SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

DEVOCIONES MARIANAS

NUESTRA DEVOCIÓN A MARÍA

El Catecismo de la Iglesia Católica publicado por Su Santidad Juan Pablo II, en 1992, afirma que, sin lugar a dudas, la relación con María, es un elemento importante de nuestra fe cristiana.

Pero, ¿qué características fundamentales debe tener la devoción a María para que sea auténtica?

La respuesta nos la da el Concilio Vaticano II en su Constitución Dogmática Sobre la Iglesia (N. 66-67), cuando señala que la devoción a María tiene que ser cristocéntrica, es decir, tiene que tener a Cristo como centro, como eje, porque él es el fundamento de nuestra fe; y la confirma el Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica sobre el Culto a María, que asegura que la finalidad última de todo culto a María tiene que ser la gloria de Dios y la cristianización de la vida.

Esto quiere decir expresamente, que la verdadera devoción a María, el verdadero amor a María:

  • No se debe fundamentar en hechos extraordinarios como apariciones y milagros;

  • No debe ser mágica o supersticiosa;

  • Tiene que basarse en el Evangelio, en la imagen de María que nos muestran los Evangelios, enriquecida con la Tradición de la Iglesia y el Magisterio;

  • Debe ir acompañada del cumplimiento de todos los deberes cristianos;

  • Debe mirar a María como intercesora ante Dios, que es el único que tiene poder en sí mismo;

  • Debe ser una devoción que nos lleve a la escucha y al seguimiento total de Jesús;

  • Debe ser duradera, constante, no esporádica u oportunista;

  • Debe conducirnos a una conversión permanente, a un continuo cambio de vida, para ser cada vez mejores seguidores de Jesús.

La verdadera devoción a María no puede reducirse, de ninguna manera, a prácticas externas, ni perderse en un sentimentalismo superficial, o en una búsqueda de hechos extraordinarios.

Confronta tu realidad: ¿Tu relación con María, cumple estos requisitos?

¿Qué tienes que cambiar?

EL ROSARIO,

UNA ORACIÓN EVANGÉLICA

El Rosario es una oración de larga tradición entre nosotros. De eso no hay duda. Una oración que todos conocemos y rezamos con frecuencia, porque es, al menos aparentemente, una oración fácil de rezar, y se ha trasmitido de generación en generación como una oración que alcanza favores especiales de Dios. Sin embargo, vale la pena que en
este mes dedicado al Rosario, profundicemos un poco más en él, para que nuestra devoción y nuestra práctica sean adecuadamente renovadas.

Generalmente pensamos que el Rosario es una oración eminentemente mariana, porque está compuesta de 150 Ave Marías, que repetimos una tras otra. Sin embargo, la Iglesia quiere que vayamos más allá, y que recemos el Rosario como una ORACIÓN EVANGÉLICA, una oración que pone a nuestra consideración los acontecimientos centrales de la vida de Jesús, lo cual la hace una oración “cristocéntrica”.

Se trata fundamentalmente, y así nos lo han enseñado los últimos Papas, no simplemente de repetir con más o menos conciencia, las 150 Ave Marías, sino, sobre todo, de meditar con entereza y profundidad en cada uno de los “misterios” que se enuncian en cada “casa
del Rosario”, y que aluden directamente a la vida de Jesús y su misión salvadora en el mundo.

Esta es, precisamente, la razón principal por la cual Juan Pablo II añadió a los 15 misterios conocidos: los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, los llamados por él MISTERIOS LUMINOSOS, y que se refieren concretamente a 5 momentos o circunstancias especiales de la vida pública de Jesús, que no habían sido tenidos en cuenta, pero que son absolutamente fundamentales para el cumplimiento de su tarea.

La meditación diaria de los Misterios del Rosario, debe llevarnos a realizar en nuestra vida lo que es inherente a nuestra condición de cristianos: configurarnos con Jesús, para ser como él, presencia del amor de Dios en el mundo, para todas las personas que nos rodean.

EL ESCAPULARIO

DE LA VIRGEN DEL CARMEN

La religiosidad popular mira a María bajo diversas advocaciones, con las que quiere resaltar algún aspecto especial de su maternidad espiritual. Una de estas advocaciones es Nuestra Señora la Virgen del Carmen, patrona de los caminantes, de los conductores, de los navegantes por aire y agua, de los comerciantes, de las fuerzas armadas, y también y muy especialmente, de los agonizantes y de las “ánimas del purgatorio”, y cuya fiesta celebraremos el próximo 16 de julio.

La devoción a Nuestra Señora del Carmen está íntimamente unida al escapulario, un objeto religioso de larga tradición en la Iglesia, según las instrucciónes que dio la Virgen a San Simón Stock, un monje carmelita a quien se apareció el día 16 de julio de 1251. Desde entonces y hasta hoy, el Escapulario de Nuestra Señora del Carmen es para muchas personas, un objeto de gran valor religioso, y lo llevan respetuosamente colgado al cuello.

Frente al escapulario podemos hacernos las mismas preguntas que nos hacemos respecto de otros elementos de la piedad popular, como el rosario, las imágenes de Jesús, de la Virgen y de los santos, las estampas, las cruces, las novenas, las medallas, y demás: ¿Qué sentido tienen para el católico?, ¿Cómo debemos usarlos?, ¿Cuál es su poder?, ¿Qué nos sucede si no recurrimos a ellos?

La respuesta es clara. El escapulario y todos los objetos religiosos que los católicos usamos, son solo eso: objetos, y su único papel es recordarnos la constante presencia de Dios en medio de nosotros, su amor inigualable, y su voluntad salvadora. Ninguno de estos objetos
tiene poder en sí mismo, como tantas veces parece que pensamos; ninguno nos cura, ninguno nos salva, ninguno nos da una fuerza especial para algo, ninguno nos da “buena suerte”; todos nos remiten exclusivamente a Dios, unico objeto de nuestra fe.

Es muy importante que tengamos claro esto, para que no cometamos errores. Nadie es más bueno o tiene “mejor suerte”, porque lleve un escapulario, ni es menos bueno o las cosas le irán mal porque no lo lleve. El escapulario en sí no nos salva; sólo nos recuerda que pertenecemos a Dios, porque somos sus hijos muy queridos, y que debemos comportarnos como tales, y también, que María es nuestra compañera de camino, la brújula que nos señala hacia dónde debemos virar para llevar nuestra vida por el sendero
que conduce a Él.

IMÁGENES Y MEDALLAS DE MARÍA

Otro elemento importante de nuestra devoción a María, son las imágenes y las  medallas que la representan en sus distintas advocaciones o títulos, que le ha dado la Iglesia a lo largo de los siglos.  Las imágenes y medallas, nos recuerdan constantemente la persona única y maravillosa que es María, y hacen presente a nuestros ojos su ejemplo de bondad, su amor por nosotros y su protección de Madre.

Las imágenes y las medallas de María no son, de ninguna manera, María; y esto tiene que quedar muy claro para todos; aunque parezca obvio, muchas veces tendemos a confundirlas, con el consiguiente perjuicio para la fe. Solamente nos la muestran, la ponen frente a nosotros, ante nuestra mirada, para que la tengamos en cuenta en nuestra vida de cada día, para que tengamos en cuenta su lugar privilegiado en nuestra fe cristiana, católica, como Madre de Jesús, el Hijo de Dios, para que nos apoyemos en ella, para que acudamos a ella y le pidamos su protección y su ayuda de madre en las diversas dificultades y problemas que se nos presentan, tanto de orden material como espiritual, y especialmente en estos últimos. María es, sin lugar a dudas, quien mejor puede entender nuestras situaciones difíciles y quien mejor puede interceder por nosotros ante Dios.

Por ser lo que son, por lo que representan, las imágenes y las medallas de María, merecen todo nuestro respeto y nuestro cuidado.

Hay muchas clases de imágenes y también muchas clases de medallas de María, pero algunas de ellas tienen más acogida que otras, en los diversos países, regiones, ciudades, parroquias, y hasta familias. Cada cual puede escoger, con plena libertad, cuál imagen o cuál medalla llega más a su corazón, cuál le “gusta” más, cuál le “dice” más, cuál faceta de María se acomoda más a lo que se necesita; lo importante es que todos entendamos que María es una sola, María de Nazaret, la Virgen Madre de Jesús, el Hijo de Dios, que la amemos profundamente, y que acudamos a ella como Madre, Maestra y Modelo, en el amor a Dios y en el seguimiento de Jesús y de su mensaje de salvación, y no simplemente como alguien que tiene cierto “poder”.

Algunas imágenes de María son ricas en adornos, vestidos y joyas, y nos la presentan como una gran reina. Otras, en cambio, son sencillas, simples, y corresponden mejor a lo que fue María a lo largo de toda su vida, a lo que la fe católica que profesamos nos enseña de ella: la humilde sierva de Dios, la esposa de José, el carpintero de Nazaret, la mamá de Jesús, el amigo de pescadores, el crucificado.

Entre las medallas de María se destacan de un modo especial el Escapulario de la Virgen del Carmen, y la Medalla Milagrosa; ambos fueron “diseñados” por la misma María, y luego los confió a personas escogidas para que los divulgaran entre los fieles católicos del mundo entero, como señales de su especial protección para quienes la amaran con sinceridad y la honraran llevándola en el cuello. 

El Escapulario del Carmen lo entregó María a San Simón Stock, reformador de la Orden Carmelita en Inglaterra, en el año 1251, junto con una promesa: “Yo asistiré en vida y en muerte  a quienes lleven devotamente mi escapulario”. 

La Medalla Milagrosa se la encargó María  a Santa Catalina Labouré, religiosa vicentina, en 1830, en Paris,  en una de sus apariciones. Santa Catalina vio en la aparición el modelo de cómo debía ser la medalla, según le explicó la misma María, y después, con el permiso del Obispo, mandó acuñarla. Se le dio el nombre de Medalla Milagrosa, por las múltiples gracias, de orden material y de orden espiritual, que  alcanzaban quienes la llevaban colgada al cuello con fe y con amor. María dijo expresamente a Santa Catalina: “ Hay que hacer una medalla semejante a esto que estas viendo. Todas las personas que la lleven sentirán la protección de la Virgen”.

En este tema de las imágenes y las medallas de María, es muy importante tener en cuenta algunas cosas, que no podemos olvidar en ningún momento, y que ponen de presente nuestra sinceridad en la relación con María:

Las imágenes de María y las medallas, no obran por sí mismas, porque no tienen poder, no son mágicas, no se pueden tener como talismanes. Obran por la fe que tengamos en la persona de María, y esa fe nos exige además de tenerlas en nuestra casa o de llevarlas al cuello, vivir una vida correcta, según las enseñanzas de Jesús y de la Iglesia, orar todos los días, y acercarnos con frecuencia a los sacramentos: participar en la Misa, comulgar y confesarnos.

Las imágenes y medallas de María no “dan suerte”, ni nos protegen como si fueran un elemento de brujería; no son para eso, ni mucho menos. Su único objetivo es llamarnos la atención para que tengamos en cuenta a María como Madre, para que la amemos, y para que nos preocupemos por imitarla en sus virtudes.

Las imágenes y medallas de María exigen nuestro respeto; no debemos colocarlas boca-abajo, como hacen algunos, ni quitarles el Niño, como hacen otros, o ponerlas mirando a la pared, como otros, pensando que así presionamos a la Virgen para que nos conceda lo que queremos o necesitamos. Y tampoco, debemos colocarlas en lugares que desdigan de lo que son y lo que representan; colocar una imagen o una medalla de María en un sitio que no es el adecuado para ella, por ser un elemento religioso, digno de honor, es por lo menos una falta de respeto con ella, con su dignidad de Madre de Dios.

No podemos invocar la ayuda de María o su protección, usando una imagen o una medalla suya, para hacer algo que en sí mismo es malo. Va contra la lógica. María hizo siempre el bien y no puede, de ninguna manera, patrocinar el mal en ninguna forma.

No se hacen altares a María, o se le rezan novenas, o se le encienden velas, para ganarse la lotería, o para conseguir dinero, o algo parecido; María no se ocupa de esas cosas; como buena Madre le preocupa más que seamos buenos, que amemos a Jesús, que nos alejemos del pecado, que estemos sanos de cuerpo y alma, que podamos satisfacer nuestras necesidades básicas.

El mayor milagro que se consigue  por medio de las imágenes y medallas de María, es el milagro de las conversiones. Son muchos, muchísimos, los hombres y las mujeres que se han convertido verdaderamente, porque sus familiares y amigos los han encomendado a la intercesión directa de María, y les han obsequiado su escapulario o su medalla y ellos los han llevado con respeto.

Tener en la casa una imagen de María, en un sitio de respeto, y llevar una medalla suya al cuello, es lo menos que todos los cristianos, católicos, podemos y debemos hacer. El retrato de la madre siempre ocupa un lugar privilegiado en el hogar y en la vida de sus hijos, y María es, indudablemente, nuestra Madre, la Madre más amorosa y tierna que podamos tener.

FIESTAS LITÚRGICAS DE MARÍA

Otro elemento importante de la devoción a María, Madre de Dios, son las festividades que la Iglesia celebra en su honor.

En las fiestas marianas la Iglesia nos invita a hacernos conscientes del papel que María representó en nuestra salvación, al lado de Jesús, acompañándolo a lo largo de su vida, desde el primer momento de su existencia como hombre, en su propio vientre, por el poder del Espíritu Santo, y hasta su último suspiro en la cruz. María fue la madre cariñosa y tierna de Jesús niño, la amiga y confidente de Jesús adolescente, la compañera silenciosa de Jesús joven, primera y más ferviente discípula de Jesús Maestro, la  Madre dolorida de Jesús juzgado y condenado a muerte, y la Madre gozosa y alegre de Jesús resucitado la luminosa mañana de Pascua.    

En las fiestas marianas los católicos, unidos como una sola familia universal, alabamos a María y la bendecimos  por su fe profunda y confiada, por su humildad a toda prueba, por su bondad y su generosidad sin límites, por su pureza de alma y cuerpo, por su entrega incondicional a Dios, y en general, por todas las gracias que Dios Padre le otorgó cuando la eligió como Madre de su Hijo Jesús, gracias que ella supo acoger en su corazón y hacer fructificar en su vida sencilla pero llena de amor. Y también le pedimos su ayuda y protección en este difícil caminar que es la vida. María es nuestro apoyo incondicional cuando queremos seguir a Jesús, hacer realidad en nuestra vida su mensaje de amor, de justicia, de verdad y de paz. 

Las principales fiestas marianas que la Iglesia nos invita a celebrar a lo largo del año son:

1 de enero: María, Madre de Dios.

2 de febrero: Purificación de María y presentación del Niño Jesús en el templo. Nuestra Señora de la Candelaria.

11 de febrero: Nuestra Señora de Lourdes, patrona de los enfermos.

25 de marzo: Anunciación del ángel Gabriel a María.

13 de mayo: Nuestra Señora de Fátima.

24 de mayo: María Auxiliadora.

31 de mayo: la Visitación de María a su prima Isabel.

9 de julio: Nuestra Señora de Chiquinquirá, patrona de Colombia.

16 de julio: Nuestra Señora del Carmen.

15 de agosto: la Asunción de María al cielo.

22 de agosto: María Reina.

8 de septiembre: nacimiento de María.

15 de septiembre: Nuestra Señora de los Dolores.

24 de septiembre: Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de los encarcelados.

7 de octubre: Nuestra Señora del Rosario.

12 de octubre: Nuestra Señora del Pilar.

21 de noviembre: la Presentación de María en el templo.

27 de noviembre: Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa.

8 de diciembre: la Inmaculada Concepción de María.

12 de diciembre: Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América Latina.

Un modo excelente de honrar a María en estas fiestas, es participando en la Santa Misa, y comulgando en ella con la debida preparación (confesión si hemos cometido un  pecado grave). La Misa y la Comunión son los actos de piedad más importantes que hay,  nada los supera. En la Misa se renuevan, se actualizan, es decir, se hacen de nuevo presentes para nosotros, la gloriosa pasión, muerte y resurrección de Jesús, su triunfo definitivo sobre la muerte y el pecado.

En Mayo y Octubre podemos honrar a María muy especialmente, con el rezo diario del Santo Rosario en familia. Recordemos que “Familia que reza unida permanece unida”.

El mes de Diciembre también es un tiempo especial para honrar a María, uniéndonos a su espera gozosa de Jesús, que viene a nuestro mundo en la noche de Navidad.

ADVOCACIONES MARIANAS

Un elemento importante de la devoción a María son las llamadas “Advocaciones marianas”.

  • ¿Qué son las “Advocaciones marianas”?  ¿En qué consisten?
  • ¿Qué valor tienen para nosotros?

Si consultamos el diccionario encontramos que la palabra “advocación” quiere decir “título”. Una “advocación” es un “título” que se le da a un templo, a una capilla, o a una imagen determinada.

Aplicando este concepto a la devoción a María, podemos decir que las “Advocaciones marianas” son los diversos “títulos”, los diferentes “nombres” que le damos a María, y que nos recuerdan un acontecimiento especial de su vida, o una manifestación particular suya en la historia del mundo, en la historia de un pueblo, de un país o de una persona determinada, o incluso, en nuestra propia vida personal.

En general, las advocaciones marianas nos ayudan a recordar, a tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón, la persona de María y su participación excelente en la Historia de nuestra Salvación; nos motivan a imitarla en su amor incondicional a Dios y en su seguimiento de Jesús; y nos impulsan a invocar su protección y su ayuda en todas nuestras necesidades materiales y espirituales.

Existen muchas advocaciones marianas a lo ancho del mundo, porque como dijimos al comienzo del libro, la devoción a María es un elemento importante de nuestra fe católica. Algunas de estas advocaciones son universales, se conocen en los diversos países y regiones; otras son más locales, y se circunscriben a un país, a una ciudad, incluso a una familia. Sin embargo, en el fondo de todas ellas hay una verdad única: los católicos amamos a María y la honramos con nuestra devoción, porque es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador; reconocemos que ella es la criatura más buena, porque no pecó nunca, su vida fue un constante “SÍ” a Dios, es la hija predilecta de Dios Padre; y sabemos también que ella nos ama y nos ayuda eficazmente a conseguir las gracias, los dones de Dios que necesitamos, para vivir como verdaderos hijos de Dios, porque es nuestra Madre espiritual, Madre y Maestra de toda la Iglesia.

Las advocaciones marianas más extendidas y por tanto más conocidas en el mundo, son:

La niña María, que nos recuerda la infancia de María, al lado de sus padres, a quienes la Tradición ha llamado Joaquín y Ana, antes de sus desposorios con José, y antes también de que la visitara el ángel Gabriel.

Nuestra Señora María Inmaculada, que nos recuerda este privilegio especial que Dios concedió a María y que tiene como fundamento haberla escogido para ser la Madre de su Hijo

Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, que nos recuerda todos los sufrimientos que María tuvo a lo largo de su vida, y muy especialmente los sufrimientos que padeció al pie de la cruz de Jesús.

Nuestra Señora la Virgen del Rosario, que nos recuerda la aparición de María a Santo Domingo de Guzmán, a quien le solicitó propagara por todo el mundo el rezo diario del Santo Rosario, con la consideración de los Misterios de la Vida de Jesús, como elemento fundamental en la lucha contra las herejías y las persecuciones a la Iglesia.

Nuestra Señora la Virgen del Carmen, que nos recuerda la aparición de María a San Simón Stock, a quien le dio el escapulario, y le pidió que lo hiciera conocer por todas partes, para que muchas personas lo llevaran en el cuello, y dieran así testimonio de su fe y de su amor a Dios.

María Auxilio de los cristianos, o María Auxiliadora, que ayudó a los cristianos a vencer a los musulmanes en la batalla de Lepanto, en el año 1572. En 1860 se apareció a San Juan Bosco, y le pidió que propagara la devoción a esta advocación suya.

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, que se apareció a Santa Catalina Labouré, en París, le dio el modelo de su medalla, y le dijo que mandara sacar muchas y las repartiera por todas partes, recordando a las personas que ella nos ama y nos protege del mal y del pecado cuando la invocamos y seguimos su ejemplo, y que tiene muchos dones espirituales para comunicarnos si se los pedimos con fe. La imagen de María en la Medalla Milagrosa, es la misma que representa la advocación de la Inmaculada Concepción, que es también la que corresponde a la aparición de María en Lourdes. En Lourdes la Virgen le dijo a Bernardita: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, y luego, cuando se apareció a Catalina Labouré y le mostró cómo debía acuñarse la medalla que después se llamó Medalla Milagrosa, le indicó que alrededor de su imagen debía aparecer escrita esta misma frase: “Oh María concebida sin pecado. Rogad por nosotros que recurrimos a vos”. 

Nuestra Señora de la Asunción, que nos recuerda este acontecimiento importantísimo de la vida de María, cuando después de su muerte, Dios la llevó a su lado, para que participara de la gloria de Jesús, su Hijo.

Nuestra Señora la Reina de la paz, que se aparece desde 1981 a un grupo de jóvenes, en Medjugorie, Bosnia Herzegovina, y les da su mensaje de amor y de paz, para que ellos lo trasmitan al mundo.

Nuestra Señora de Lourdes, que se apareció a la joven Bernardita Soubirous, en una gruta cercana al río Gave, en el pueblito de Lourdes, en Francia. Es la patrona de los enfermos, porque en el lugar de las apariciones han ocurrido muchísimos milagros de curaciones de enfermedades gravísimas.

Nuestra Señora de Fátima, que se apareció a tres pastorcitos: Jacinta, Francisco y Lucía, en Cova de Iría, cerca a Fátima en Portugal, y les enseñó a rezar el Rosario, pidiendo la conversión de los pecadores y la paz del mundo.

Nuestra Señora de Guadalupe, que se apareció al indio Juan Diego en el cerro del Tepeyac, en México, y luego fijó su imagen en la tilma del indio, como prueba de esa aparición. El Papa Juan Pablo II la nombró Patrona y Emperatriz de América, porque alrededor de ella, de su aparición y de su mensaje, se desarrolló la evangelización en nuestro continente americano.

En Colombia veneramos muy especialmente a

Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, que es nuestra patrona, y tiene su santuario principal en Chiquinquirá, Departamento de Boyacá.

Y también a:

Nuestra Señora del Rosario de las Lajas, cuya imagen apareció pintada en una gran roca, cerca de un río. Una indígena y su hijita la descubrieron, y la niña que era sorda y no había aprendido a hablar se curó de su sordera y comenzó a hablar como si lo hubiera hecho siempre. Su santuario está en Ipiales, Departamento de Nariño.

Todas las personas somos libres de preferir una u otra advocación de María para nuestra devoción particular. María es una sola. Lo importante es que nuestro amor por ella sea verdadero y que nos lleve a imitar su ejemplo en el seguimiento de Jesús, haciendo realidad activa y operante, en nuestra vida, el Evangelio, la Buena noticia de la salvación, como ella lo hizo siempre.

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