pujantes, que entusiasmen a otros, que motiven a otros a creer de verdad y a crecer en su fe. Una fe y una práctica cristiana que contagien con su fuerza, con su claridad, con su sencillez y su armonía. Una fe y una práctica cristiana que nos proyecten al futuro, a la eternidad, sin olvidar el presente en el que vivimos y que tenemos que transformar en la verdad y la justicia para todos. De lo contrario estaremos en un total contrasentido.

Hagamos resonar en nuestro corazón y en nuestra vida las palabras de Juan Pablo II, que Benedicto XVI nos recordó en la homilía de la Misa de inauguración de su pontificado: 

¡No! quien deja entrar a Cristo a su vida, no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera”

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