SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

MÁS SOBRE MARÍA

BIENAVENTURANZAS

DE MARÍA

“Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lucas 11, 28)

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Bienaventurados serán cuando los injurien y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes” (Mateo 5, 3-12)

María es bienaventurada, porque tuvo siempre, a lo largo de toda su vida, conciencia de su pequeñez, de su debilidad, de su condición de creatura, de sus limitaciones, frente a la grandeza, a la omnipotencia, a la infinitud de Dios, su Creador, Padre y Señor.

María es bienaventurada, porque supo darle siempre a Dios el primer lugar en su corazón y en su vida.

María es bienaventurada, porque no tuvo miedo de entregarse plenamente a Dios, de asumir por Él todos los riesgos, de confiar ciegamente en su palabra y en su bondad, de esperarlo todo de Él.

María es bienaventurada, porque su mayor deseo, su más grande anhelo, fue realizar en todo y siempre lo que Dios quería de ella, lo que esperaba de ella, su Voluntad para con ella.

María es bienaventurada, porque toda su vida fue un constante “SÍ” a Dios.

María es bienaventurada, porque mantuvo a lo largo de toda su vida una actitud desprendida y generosa, alejada de todo egoísmo, de toda codicia, de toda ambición.

María es bienaventurada, porque siempre fue más importante para ella el ser que el tener, el amar y el servir, que el bienestar particular y la propia comodidad.

María es bienaventurada, porque fue siempre sencilla y humilde; el orgullo y la vanidad no tuvieron nunca un lugar en su historia, a pesar de ser quien era: la Madre del Hijo de Dios.

María es bienaventurada, porque siendo consciente de su condición especialísima, no se dejó llevar nunca por el deseo de poder, de prestigio, de honores, ni reclamó para sí misma consideraciones especiales, prebendas, comodidades, de ninguna clase.

María es bienaventurada, porque aceptó con paciencia las dificultades que la vida le trajo y supo sobreponerse a ellas con entereza y valentía.

María es bienaventurada, porque el dolor no la llevó a perder la fe; al contrario, la hizo crecer en ella. El sufrimiento fortaleció su alma e hizo más profunda su entrega a Dios.

María es bienaventurada, porque trató siempre de ser buena, de hacer el bien, de reflejar en su vida, en sus acciones, en sus palabras, la bondad infinita de Dios.

María es bienaventurada, porque hizo del amor el motor de su vida, y supo combinar armónicamente su amor por Dios y su amor por las demás personas, haciéndolos complementarios.

María es bienaventurada, porque perdonó siempre y a todos.

María es bienaventurada, porque fue compasiva y sintió como propios el dolor de los demás, las necesidades de los demás, los problemas de los demás.

María es bienaventurada, porque nunca juzgó a nadie, nunca condenó a nadie por sus acciones o por sus omisiones, ni explícitamente ni en su corazón. Sabía que el único que puede juzgar nuestra conducta con certeza y pleno derecho, es Dios.

María es bienaventurada, porque no dio lugar en su vida, ni por un instante, al odio, al rencor, a la envidia, a la violencia; fue siempre pacífica, tolerante, delicada, acogedora, conciliadora.

María es bienaventurada, porque el respeto a los demás fue norma clara de su vida.

María es bienaventurada, porque su corazón fue siempre sensible a las necesidades de los más pobres y débiles, y sirvió con entrega y generosidad a quienes necesitaban su ayuda.

María es bienaventurada, porque se mantuvo pura en su cuerpo y en su alma, a lo largo de toda su vida.

María es bienaventurada, porque fue siempre recta, honesta, trasparente, en sus pensamientos, deseos, acciones e intenciones.

María es bienaventurada, porque nunca sintió miedo de amar como amaba.

María es bienaventurada, porque nunca sintió miedo de creer como creía.

María es bienaventurada, porque nunca sintió miedo de darse como se daba.

María es bienaventurada, porque vivió la vida con alegría, con esperanza, con ilusión siempre renovada.

María es bienaventurada, porque abrió su corazón a Dios, y Él realizó en ella y con ella verdaderas maravillas, de las que todos nosotros somos testigos y beneficiarios directos.

EL SILENCIO DE MARÍA

María es una mujer de pocas palabras y de muchos silencios.

Palabras que hablan de pureza, de fe, de entrega, de humildad, de amor, de compasión, de esperanza. Palabras que son ejemplo, estímulo, apoyo, bendición, para nosotros hoy.

“¿Cómo será esto, si yo no conozco varón?”

“He aquí la esclava del Señor; que se haga en mí como tú has dicho”

“Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador…”

“No tienen vino”

“Hagan lo que él les diga”

Y silencios que confirman sus palabras:

Silencios activos.

Silencios conscientes.

Silencios de aceptación.

Silencios de entrega.

Silencios de amor.

Silencios de humildad.

Silencios prudentes.

Silencios alegres.

Silencios cálidos.

Silencios acogedores.

Silencios expectantes.

Silencios para escuchar.

Silencios para meditar.

Silencios para dejar hablar al corazón.

Silencios para orar.

Silencios que señalan caminos nuevos.

Silencios que iluminan.

Silencios que dan paz.

Silencios que son una promesa.

Porque el silencio es de Dios, une a Dios, María es mujer de pocas palabras y de muchos silencios.

María nos habla de Jesús, nos hace presente a Jesús, con su misma presencia callada, silenciosa.

LA ANUNCIACIÓN – ENCARNACIÓN

La Solemnidad de la Anunciación, que celebra la Iglesia el 25 de marzo,  marca el momento mismo de la Encarnación milagrosa de Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo Divino, en el seno virginal de María. El acontecimiento que dividió la historia del mundo en dos. El milagro más maravilloso de que se tenga noticia.

¿Quién pudo haberse imaginado que llegara a ocurrir un hecho de esta magnitud? ¡Nadie! Porque es algo tan grande, tan inmenso, que nuestra mente humana, limitada y finita, no puede ni imaginar, ni llegar a comprender en su verdadero y más profundo sentido. Sólo Dios, en su infinita sabiduría, puede considerarlo y realizarlo.

El 25 de marzo es el anuncio y preludio de la Navidad y de la Pascua, que sin él no hubieran existido. Jesús se encarna en el seno virginal de María, y en ella y de ella toma su cuerpo; nace en Navidad como un niño pequeño; crece y se hace hombre como uno cualquiera de nosotros; y llegada su hora, muere en la cruz y resucita en la Pascua, con su cuerpo glorificado. El cuerpo que se formó en las entrañas de María, es llevado a la sepultura después de ser bajado de la cruz, y al amanecer del domingo de Pascua, primer día de la semana, sale glorificado de las entrañas de la tierra.

Jesús, el Verbo encarnado de Dios, es la Palabra que Dios dice de sí mismo a los hombres. Es Dios mismo presente en nuestro mundo, en medio de nosotros. Es Dios que nos ama tanto, que quiso hacerse igual a nosotros, para enseñarnos a vivir desde nuestro mismo barro. Es el amor de Dios amándonos; el amor de Dios viviendo con nosotros y para nosotros; el amor de Dios entregándose por nosotros; para que con él y por él, recuperemos nuestra dignidad de hijos suyos, y nuestra vida fluya sin obstáculos.

La Solemnidad de la Anunciación del Señor, es la fiesta del amor infinito e ilimitado de Dios, que se hace hombre como nosotros, para elevarnos desde nuestra pequeñez, hasta su gloria. La fiesta del amor infinito de Dios que se  hace uno con sus creaturas, sin ningún temor.

Alabemos a Dios por su bondad y démosle gracias por su amor misericordioso que nos reconoce como sus hijos, en el Hijo, a pesar de nuestras faltas y de nuestra indiferencia.

MARÍA, LA HUMILDE SERVIDORA

Terminamos este mes dedicado a María, con la Fiesta de la Visitación, que celebraremos el lunes 31 de mayo.

Este acontecimiento de la vida de María, que nos refiere el Evangelio de San Lucas (1, 39-56), nos sitúa en la casa de Zacarías e Isabel, donde María llega a servir con  humildad a su pariente, que, según la noticia del ángel Gabriel, está embarazada, a pesar de ser una persona mayor.

María no viaja a Ain Karim por mera curiosidad, ni para “comprobar” lo que el ángel le anunció, sino para ponerse al servicio de alguien que la necesita, y tal vez también – por qué no -, para compartir con Isabel el secreto de su embarazo milagroso. Quién mejor que ella, favorecida por Dios con una maternidad “fuera de tiempo”, para entender la magnitud de lo que en María estaba sucediendo por obra del Espíritu Santo, y también para ayudarle a vivir este momento sin igual.

Y María no se equivocó. San Lucas nos cuenta cómo con sólo escuchar la voz de su saludo, Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, que está presente en los momentos más importantes de la historia humana, comprendió lo que ocurría en María y la proclamó bienaventurada por haber creído en la Palabra del Señor, que es la absoluta verdad.

En el encuentro con Isabel, brota de los labios de María una de las más bellas oraciones que conocemos: el Canto del Magníficat. María proclama gozosa la grandeza de Dios que se ha fijado en su pequeñez, y con infinita humildad anuncia la obra salvadora que su Hijo
realizará en el mundo, en favor de todos los hombres y mujeres de la tierra.

María es la servidora humilde y siempre fiel. La mujer que pone su vida totalmente, en manos de Dios, para que él haga con ella lo que quiera, con la absoluta certeza de que de Dios sólo pueden venir bienes, porque su amor y su bondad son infinitos.

Aprendamos de memoria el Canto del Magníficat, y alabemos a María repitiéndolo con frecuencia, para que nuestra fe crezca como la suya, y también nuestra entrega a la Voluntad de Dios y a su amor inigualable.

AHÍ TIENES A TU MADRE…

David… Verónica… Santiago… Catalina… José… Sofía… Ricardo… Margarita… Tomás, Piedad… Roberto… Carolina…   Ahí tienes a tu madre: María…

María, la pura, la limpia, la transparente, la siempre virgen.

María, la creyente fiel.

María, la humilde sierva de Dios.

María, la mujer sencilla y pobre en el espíritu.

María, la mujer orante.

María, el Evangelio hecho vida.

María, la madre más cariñosa, amable y tierna.

Es la madre de Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador, y también es tu madre; la madre de todos los hombres y de todas las mujeres del mundo de hoy y de siempre.

María es Madre de Jesús porque creyó en la Palabra de Dios, se entregó a Él con absoluta  confianza, y permitió que Él la llenara de su amor.

María es tu madre porque Jesús, su hijo, el hijo de su carne y de su sangre por el poder del Espíritu Santo, el hijo a quien ella esperó con fe, a quien ella amó con todo su corazón, a quien ella cuidó y protegió cuando era niño, a quien ella enseñó a amar a Dios, su Padre, te la dejó en herencia, como madre, antes de morir, y a ella le confió tu cuidado.

¡Tienes la misma madre que tiene Dios! ¿No te parece maravilloso?

María es tu madre y como madre te ama con un amor grande, profundo, tierno, generoso, delicado, comprensivo.

María es tu madre y como madre quiere y busca lo mejor para ti, lo que te permita ser cada día más persona, lo que te lleve a ser más bueno, lo que te conduzca verdadera y seguramente a Dios.

María es tu madre y como madre cuida de ti y de tus cosas; nada de lo que tu amas, nada de lo que a ti te interesa, nada de lo que te ayuda a crecer y a desarrollarte como ser humano y como hijo de Dios, le es extraño.

María es tu madre y como madre siente en su corazón tus penas y tus alegrías, tus triunfos y tus fracasos, tus luchas y tus esperanzas; sufre cuando tú sufres, y goza cuando tú gozas. María llora contigo, canta contigo, ríe contigo, espera contigo.

María es tu madre y como madre te protege en los peligros, te ayuda en las necesidades, te guía por el camino de la vida.

María es tu madre y como madre te advierte para que no caigas en el pecado, para que superes el mal que te acosa, para que te conviertas, para que no dudes, para que no pierdas la fe.

María es tu madre y quiere, desea con toda su alma, que la tomes en cuenta en tu vida, que te sientas su hijo muy querido, su preferido, su consentido, su protegido, su bienamado.

María es tu madre y como madre intercede por ti ante Dios, el Dueño de todo, el Señor de todo.

María es tu madre y como madre quiere que la ames, que confíes en ella, que busques su apoyo y su guía, que sigas su ejemplo.

María es tu madre y quiere, desea con toda su alma, que le abras tu corazón de hijo, que le cuentes tus penas y tus necesidades, que le pidas su protección y su ayuda, que entiendas su preocupación por ti, que oigas sus recomendaciones.

María es tu madre y quiere, desea con toda su alma, que abras tu corazón a Jesús, que te entregues a él, que lo sigas, porque él, Jesús, es “el Camino, la Verdad y la Vida”. No te pide nada más, no desea nada más. 

María es tu madre, tu madre de verdad, tu madre en el más pleno sentido de la palabra. Como todas las cosas que provienen de Dios, esta maternidad de María, mirada desprevenidamente, parece algo pequeño, sencillo, simple, cotidiano, casi sin importancia, cosa de niños, pero es algo grande, maravilloso, algo que alegra la vida, que nos llena de esperanza, que nos da ánimo para seguir luchando, para seguir buscando, para ir cada vez más allá.

EN LA GLORIA DE DIOS

El dogma de la Asunción proclama que María, la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, fue llevada al cielo en cuerpo y alma, después de su muerte, en virtud de su Maternidad divina, y también, porque ella fue fiel y correspondió admirablemente la bondad de Dios para con ella y los dones y gracias que le concedió en orden a la misión que quiso encomendar. Allí, en el cielo, María goza de la plenitud de Dios, de su presencia viva y de su amor inagotable.

En el cielo, en la gloria de Dios, infinito y eterno, María exulta de alegría, alaba a Dios, y entona jubilosa su canto del Magníficat: “Engrandece mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su sierva…” 

En el cielo, en la gloria de Dios, todopoderoso y todoamoroso, María repite una y otra vez, llena de amor y de gozo, de humildad y de confianza en Dios, el “SÍ” abierto y generoso que dijo en Nazaret.

En el cielo, en la gloria de Dios, justo y misericordioso a la vez, María es testigo irrefutable de que Dios es fiel y cumple sus promesas a todos los hombres y mujeres que creen y esperan en Él.

En el cielo, en la gloria de Dios, generoso y compasivo, María anuncia que el amor de Dios es para todos sin excepción, y que nosotros sólo tenemos que abrir el corazón y recibirlo.

En el cielo, en la gloria de Dios, amable y bondadoso, María proclama que el amor de Dios para nosotros, sus hijos muy queridos, es un amor gratuito, misericordioso y clemente, que sabe perdonar.

En el cielo, en la gloria de Dios, que es Luz y es Vida, María da testimonio claro y contundente de que nuestra esperanza de salvación y vida eterna es una esperanza cierta.

En el cielo, en la gloria de Dios, grande y humilde a la vez, María reina sobre la creación entera, como su creatura predilecta, su hija más querida, la más perfecta, la más fiel, la más amorosa, la más buena. Ella es la mujer que menciona y describe el Apocalipsis:

“Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Apocalípsis 12, 1)

Desde el cielo, donde goza de la gloria infinita de Dios, que es Padre y Madre, María ejerce de manera especial su papel de madre espiritual de todos los hombres y mujeres del mundo, y muy particularmente de quienes creemos en Jesús, nos protege del mal, nos cuida, está atenta a todas nuestras necesidades espirituales y materiales, nos muestra el camino que conduce a Dios, y nos ama con un amor tierno y delicado, generoso y profundo, como el amor de las madres.

Desde el cielo, donde vive y goza de la gloria infinita de Dios, María nos invita a ser  siempre fieles al mensaje de Jesús; a seguir sus enseñanzas de amor y de perdón; a servir, a ayudar, a entregarnos a los demás;  a actuar con honestidad y rectitud; a ser humildes y sencillos como los niños; a decir siempre y en todo la verdad; a ser limpios de corazón.

Desde el cielo, donde vive y goza de la gloria infinita de Dios, María nos invita a vivir toda nuestra vida en unión íntima con el Señor, bajo su mirada amorosa, atentos a su Voluntad para con nosotros, respetuosos de sus mandamientos, haciendo realidad en el mundo los valores del Reino de Dios: justicia, libertad, amor, paz y verdad.

Desde el cielo, donde vive y goza de la gloria infinita de Dios, María nos invita a vivir toda nuestra vida en actitud de búsqueda, de conversión, de santidad.

En el cielo, en la gloria de Dios, María nos espera con los brazos abiertos para acogernos con su amor dulce y tierno, y para llevarnos a la presencia de Jesús, su Hijo muy amado.

En el cielo, en la gloria de Dios, cantaremos con María, por toda la eternidad, la grandeza del amor misericordioso de Dios nuestro Padre.

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