SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

VIVIENDO LA FE

AÑO NUEVO, VIDA NUEVA

Cuando éramos pequeños, una de las más grandes alegrías que nos proporcionaban nuestros padres, era darnos cosas “nuevas”; un vestido nuevo, un juguete nuevo, unos zapatos nuevos…  Han pasado los años, somos adultos, y esa fascinación de lo nuevo sigue presente en nuestra vida de una u otra manera.  Lo nuevo es bello y embellece a quien lo lleva. Lo nuevo está intacto, no le falta ni le sobra nada y cumple perfectamente la función para la que fue hecho. Lo nuevo está limpio, tiene brillo, reluce. Por eso, un objeto nuevo, cualquiera que sea, nos entusiasma, nos ilusiona, nos alegra, nos invita a celebrar.

Igual cosa ocurre con un año que comienza. El “año nuevo” lleva en sí mismo una ilusión, una promesa: lo viejo, lo gastado, lo dañado, han quedado atrás, y se abre ante nuestros ojos un mundo totalmente renovado, regenerado, restablecido; un mundo lleno de posibilidades, de nuevas realizaciones, de nuevos proyectos; un mundo de esperanzas
y de anhelos.

Un año nuevo es una nueva oportunidad para ser mejor padre o mejor madre, mejor esposo o mejor esposa, mejor hijo y hermano, amigo y compañero.  Para crecer como persona, intelectual, social, y espiritualmente; para hacerse más sensible a las necesidades de los demás, más fraterno y solidario. Para trabajar con más ganas, para tener pensamientos más altos, para ir en busca de ese sueño que no terminamos de realizar.

Un año nuevo es una nueva oportunidad para empezar a sonreír más, a dar más abrazos, a pronunciar palabras más bellas. Para hacernos más tolerantes, para afianzar nuestro compromiso con la paz en todos los ambientes. Para hacer cosas que no nos hemos atrevido a hacer antes, para aprender cosas nuevas, para emprender nuevos caminos, para comprometernos con nuevas tareas en beneficio de los más pobres y débiles.

Un año nuevo es una nueva oportunidad para estrechar nuestras relaciones con Dios; para buscar conocer más profundamente a Jesús, en quien Dios se hizo inmensamente cercano a nuestra realidad humana; para crecer en la fe, en la esperanza y en el amor.

Un “año nuevo” es una maravillosa oportunidad para dejar atrás todo lo pasado, lo que nos entristece y lo que nos hiere, los miedos y los fracasos que no nos dejan avanzar, los errores, las culpas y los pecados que nos pesan en el corazón, y volver a empezar con ánimo fortalecido y renovado, nuestro proyecto de vida.

Una pregunta suelta: ¿Cuáles son tus propósitos para este año nuevo?.. ¿Entra en ellos Jesús?… ¿Cómo?

CON LA MANO EN EL CORAZÓN

Estamos ya próximos a terminar un año más de nuestra vida, y con él, un tiempo de gracia, que Dios, en su bondad, ha querido darnos.

Decimos “tiempo de gracia”, porque este año ha sido sin duda, para todos nosotros, una nueva oportunidad para vivir más conscientemente nuestra fe y nuestro compromiso bautismal; para hacer realidad en nuestra cotidianidad el Mensaje de Amor de Jesús, de una manera más clara y más generosa; para mostrar a quienes comparten su vida con nosotros, en los distintos ambientes en los que nos movemos, que Dios es, precisamente quien da sentido a lo que somos y a lo que hacemos; una oportunidad para crecer por dentro, espiritualmente; para ser mejores personas, más humanos y también más cristianos; en una palabra, para vivir más fielmente nuestro seguimiento de Jesús.

Termina un año y es tiempo de balance…  Por eso es bueno preguntarnos, con la mano en el corazón:

  •  ¿Hemos aprovechado adecuadamente las oportunidades que Dios nos ha dado, de crecer en la fe y en el amor a Él, de conocerlo mejor y más profundamente, de estrechar nuestras relaciones con Él?
  •  ¿Podemos decir que hoy tenemos una experiencia de Dios más fuerte y más exigente que un año atrás?
  •  Y como la relación con Dios siempre pasa por los hermanos, ¿podemos afirmar que nuestro compromiso con los demás, especialmente con los que sufren por cualquier causa, es más generoso y más decidido hoy que el año pasado por estas mismas fechas?
  • ¿En qué sentimos que hemos fallado? ¿Qué podríamos haber hecho mejor?
  • Si pertenecemos a alguno de los grupos de la parroquia, ¿Cómo hemos realizado nuestro trabajo apostólico? ¿Cuáles han sido nuestras fallas a nivel personal y  a nivel grupal? ¿Qué debemos cambiar para ser mejores y hacer mejor lo que hacemos?
  •  Y si no somos parte de ningún grupo ¿es porque realmente no podemos, o porque nos faltan ganas, porque no queremos comprometernos en nada concreto, o porque la fe y la vida cristiana son para nosotros una cuestión meramente personal, intimista, que nos aísla de la comunidad?

Miremos a Jesús en el pesebre, un niño frágil, débil, indefenso, que nos ama con un amor tierno y delicado, y a la vez fuerte y profundo, y sellemos con él un compromiso de renovación interior, que nos lleve a ser cada día mejores hijos de Dios y hermanos de los hombres.

COHERENCIA DE VIDA

Un elemento fundamental de la vida cristiana, es la coherencia, que une el ser y el hacer.

Somos coherentes cuando nuestra vida corresponde totalmente a lo que decimos ser, a lo que nos comprometimos a ser el día de nuestro Bautismo, es decir, a nuestra condición de seguidores de Jesús.

Somos coherentes cuando nuestra vida entera es una búsqueda de Dios al estilo de Jesús. Cuando nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras obras no contradicen – al menos voluntariamente – lo que Jesús hizo y dijo. Cuando hacemos todo lo posible por amar como Jesús amó; cuando servimos como él sirvió; cuando tratamos de hacer lo que él hizo, cada uno en sus propias circunstancias.

Somos coherentes cuando nuestra fe en Jesús nos hace defensores de la vida, aunque ello nos traiga dificultades. Cuando no nos da miedo decir y hacer lo que pensamos es justo, aunque nos ponga en desventaja frente a otros. Cuando rechazamos abiertamente todo lo que contradiga la verdad, aunque eso signifique ser excluidos.

Somos coherentes cuando rechazamos el consumismo que invade nuestra sociedad. Cuando somos capaces de sobreponernos a la búsqueda insaciable del poder, del placer o del tener. Cuando nuestras convicciones están por encima del qué dirán. Cuando renunciamos a nuestros intereses y nuestros gustos personales que no se compaginan
con el Evangelio.

Somos coherentes cuando no nos da temor ser tachados de anticuados, mojigatos, o cosas por el estilo, por ser como somos, pensar como pensamos, o decir lo que creemos que debemos decir. Somos coherentes cuando somos respetuosos y tolerantes, pero ni lo uno ni lo otro nos impide anunciar la verdad del Evangelio.

El mundo actual y la sociedad en la que vivimos, nos presentan infinitas oportunidades de ser coherentes, sólo hace falta tener ojos para ver y oídos para oír.

AUTOESTIMA Y HUMILDAD

Se habla mucho de autoestima y muy poco de humildad, y a simple vista pueden parecer dos conceptos opuestos. Sin embargo, la realidad es otra. La humildad, virtud fundamental en la vida cristiana, y la autoestima, elemento imprescindible en el desarrollo armónico de la personalidad, no se contradicen ni se excluyen; antes bien, se soportan, se complementan.

Se puede ser humilde y a la vez tener un adecuado concepto de sí mismo, un adecuado amor por sí mismo. Lo más importante es conservar el sentimiento de criatura frente a Dios. Aceptar que todo lo que somos y tenemos lo recibimos de Él, y es don gratuito de su amor. Y también, que todos los seres humanos somos esencialmente iguales, y además, frágiles y limitados.

Una autoestima iluminada por la fe y acompañada por la humildad, es una autoestima enriquecida y fortalecida, muy superior a una autoestima fundamentada en las teorías del “poder ilimitado del ser humano”, que tanto se promocionan hoy.

Santa Teresa decía: “La humildad es la verdad”, y tenía razón. La verdadera humildad no implica negación de lo que somos y de lo que tenemos, de nuestras cualidades y capacidades. Al contrario. La verdadera humildad es el reconocimiento sincero de nuestras aptitudes y nuestros talentos, y también de nuestras debilidades y nuestras impotencias, dándole a cada una su verdadero valor.

Por su parte, una autoestima adecuada, es precisamente esa capacidad de dar a nuestras aptitudes y habilidades, a nuestras fallas y a nuestros defectos, el lugar que les corresponde, impidiéndoles que nos saquen de la realidad, y nos hagan creer mejores de lo que somos, o nos hundan en el abismo de la desesperación.

Conócete a ti mismo. Cultiva tu autoestima. Pero ten siempre puestos tus pies sobre la tierra. Acepta sin enojo que eres débil. La humildad te permitirá conservar la paz interior, aún en las circunstancias más difíciles.

LA MENTIRA

No des lugar en tu vida a la mentira.  Ni a la mentira grande, ni a la mentira pequeña. Ni siquiera a aquella mentira que muchos suelen llamar “mentira piadosa”. La mentira es siempre mentira, aunque la digamos con aparentes buenas intenciones.

Quien miente está convencido de que engaña a los demás, pero a quien engaña realmente es a sí mismo, porque, en el fondo, es incapaz de reconocer y aceptar la verdad. Al final termina por creer sus propias mentiras, y haciéndolo, pierde el rumbo correcto de su vida y de sus obras.

En la vida personal la mentira da muerte a la confianza, tan importante en nuestras relaciones sociales, y en nuestra convivencia fraterna. En el trabajo la mentira es el enemigo número uno de la eficacia, porque crea cimientos falsos, que tarde o temprano se desmoronan y caen. El mentiroso, cuando es cogido en su mentira, pierde la confianza y el respeto de sus jefes, de sus amigos, de sus compañeros, de sus familiares. Y la confianza perdida no se recupera fácilmente.

No des lugar en tu vida a la mentira. Ni para excusarte, ni para excusar a un amigo; ni para defenderte, ni para defender a nadie; ni para lograr un objetivo propuesto, y mucho menos, para alcanzar reconocimientos, bienes materiales o poder.

La mentira, sea cual sea, no tiene ninguna justificación. Todo lo contrario, tarde o temprano, se vuelve contra su gestor y le causa males irreparables. Además, la mentira va acompañada generalmente por la “trampa” que es su hija, y genera la “corrupción” que tantos males causa a nuestra sociedad.

¿Estás acostumbrado a mentir para salir adelante en lo que te propones, hasta el punto de que ya ni siquiera te das cuenta cuando mientes? Lucha contra este hábito que te daña y te pone en grave peligro de hacer cosas verdaderamente vergonzosas.

SER LIBRES ES SER RESPONSABLES

Dios nos creó libres. Nos dio la libertad como su gran regalo. Somos libres, podemos elegir qué queremos hacer o no hacer.

Pero la libertad nos hace responsables, es decir, capaces de “responder” por lo que hacemos o dejamos de hacer, y por las consecuencias que se derivan de nuestras palabras y de nuestros actos, y también de nuestras omisiones – lo que debíamos haber hecho y no hicimos -. “Responder” significa reconocer, enfrentar, asumir, aceptar, todo lo que procede de nuestras actuaciones, sea bueno o malo, cómodo o incómodo.

La responsabilidad nos exige actuar con prudencia, pensar muy bien lo que vamos a hacer o lo que vamos a decir, medir de antemano las consecuencias que puede traer lo que hagamos, lo que digamos, y también lo que decidamos no hacer o no decir.

No podemos actuar movidos simplemente por impulsos, por emociones, por caprichos; tenemos que tener razones que valgan la pena, porque todas nuestras acciones, aún la más simple, nos afectan directamente y afectan también a otras personas, y generalmente de manera importante.

La responsabilidad que tengamos al obrar, el cuidado que pongamos en nuestras decisiones y en nuestras obras, marca el índice de nuestra madurez como personas, y también, por supuesto, nuestra madurez cristiana.

Cuando obramos con responsabilidad somos artífices de nuestro propio destino, arquitectos de nuestra vida, que a su vez influye en la vida de muchas personas más, y de un modo muy especial, en la vida de quienes están cerca de nosotros, física y emocionalmente.

Es bueno que de vez en cuando saquemos un tiempo para pensar en esto, y para hacer los correctivos a los que haya lugar, teniendo siempre presente las palabras de Jesús: “Si se mantienen en mi palabra serán verdaderamente mis discípulos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Juan 8, 31-32).

ECOLOGÍA Y HUMANISMO

Vivimos en el mundo, somos en el mundo, y por tanto, todo lo que el mundo es  comprende, es nuestro espacio vital. En el mundo actuamos y en el mundo buscamos nuestra perfección humana.

Vivimos en el mundo y por tanto todo lo que hay en él, todo lo que es él, exige que la respetemos, y también, que realicemos nuestra tarea: que participemos en su desarrollo, en su perfeccionamiento, por medio de nuestro trabajo honesto y diligente. Desarrollar el mundo, perfeccionarlo, es participar en la obra de Dios, ser co-creadores con Él.

Pero no estamos solos. Vivimos en el mundo, con los otros. El mundo es nuestra casa y los otros son nuestros compañeros de camino. Miles de millones de hombres y de mujeres, de diferentes edades, razas, creencias, pero iguales en esencia y dignidad. Vivimos en el mundo y con los otros, somos-con-los-otros, somos-para-los-otros; para amarnos mutuamente, para ayudarnos, para servirnos unos a otros, para compartir.

El mundo es nuestra casa y tenemos que cuidarlo o no resistirá. Nos lo está gritando de mil maneras y parece que tenemos oídos sordos para escucharlo. La naturaleza también se
enferma, y si seguimos abusando de ella, no faltará mucho tiempo para que muera… ¡Nosotros mismos lo estamos matando con nuestra tontería!…

Los otros son nuestros compañeros de camino, pero no los tomamos en cuenta. Parece como si cada uno viajara solo. El egoísmo se nos sale por todos los poros. La pobreza extrema de millones y millones de personas, en todos los países del mundo, incluyendo  el nuestro, es una realidad que exige nuestra respuesta concreta y oportuna.

La riqueza de la tierra, los adelantos científicos y tecnológicos, la cultura, la economía, son
patrimonio de todos, no de unos cuantos. ¡No nos lavemos las manos como Pilatos!… Hay muchas cosas que cada uno de nosotros puede hacer. Sólo nos hace falta detenernos un momento a pensar y ponerle voluntad al asunto. Las ideas se nos irán ocurriendo…. pero
tenemos que crear el clima propicio para ello.

PARA QUE PIENSES Y ACTÚES…

Cada persona es un proyecto único. Desde que comenzamos a existir y hasta el último instante de nuestra vida en el mundo. Un proyecto único, es decir, con características propias, que lo diferencian de los demás.

Así nos creó Dios y eso es lo que espera de nosotros. Que todos y cada uno pongamos a funcionar, los dones que nos ha dado, y que juntos construyamos el mundo, apoyándonos en la diversidad.

Yo soy lo que soy, y tú eres lo que eres. Yo tengo lo mío, y tú tienes lo tuyo. Si unimos lo que yo soy y lo que yo tengo, con lo que tú eres y lo que tú tienes, nos enriquecemos mutuamente, y juntos podemos hacer cosas maravillosas. La gran riqueza de la sociedad es esta: que todos seamos distintos y que todos seamos únicos.

Lo importante es que ese ser únicos no nos envanezca, sino que nos estimule. Que nos impulse a desarrollar todas nuestras capacidades, y a ponerlas al servicio de los demás. Que comprendamos que no somos para nosotros mismos, sino para los otros, y que en ese ser-para-los-otros estamos desarrollando nuestra identidad, realizando nuestro proyecto.

Ser únicos es un privilegio y una responsabilidad. En cierto sentido, los otros dependen de nosotros, y nosotros dependemos de ellos. Porque es el intercambio de dones el que nos permite ser nosotros mismos y desarrollar todas nuestras potencialidades.

Cada persona es un proyecto único. Lo que me corresponde hacer en el tejido social, sólo puedo hacerlo yo; nadie más. Lo que yo deje de hacer, nadie lo hará, y quedará el vacío. Y lo mismo sucede en el campo de la fe y de la vida cristiana. Dios tiene para ti un proyecto. Como buen Padre “se ha hecho ilusiones contigo”. ¡Y también conmigo! ¡Por
supuesto!

El amor que tú no des, el amor que yo no dé, no se dará. El bien que tú no hagas, el bien que yo no haga, no se hará. Y habrá un gran vacío que nadie podrá llenar. Hay que pensar en esto… y actuar en consecuencia.

UN “S.O.S.” POR LA FAMILIA

Sin lugar a dudas, la familia es la mayor riqueza que podemos tener. La familia bien constituida, unida, con un papá, una mamá y unos hijos que se aman; la familia en la que el respeto y la comprensión son elementos básicos de la convivencia diaria.

Los nuevos “modelos” de familia, sin padre o sin madre, sin hijos o sin hermanos, con dos padres o con dos madres, que la sociedad actual quiere imponernos, so pretexto de que los tiempos han cambiado, y debemos liberarnos del pasado y de las cargas que nos ha impuesto, no satisfacen adecuadamente las necesidades humanas.

No se trata de que la Iglesia Católica quiera imponer su concepción de la familia como una “camisa de fuerza”. Se trata simplemente, de que es evidente que todo funciona mejor para la sociedad y también para las personas, cuando las familias están formadas, tal y como la naturaleza misma lo proclama: un hombre y una mujer, unidos indisolublemente por el amor, abiertos a la vida y dispuestos a recibir el regalo de los hijos, con responsabilidad pero también con generosidad, amor y alegría, y con el ánimo de educarlos como personas íntegras, justas, serviciales, capaces de comprender y ayudar a los demás, personas que saben que el verdadero sentido de la vida humana está en Dios, su principio y su fin.

La familia está en crisis, pero de las crisis pueden salir cosas muy buenas. Sólo hace falta saber enfrentarlas con ánimo constructivo. Si queremos un mundo mejor, con justicia y con paz, en el que todos podamos vivir con dignidad, tenemos que construirlo, y el mundo se construye a partir de las familias; porque es en la familia donde aprendemos a ser hombres y mujeres de verdad.

Ideas como las que se están propagando sobre la mujer, el matrimonio, la pareja, las relaciones sexuales, los hijos, el aborto, y las conductas homosexuales, hacen mucho daño a la familia y a las personas. Tenemos que estar alerta, hablar claramente a los jóvenes, y fortalecer en ellos todo lo que los conduzca a formarse una idea clara y positiva, que les permita a actuar correctamente, para bien de ellos y de las generaciones futuras.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: