SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

VIVIENDO LA FE

VALER COMO PERSONAS

Si quieres hacerte valer como persona, hombre o mujer, delante de los demás, aprende a valorarte a ti mismo, más allá de tu apariencia física.

En un primer momento lo que se aprecia es el exterior, pero luego, lo que de verdad interesa es el interior, el corazón. ¡No importa que el mundo en el que vivimos diga otra cosa! Al final, la razón tiene que triunfar sobre la sinrazón, la cordura sobre la vaciedad.

Toma conciencia de tus cualidades, de tus capacidades, de tus valores espirituales, intelectuales y sociales. Cultívalos para que crezcan y se desarrollen adecuadamente, y para que produzcan los frutos que deben producir. ¿De qué vale tener muchas cualidades, si vivimos y actuamos como si no las tuviéramos? ¿De qué vale estar muy bien dotados y capacitados en todos los sentidos, si no lo hacemos palpable en nuestras obras?

Actúa siempre con naturalidad, con sencillez, con espontaneidad. Sé amable, simpático, con todos y siempre. Sé cariñoso y tierno, especialmente con los niños y los ancianos. Sé acogedor, servicial, generoso, con los que están en dificultades. Muéstrate en todo tranquilo y paciente. No te dejes llevar, en ningún momento por el mal genio, aunque parezca que tienes razón para ello. Que las personas que comparten su vida contigo se sientan felices de hacerlo.

Aprende a escuchar más que a hablar. Aprende a servir en lugar de dominar. Aprende a tolerar en lugar de combatir. Está siempre atento a las necesidades de los otros. Habla siempre con sinceridad. Actúa en todo con honestidad y rectitud. El mundo necesita hombres y mujeres íntegros; hombres y mujeres que no se dejen tentar por el poder, por el tener, ni por el placer; hombres y mujeres que actúen siempre y en todo con principios firmes y seguros.

Las personas valemos por lo que somos y por lo que hacemos, y no por lo que parecemos ser.

¿Un ejemplo? La Madre Teresa de Calcuta: figura frágil, sencilla, pobre hasta el extremo; a simple vista nada para admirar; pero en su interior un corazón grande, generoso y lleno de amor, que la impulsó siempre a trabajar con ahínco por los más necesitados entre los necesitados; una fortaleza espiritual, fundamentada en su fe, a prueba de todo y de todos; una bondad palpable en su rostro y en sus palabras llenas de amor y de sabiduría. Una fuerza vital inconmensurable. Dios mismo se asomaba a su mirada.

Si a todos tus valores personales agregas una bella y agradable presencia, ¡maravilloso! Pero no es indispensable. Aunque así nos lo quieran hacer creer los medios de comunicación de masas, la publicidad, los ídolos del momento, que un día caerán como han caído tantos otros a lo largo de la historia.

GRANDES Y PEQUEÑOS

Nuestra vida humana está llena de posibilidades, pero también de limitaciones. Somos grandes y pequeños a la vez.

Dios nos creó “a su imagen y semejanza”, es decir, “parecidos” a Él. Inteligentes como Él. Libres como Él. Puso en nuestro corazón la semilla del amor, para que amáramos como Él. Nos hizo sus hijos y sus herederos por siempre.

Nos parecemos a Dios, pero no somos Dios.

Somos inteligentes como Dios, pero nuestra inteligencia es limitada.

Somos libres como Dios, pero muchas veces no ejercemos adecuadamente nuestra libertad y nos apartamos del bien.

Nuestro corazón está hecho para el amor, amamos, pero nuestro amor nunca es tan fuerte, tan profundo, tan generoso, tan incondicional, tan grande, como el amor de Dios.

Vivimos y morimos. Hacemos el bien y también el mal. Podemos muchas cosas y somos incapaces para otras tantas.

Sin embargo, muchas veces nos sentimos tentados a creernos más de lo que somos, a tomar el lugar que no tenemos, a desconocer nuestros límites, nuestra fragilidad, nuestra condición de criaturas. Cuando esto sucede perdemos nuestro rumbo y fácilmente caemos en el abismo, fracasamos.

Es importante que valores tu vida, tu ser de hombre o de mujer, lo que eres y lo que puedes, tu grandeza como hijo de Dios. Pero no pretendas nunca creer que no hay nadie como tú, que eres el mejor, que lo sabes todo, que lo puedes todo.

Mantente alerta. La tentación de creernos más de lo que en realidad somos, es fuerte y está ahí; nos sale al paso cuando menos lo esperamos. Hacerle el juego, caer en ella, resulta desastroso siempre y para todos.

¡El súper-hombre y la súper-mujer no existen! Son una creación de personas que no han aceptado la natural fragilidad de nuestra condición de criaturas, de nuestra naturaleza humana, frágil y limitada.

Valora tu vida. Procura desarrollar al máximo tus capacidades físicas, intelectuales, sociales, espirituales, pero por ningún motivo te dejes llevar por el espejismo de creer que eres lo máximo, y de que siendo como eres estás por encima de los demás. Personalmente he sido testigo de lo que sucede con aquellas personas que escuchan los halagos sin medida de los aduladores de profesión, se los creen a pie juntillas, se dejan llevar de la vanidad, y luego se derrumban sin remedio.

Toma conciencia de tus debilidades, de tus incapacidades, de tus luchas, de tus fracasos, de tus derrotas. Tienes que hacerlo con frecuencia; te ayudará a mantener los pies bien puestos sobre la tierra, y eso es bueno para ti y también para quienes comparten su vida contigo.

EL VALOR DE LA BELLEZA

Nadie duda de que la belleza física es un don de Dios, participación de su propia belleza y perfección divinas.

Sin embargo, hay otros dones y otros valores que la superan en mucho, y que no se pueden olvidar ni sacrificar por ella.

Es realmente asombroso ver cómo los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, luchan sin descanso para conseguir a toda costa ser bellos. No hay nada que pueda detenerlos.

No escatiman esfuerzos de todo orden – económico, físico, familiar, social… – para lograrlo; y en muchos casos llegan incluso a poner en peligro su salud y ¡hasta su vida!, para conseguirlo.

Son muchos los millones de pesos que se gastan en esta búsqueda cada vez más exigente; muchas las energías y el tiempo que se pierden; muchas las cosas importantes que se posponen o se relegan definitivamente; muchos los sacrificios, los dolores y las incomodidades que se soportan.

¿Y qué queda después de todo esto?

“Lo que por agua viene, por agua se va”. El tiempo sigue su curso inexorable, sin que nadie pueda detenerlo, y las consecuencias de su transcurrir no demoran en volver a aparecer, cada vez más rápidamente, y muy pronto ya sin que haya remedio.

Es bueno ser bellos, tener una apariencia agradable, ser admirados y aplaudidos, pero todo esto tiene un límite que no se puede sobrepasar.

Si eres bello, da gracias a Dios por tu belleza y cuídala como un gran don suyo, pero sin caer en excesos, pero busca también otros valores de tu personalidad que puedas cultivar y hacer resaltar, para que cuando la belleza se disminuya, deje de llamar la atención de los demás, o se acabe, como irremediablemente tiene que ocurrir, no te quedes con las manos vacías, y ese don que un día tuviste se convierta en frustración y te haga daño.

Si no lo eres, no te aflijas ni te acomplejes… ¡No tienes por qué!… De todas maneras la belleza no es, ni mucho menos, lo más importante; además, con toda seguridad eres dueño de muchos otros dones que puedes mostrar y hacer valer con dignidad. Sólo hace falta que los busques, que te hagas consciente de ellos; que los cultives y los hagas fructificar. Con toda seguridad son dones mucho más profundos y por ende, más duraderos, y tienen la particularidad de que el tiempo no los marchita – como sucede con la belleza – sino que, por el contrario, los hace crecer, los madura, los arraiga.

Recuerda siempre lo que nos dice el apóstol Santiago en su Carta:

No nos engañemos… Toda dádiva buena y todo don perfecto, viene de lo alto; desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambios ni sombras de rotaciones” (Santiago 1, 16)

Agradece todos los días a Dios lo que eres y lo que tienes, porque todo es regalo de su amor.

UN BUEN AMIGO

Somos seres sociales. Es una verdad perfectamente sabida por todos y comprobada de múltiples maneras. Para desarrollarnos cabalmente como personas, necesitamos relacionarnos con los demás, y un modo claro de hacerlo, es, sin duda, la amistad.

Tener amigos, ser amigos de otros, es un don. La amistad es una riqueza, una buena fortuna. Nos lo dice claramente la Sagrada Escritura en el libro del Eclesiástico:

No cambies un amigo por dinero, ni un hermano de veras por el oro de Ofir” (Eclesiástico 7, 18)

El amigo fiel es seguro refugio, el que lo encuentra ha encontrado un tesoro” (Eclesiástico 6, 14)

Pero hay buenos amigos y malos amigos. También la Sagrada Escritura nos advierte al respecto:

Anda con los sabios y serás sabio; quien frecuenta los necios, se hará malo” (Proverbios 13, 20)

El que toca la pez, se mancha; el que vive con el orgulloso se hará como él” (Eclesiástico 13, 1)

De la misma manera que tener un buen amigo es una gran fortuna, tener malos amigos nos hace mucho daño. Los malos amigos pueden conducir a quien los sigue al fracaso de la vida. ¡Cuántas personas se dejan llevar por caminos equivocados, por sus propios amigos que los inducen, y de los cuales no pueden separarse porque no tienen la suficiente fuerza de voluntad para hacerlo!

Podríamos preguntarnos entonces: ¿Quién es un buen amigo?… ¿Qué características debe tener una persona para ser un buen amigo de sus amigos?…

Hay muchos que piensan que un buen amigo es:

  • aquel que nos sigue a todas partes, que aprueba todo lo que hacemos, que hace lo que nosotros decimos, sin chistar;
  • aquel que todos los días nos invita a salir, que nos da regalos costosos, o que nos propone aventuras arriesgadas;
  • aquel que nos “guarda la espalda” siempre, que no nos contradice en nada, que sigue al pie de la letra nuestros caprichos…

Para mí un buen amigo y una buena amiga son mucho más que eso.

Un buen amigo es:

  • alguien que te quiere por lo que eres como persona y no por lo que tienes o por lo que pareces;
  • alguien que reconoce tus cualidades y también tus defectos;
  • alguien que es capaz de decirte cuándo obras bien y cuándo obras mal;
  • alguien que siempre te mira a los ojos y te dice la verdad, por dolorosa que ella sea.

Un buen amigo es:

  • alguien que está contigo en los buenos tiempos y en los momentos difíciles;
  • alguien que se preocupa cuando tú estás preocupado, que ríe cuando tú ríes y llora cuando tú lloras;
  • alguien en quien puedes confiar plenamente.

Un buen amigo es:

  • alguien que te apoya en tus decisiones si son correctas, pero también te lo hace saber si cree que estás equivocado;
  • alguien que sabe estimularte sin adularte,
  • alguien que siempre quiere y busca tu bien, incluso por encima del suyo.

El buen amigo es siempre sincero, honesto, leal, comprensivo.

Elige bien tus amigos y amigas. No te dejes llevar por las apariencias, mira su corazón.

Recuerda el refrán que dice: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. En gran medida somos lo que son nuestros amigos.

SOLIDARIOS…

La solidaridad está de moda. Bueno… al menos se habla de ella por todas partes y a todas horas.

Pero… ¿Qué es la solidaridad? ¿Qué significa ser solidarios?

Para mí ser solidarios NO ES, simplemente, dar una moneda a quien la pide, ofrecer un pedazo de pan a quien tiene hambre, o un vestido a quien está desnudo. La solidaridad no se puede confundir con la limosna. Es mucho más que ella.

La solidaridad hace referencia a unidad, a sentimientos, a compromiso, a fraternidad, a fidelidad.

Ser solidarios ES: acompañar, apoyar, compartir, ayudar, proteger, respaldar.

Ser solidarios ES: dar, pero dar con amor, bienes materiales y espirituales, mirando a la cara, sonriendo, como quien da a un hermano, haciendo que quien recibe sienta que es apreciado, querido;buscando que la necesidad quede satisfecha, al menos en buena parte.

Ser solidarios ES: mostrar al otro que nos interesa, que lo sentimos igual, que queremos su bienestar, que nada de lo que le sucede nos es extraño o indiferente.

Ser solidarios ES: servir de corazón, amar con el corazón.

La solidaridad es una virtud humana – y por supuesto cristiana – urgente en la vida social, porque apoya la convivencia y hace posible el compartir.

La solidaridad es hermana de la justicia y de la compasión, que Jesús vino a enseñarnos, haciéndose solidario con nosotros, con la humanidad entera y con cada uno, primero por la Encarnación, y luego por su sacrificio salvador. San Pablo, en su Carta a los Colosenses nos dice sobre esto:

Él (Jesús) es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar en él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Colosenses 1, 18-20)

Juan Pablo II decía con toda razón: “En un mundo globalizado como el nuestro, hay que globalizar la solidaridad”.

Hay muchas maneras de ejercer la solidaridad. Cada uno puede buscar la que más se adecua a sus circunstancias y posibilidades. Lo importante es ser solidarios con alguien de manera permanente.

LA MALEDICENCIA

No hay nada más dañino que las palabras cuando no son verdaderas, o cuando siendo verdaderas se dicen con doble intención, sin cuidado, sin respeto por el otro, invadiendo la intimidad de las personas que es exclusivamente suya, hiriendo en lo más profundo del corazón.

El don de la comunicación del que disfrutamos exige de nosotros:

  • sinceridad absoluta en lo que decimos,

  • prudencia para no decir lo que no nos corresponde decir,

  • discreción para hablar con mesura, sin exagerar, sin dar a entender lo que no es,

  • respeto para no inmiscuirnos en la intimidad de los demás,

  • silencio cuando no hay nada bueno que decir,

  • reserva cuando sabemos algo que no debemos comentar con nadie o cuando nos piden que guardemos un secreto,

  • sensatez para actuar sin ofender la dignidad personal de los demás.

El chisme, la murmuración, los comentarios sobre los demás, atraen, gustan, y por eso precisamente son peligrosos.

Casi sin darnos cuenta nos inducen a ir cada vez más lejos, a aumentar las cosas, y de ahí a la calumnia no hay más que un paso.

Por eso es mejor “poner oídos sordos” y detenerlos a tiempo, desconocerlos, no seguir con ellos, interrumpir la cadena.

Detente un momento y reflexiona:

  • La palabra que sale de los labios debe brotar del corazón, iluminado por la inteligencia.

  • La palabra debe ser siempre expresión de la verdad y del amor.

  • La palabra no nos fue dada para destruir sino para construir.

  • La palabra enriquece nuestra vida y nuestras relaciones con los demás.

  • La palabra, cuando es verdadera palabra, manifiesta la bondad del ser humano.

Tu palabra, tu hablar, debe cumplir estos requisitos; de lo contrario, te has desviado del camino correcto y tienes que corregir tu ruta.

Recuerda el refrán que dice: “Más vale callar que locamente hablar”.

Y lo que afirma el apóstol Santiago en su Carta:

Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo” (Santiago 3, 2)

LA MENTIRA

No des lugar en tu vida a la mentira. Ni a la mentira grande, ni a la mentira pequeña. Ni siquiera a aquella mentira que muchos suelen llamar “mentira piadosa”. La mentira es siempre mentira, y no deja de serlo porque la digamos con aparentes buenas intenciones. Además, no hay, no puede haber, “mentiras piadosas”, porque si son “mentiras” no pueden ser “piadosas”, y si son “piadosas”, de ninguna manera pueden ser “mentiras”; son términos que se excluyen mutuamente.

Quien miente está convencido de que engaña a los demás, pero a quien realmente engaña es a sí mismo, porque, en el fondo, es incapaz de reconocer y aceptar la verdad. Al final termina por creer sus propias mentiras, y haciéndolo, pierde el rumbo correcto de su vida y de sus obras.

En la vida personal, la mentira da muerte a la confianza, tan importante en nuestras relaciones sociales, y en nuestra convivencia fraterna. En el trabajo, la mentira es el enemigo número uno de la eficacia y de la eficiencia, porque crea cimientos falsos, que tarde o temprano se desmoronan y caen, arrastrándolo todo en su caída.

El mentiroso, cuando es cogido en su mentira, pierde la confianza y el respeto de sus jefes, de sus amigos, de sus compañeros, de sus familiares, y en general, de todas las personas que se mueven a su alrededor. Y la confianza, y el respeto perdidos, difícilmente pueden recuperarse.

No des lugar en tu vida, por ningún motivo, a la mentira. Ni a la mentira grande ni a la mentira pequeña; una y otra son verdaderas mentiras.

No des lugar a la mentira ni para excusarte, ni para excusar a un amigo; ni para defenderte, ni para defender a nadie; ni para lograr un objetivo propuesto, y mucho menos, para alcanzar honores, reconocimientos, bienes materiales o poder.

La mentira, grande o pequeña no tiene ninguna justificación. Todo lo contrario, tarde o temprano, la mentira, cualquiera que sea, se vuelve contra su gestor y le causa males irreparables. Además, la mentira va acompañada generalmente por la “trampa” y el “fraude”, que son sus hijos, y generan la “corrupción” que tantos males causa a la sociedad.

¿Estás acostumbrado a mentir para salir adelante en lo que te propones, hasta el punto de que ya ni siquiera te das cuenta cuando mientes? Toma conciencia de lo que esta conducta significa. Lucha contra este hábito que te daña y te pone en grave peligro de llegar a hacer cosas verdaderamente vergonzosas, que como todo lo que hacemos, malo o bueno, trae consigo sus consecuencias.

Recuerda siempre y pon en práctica la enseñanza que nos dio Jesús, y que él mismo respaldó con su vida:

Si se mantienen fieles a mi Palabra, serán verdaderamente mis discípulos, y conocerán la verdad y la verdad los hará libre” (Juan 8, 31-32)

Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida” (Juan 14, 6)

SENCILLEZ Y VANIDAD

El diccionario nos dice que la sencillez es la cualidad que nos hace descomplicados, naturales, simples. Todo lo contrario de la vanidad, que nos hace petulantes, complicados, engreídos, altaneros.

La sencillez es un elemento fundamental en las buenas relaciones sociales, porque nos permite el trato justo, sincero y afable con los demás.

La vanidad, por el contrario, obstaculiza ese trato, porque interpone el orgullo que nos hace sentir superiores a los otros, mejores, más importantes.  La vanidad y el orgullo son hermanos y van juntos a todas partes.

La sencillez nos hace espontáneos, acogedores, agradables, cariñosos.

La vanidad nos lleva por el camino de la antipatía, la autosuficiencia, el desprecio de muchos, la ostentación.

Una persona sencilla es siempre una persona para quien los demás son sus iguales, y comparten sus luchas, sus progresos y sus fracasos. Sencillez y humildad van de la mano.

Por el contrario, una persona vanidosa mira a los otros como inferiores, y se siente con derecho a minimizarlos, ofenderlos y desentenderse de ellos.

La sencillez:

  • se gana fácilmente el aprecio de los otros,
  • atrae amistades,
  • crea un clima de cordialidad y simpatía a su alrededor,
  • invita a la sinceridad en las relaciones,
  • da lugar a la confianza,
  • enriquece la personalidad,
  • elimina las diferencias,
  • destruye los prejuicios,
  • nos hace mejores, más comprensivos, más humanos.

La vanidad:

  • te hace sentir superior sin serlo, y por eso, en cierta medida te hace inferior,
  • pone entre tú y los demás una barrera,
  • no te da amigos, al contrario, te hace perder los que tienes,te hace repulsivo, repelente,
  • crea conflictos,
  • empobrece.

La vanidad es un amigo declarado del buen trato y la cordialidad.

La vanidad te separa de los demás y se convierte en un obstáculo serio para tu realización personal.

La vanidad, poco a poco, destruye tu armonía espiritual.

Busca ser siempre una persona sencilla, natural, sin pretensiones, sin dobleces ni complicaciones. Verás cómo tu imagen frente a los demás, crece y se fortalece, y cómo tus relaciones se ennoblecen y fructifican.

Recuerda lo que dice el libro del Eclesiastés:

Mira, lo que encontré fue sólo esto: Dios hizo sencillo al hombre, pero él se complicó con muchas razones” (Eclesiastés 7, 29)

Y San Pablo en su Carta a los Filipenses:

No hagan nada por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo…” (Filipenses 2, 3)

AUTENTICIDAD vs. HIPOCRESÍA

La autenticidad se puede definir como la cualidad que hace que una persona actúe siempre con transparencia, con claridad; que manifieste en todos sus actos, y en todas sus palabras, lo que es y lo que piensa, sin tapujos ni disimulos de ninguna clase.

La autenticidad ES:

  • sinceridad con nosotros mismos y con los demás,

  • verdad del corazón y de la vida,

  • transparencia en el obrar.

Lo contrario de la autenticidad es la hipocresía.

La hipocresía ES:

  • falsedad,

  • mentira,

  • doblez.

La autenticidad da lugar a la seguridad, a la confianza.

La hipocresía da lugar a la desconfianza, a la incredulidad, a la sospecha.

Ser auténtico ES:

  • ser claro, transparente, en las acciones y en las intenciones;
  • presentarse ante los demás como uno es, sin tratar de aparentar otra cosa, sin querer parecer distinto, sin acudir al disimulo;
  • decir siempre y en todo la verdad, cueste lo que cueste;
  • aceptarse uno mismo como es, con sus defectos, sus dones y sus limitaciones;
  • y aceptar a los demás como ellos son, con sus flaquezas y debilidades, aunque nos sean molestos;
  • ser sencillo,
  • actuar con naturalidad, sin ostentaciones;
  • no pretender ser más de lo que uno es, saber más de lo que uno sabe, tener más de lo que uno tiene.

Cuando somos auténticos…

  • no necesitamos que los demás nos adulen para sentirnos bien, ni buscamos que aplaudan nuestras acciones. Actuamos con seguridad;
  • no pretendemos que los demás tengan con nosotros consideraciones especiales, ni ofrecemos regalos a cambio de favores;
  • lo único que nos interesa es que todos sea correcto, legal, limpio, y por eso no nos incomoda respetar y obedecer las reglas y normas;
  • no tenemos miedo a las críticas, ni nos cohíbe pensar que los demás puedan desaprobar lo que hacemos, porque obramos con conciencia recta, sin dobles intenciones.

Cuando somos auténticos, nuestro modo de ser y de pensar, nuestras acciones y nuestras palabras son siempre transparentes, claras, iluminadoras.

Sé, en todas tus acciones y palabras, auténtico, sincero, veraz. No busques atraer a los demás con actitudes falsas, hipócritas, adulando, tratando de agradar a como dé lugar. Tarde o temprano se darán cuenta, y entonces lo perderás todo y para siempre, porque la mentira aleja irremediablemente.

Sé claro, transparente, limpio. Que quienes tratan contigo sepan a qué atenerse, que no tengan miedo de caer en una trampa.

Nunca te arrepentirás de ello, te lo aseguro; aunque haya momentos de dificultad, siempre es mejor ser luz que oscuridad, brillar que ensombrecer.

Ten presente lo que dice la Palabra de Dios:

No seas hipócrita delante de los hombres, pon guardia a tus labios.

No te exaltes a ti mismo, para no caer y acarrearte deshonra, porque el Señor revelaría tus secretos… porque tu corazón está lleno de fraude” (Eclesiástico 1, 29-30)

VIVIR EN LA HUMILDAD

La humildad es una virtud humana y cristiana de primera categoría.

El fundamento de la humildad es nuestra condición de criaturas, y como tales, débiles y limitadas, frente a la grandeza y a la omnipotencia de Dios, nuestro Creador, Padre y Señor, y también nuestra igualdad esencial con todos los hombres y mujeres del mundo

Ser humildes NO ES, ni mucho menos, tener complejo de inferioridad, como piensan algunos. Todo lo contrario.

Ser humildes ES saber reconocer las cualidades que tenemos, sin sentirnos mejores que los demás, y aceptar con paz las limitaciones que padecemos, sin sentirnos menos.

Humildad y autoestima no se excluyen. Se complementan.

La humildad es luz del alma que se refleja en las actitudes que tenemos, en el trato que damos a las otras personas, en nuestra manera de hablar y en lo que decimos, y en la paz interior que brota de nuestro corazón al exterior, y se deja ver en nuestro rostro.

Cuando somos humildes de verdad

  • no sentimos la necesidad de hacer valer nuestra persona, nuestros puntos de vista, nuestras opiniones, por encima de la persona, los puntos de vista y las opiniones de los demás,
  • y nos mantenemos calmados y tranquilos en el diálogo con los otros.

Cuando somos humildes de verdad

  • no sentimos la necesidad de sobresalir y dominar;
  • no nos interesa tener la razón siempre, ni que los demás aplaudan lo que hacemos, pensamos o decimos;
  • sabemos dar la razón a quien la tiene, aún por encima de nuestros intereses particulares;
  • aceptamos que podemos equivocarnos y que una equivocación no es “cosa de muerte”.

Cuando somos humildes de verdad

  • sabemos corregir nuestros errores y también pedir perdón a quien ofendemos;
  • sabemos que tenemos los mismos derechos de todos, ni uno más, ni uno menos;
  • aceptamos nuestros defectos y limitaciones y los defectos y limitaciones de quienes nos rodean;
  • nos interesa más mantener buenas relaciones con los otros, tener paz, que “salirnos con la nuestra”.

Con humildad en el corazón

  • asumes tus debilidades sin rencores, y así nadie tiene que “pagártelas”;
  • eres tolerante y pacífico, y nada ni nadie “te saca de tus casillas”;
  • sabes cuál es tu lugar en el mundo, y no buscas imponerte a los demás por la fuerza de tu voz o de tus gestos.

Con humildad en el corazón:

  • todo lo ves mejor,
  • lo vives mejor,
  • creas el ambiente propicio para hacer realidad las buenas relaciones entre los seres humanos.

Esfuérzate por conseguir la humildad, por hacerte humilde, es el gran secreto de las relaciones cordiales y la paz interior, que hacen nuestra vida feliz.

La mentira esclaviza a quien la dice. La verdad es profundamente liberadora.

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