SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

LA ORACIÓN

ORAR CON EL CORAZÓN       

La oración es un elemento fundamental de la vida cristiana auténtica. De la misma manera que no se puede vivir sin respirar y/o sin alimentarse, no se puede ser cristiano de verdad sin hacer oración; pero no una oración que se limita a repetir palabras e ideas de otros, sino una oración salida del corazón y de la vida, porque sólo la oración del corazón es verdadera oración.

Cuando oren, no sean como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, bien plantados para ser vistos por los hombres; en verdad ya reciben su paga. Tú en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. (Mateo 6, 5-6)

La oración del corazón es una oración personal, de cada uno; una oración que nace y crece en lo profundo del ser; una oración que une lo que uno es, lo que uno hace, lo que uno cree; una oración que ilumina la vida entera. La oración del corazón no necesita muchas palabras sino mucha fe, y un amor constante y decidido.

Y al orar, no charlen mucho como los paganos, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No sean como ellos, porque su Padre sabe lo que necesitan antes de que se lo pidan.”(Mateo 6, 7)

Orar con el corazón y desde el corazón, es orar con humildad, absolutamente convencidos de nuestra pequeñez y de nuestra indigencia, frente a la grandeza y la bondad infinitas de Dios, como el publicano de la parábola del Evangelio de san Lucas:

El publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”.” (Lucas 18, 13)

Orar con el corazón y desde el corazón, es orar con la confianza puesta en Dios y sólo en él, en actitud de entrega generosa, como oró Jesús en Getsemaní, la noche de su pasión:

Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Lucas 22, 42)

Orar con el corazón y desde el corazón, es orar con alegría y entusiasmo, alabando y bendiciendo a Dios por su amor y su misericordia, como oró María cuando Isabel reconoció en ella a la Madre del Mesías:

Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava” (Lucas 1, 46-48)

Orar con el corazón y desde el corazón, es exultar agradecidos con Dios que nos ama más que nadie y siempre escucha nuestras peticiones, como lo hizo Jesús antes de la resurrección de Lázaro:

Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas” (Juan 11, 41b-42a)

Orar con el corazón y desde el corazón, es orar con el pensamiento y con la acción; convertir la vida entera en oración continua; hacer que la oración sea un ejercicio constante, una actitud permanente, tan propia y natural como inspirar el aire, llevarlo a los pulmones, y luego expirarlo para que ese aire sea renovado.

La oración del corazón no es cuestión de frases bonitas, ni de conocimientos muy profundos, ni de ideas muy elevadas; la oración del corazón es cuestión de amor; un amor que crece y se profundiza al ritmo de la misma oración; un amor que ilumina la vida; un diálogo permanente de amor y de entrega. 

Señor, enséñanos a orar…”       (Lucas 11, 1)

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