SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

TEMAS DE FE

 LA EUCARISTÍA DOMINICAL

La Eucaristía del domingo es la celebración más importante de la vida cristiana individual y de la comunidad de creyentes. En ella confesamos juntos, como familia de Dios, nuestra fe en Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Salvador, y nuestra vida espiritual y humana crece y se fortalece.

Cuando participamos conscientemente en la Eucaristía del domingo,  Jesús resucitado ilumina nuestra cotidianidad y da sentido y valor a cada uno de los acontecimientos de nuestra historia personal y comunitaria; a cada una de nuestras acciones y palabras; a cada uno de nuestros pensamientos y de nuestras actitudes.

La Palabra de Dios, que es viva y eficaz, nos señala el camino que debemos seguir, si queremos hacer realidad en nuestro mundo, el mensaje de amor, de justicia, de verdad, de libertad y de paz, que Jesús vino a traernos. El Pan Eucarístico – el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que se hace nuestro alimento – nos comunica las fuerzas que necesitamos para llevar a cabo esta tarea urgente e inaplazable.

Pero no sólo es importante ir a Misa los domingos. También podemos y debemos hacerlo entre semana; todos los días si queremos y podemos. Mientras más lo hagamos, más unidos estaremos con Dios, y más conscientes seremos de nuestros compromisos cristianos.

La Eucaristía es nuestra mejor oración, porque nos pone en contacto directo con Dios Padre, con Dios Hijo, y con Dios Espíritu Santo; Dios que nos ama y nos crea, Dios que nos salva, Dios que nos santifica.

En la  Eucaristía, Jesús, que se hace nuestro alimento espiritual, nos llena de su amor y de sus gracias, para fortalecernos en nuestra práctica del bien y en nuestra lucha contra todo lo que nos deshumaniza, y nos da la vida eterna. Jesús mismo lo dijo claramente: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre… El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Juan 6, 51.54)

PECADORES…  ¡PERDONADOS!

Somos pecadores; no hay ninguna duda al respecto. Todos los hombres y mujeres del mundo, a excepción de María, pecamos. Nos alejamos de Dios,  desconocemos su amor y sus cuidados, su bondad y su ternura, “abandonamos su casa y nos vamos a vivir lejos, a un país extranjero”, como el hijo pródigo de la parábola de san Lucas (15, 11-31); este abandono de Dios es precisamente lo que llamamospecado.

Pero Dios es “terco”, y sigue amándonos; su amor por nosotros, por todos, es tan grande, que sea lo que sea y pase lo que pase, Él continúa derramando sobre nosotros su gracia y su bendición. Así ha sido desde el comienzo del mundo, y así seguirá siendo por los siglos de los siglos.

Porque el amor de Dios es un amor absolutamente gratuito. Un amor que no necesita razones, que no exige explicaciones, que no excluye a nadie, que se da con total generosidad. Porque el amor de Dios es un amor paciente, un amor que sabe esperar, un amor que ama de manera personal.

Jesús clavado en la cruz y levantado en ella sobre la tierra, es la muestra más clara, la  expresión más sublime, de este amor infinito y misericordioso de Dios, por todos y cada uno de los hombres y mujeres del mundo, de todos los tiempos y todos los lugares.

Jesús clavado en la cruz y levantado sobre la tierra, es Dios amándonos, perdonándonos, salvándonos.

Jesús clavado en la cruz y levantado sobre la tierra, es Dios “transfigurado” por el amor; Dios “traspasado” por el amor.

Jesús clavado en la cruz y levantado sobre la tierra, es Dios amándonos con  un amor profundo y generoso; un amor inigualable; un amor totalmente inusitado. El amor más grande del mundo.

¡FUE POR AMOR A MÍ!…

Cuando reflexionamos sobre nuestras debilidades y pecados, un punto importante para tener en cuenta, es la verdad que nos enseña el Evangelio, y que muchas veces repetimos sin total conciencia de lo que decimos: Jesús vino a nuestro mundo, vivió y murió en él, para liberarnos del mal, para salvarnos  de todo lo que nos deshumaniza; una verdad que tenemos que asumir personalmente, con todo lo que  ella significa.

Miradas desde un punto de vista personal, la dolorosa Pasión, la ignominiosa Muerte, y la gloriosa Resurrección de Jesús de entre los muertos, adquieren un sentido mucho más grande, mucho más profundo, mucho más significativo.

Jesús no padeció y murió por los otros, aunque evidentemente también lo hizo por ellos. Jesús padeció y murió por mí. Jesús no padeció y murió por mi vecino de al lado, aunque evidentemente, también lo hizo por él. Jesús padeció y murió por mí.

Jesús padeció y murió por mis pecados grandes y por mis pecados pequeños. Jesús dio su vida para salvarme a mí; para liberarme a mí; con mi nombre propio y con mis apellidos.

El amor de Dios – el amor de Jesús – es siempre un amor personal; la salvación es personal; el perdón es personal.

Para Dios, y por lo tanto también para Jesús, no existe simplemente la humanidad. Existe cada hombre y cada mujer, con sus circunstancias especiales; cada hombre y cada mujer con sus alegrías y con sus penas, con sus triunfos y con sus fracasos, con sus necesidades y sus angustias. Existo yo, existes tú, existe él, existe ella.

¡Es maravilloso!… ¡Maravilloso y profundamente comprometedor!… Exige, sin duda una respuesta adecuada. Una respuesta también directa, personal, y comprometida, de
parte de cada uno.

UNA SEMANA PARA CELEBRAR
NUESTRA FE

Comenzamos la Semana Santa, y con ella, un tiempo especial para celebrar con entusiasmo y devoción, nuestra fe en Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación. Recordemos que la fe, cuando es verdadera, no se queda en la intimidad del corazón, sino que se hace realidad en las obras de cada día, y se celebra, se hace fiesta, con la comunidad de los creyentes,  por medio de la acción litúrgica.

En el lenguaje común, “celebrar”, significa, según el diccionario, conmemorar o festejar algún acontecimiento importante, que tuvo lugar en el pasado, pero que o se quiere olvidar. En sentido cristiano, celebrar es esto y mucho más. Nuestras celebraciones litúrgicas recuerdan los acontecimientos que ocurrieron en el pasado, pero además, los traen al presente, los “reviven”, y con ello, “actualizan”, es decir, hacen presentes para nosotros hoy, las gracias que ellos nos alcanzaron.

En el caso concreto de la Semana Santa,  las celebraciones litúrgicas reviven para nosotros los acontecimientos que tuvieron lugar los últimos días de Jesús en la tierra y la culminación de su obra salvadora con su dolorsa pasión y su muerte en la cruz, y su gloriosa resurrección y ascensión al cielo. Por eso, cuando participamos en las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa, entramos en contacto íntimo y profundo con Jesús, que se hace realmente vivo y presente en medio de nosotros.

La Semana Santa es un tiempo privilegiado para vivir nuestra fe a plenitud; un tiempo privilegiado para orar y para pensar. Dejar a un lado la rutina y la pasividad que nos paralizan, y dar paso a la oración y a la reflexión sobre lo que significa haber sido salvados por Jesús y ser ahora sus discípulos y misioneros, llamados y comprometidos a hacernos “imagen” suya, “transparencia” suya, en las circunstancias particulares de nuestra vida y en medio de quienes comparten su existencia con nosotros.

LA                                         CONVERSIÓN                   CRISTIANA

Cuando Jesús comenzó su predicación, decía: “Conviértanse, porque el Reino de Dios ha llegado” (Mateo 4, 17).

Conversión, convertirse, significa tomar conciencia de que definitivamente no somos como deberíamos ser, como Dios quiere que seamos; mirar en qué y por qué estamos fallando, y corregir lo que sea necesario corregir, rechazando lo que sea rechazable, mejorando lo que pueda mejorarse, e insistiendo una y otra vez, en la práctica del bien.

Convertirse es dejar atrás, de una vez por todas, lo que hemos sido, lo que somos, y no se compagina, no es coherente con nuestra condición especial de cristianos, discípulos y seguidores de Jesús,  y empezar a ser mejores; empezar a vivir de una manera nueva, nuestro compromiso con Jesús, el hombre en plenitud.

Todos, sin excepción, tenemos necesidad de convertirnos, porque todos somos pecadores; todos hemos fallado de una forma o de otra; todos nos hemos alejado de una u otra manera, de Dios y de nuestros hermanos.

Todos tenemos necesidad de conversión, porque siempre podemos amar más de lo que amamos; ser más disponibles y serviciales de lo que somos. Siempre podemos ser más generosos y solidarios con las personas que sufren; más amables, más sencillos, más humildes, más justos, más veraces.

Todos tenemos necesidad de conversión, porque siempre podemos creer más, tener una fe más profunda; vivir con mayor alegría y esperanza; seguir con más fidelidad el Evangelio de Jesús.

Convertirnos, reconciliarnos con Dios y con los hermanos, con el mundo en que vivimos, y con nosotros mismos. Se dice fácil, pero puede ser muy difícil. Sin embargo, sabemos que Dios es generoso y nos da su gracia para que podamos hacerlo. Estamos seguros de ello. Sólo hace falta que le pidamos con fe que abra nuestro corazón a su amor misericordioso, y a la luz del Espíritu Santo, presencia vida de Jesús en nuestro corazón. Lo demás viene como consecuencia de esto.

CREER EN LA RESURRECCIÓN

DE JESÚS…

Creer en la resurrección de Jesús, no es, simplemente, aceptar en silencio una verdad de la Iglesia, un dogma de fe. Ni es tampoco decir con los labios: “yo creo”. La verdadera fe, no es cuestión de palabras, es cuestión de vida.

Creer en la resurrección de Jesús es:

  • sentir en el corazón, que Jesús vive, que está con nosotros, y que actúa en nuestra
    historia personal y comunitaria;
  • mantenernos alegres aún el las circunstancias difíciles;
  • luchar por lo que parece imposible;
  • conservar la esperanza contra toda esperanza;
  • tener la certeza de que suceda lo que suceda en nuestra vida y en la historia del mundo, el bien triunfará sobre el mal.

Creer en la resurrección de Jesús es:

  • no tener miedo a nada ni a nadie, porque Jesús resucitado es nuestra fuerza;
  • enfrentar con entereza las dificultades que la vida nos trae; superar la tristeza, sonreír en medio del dolor;
  • estar seguros de que la vida es más fuerte que la muerte, el bien más fuerte que el mal, el amor más fuerte que el odio.

Creer en la resurrección de Jesús es:

  • abrir el corazón para acoger a los que necesitan ser acogidos, para servir a los que necesitan ser servidos, para socorrer a los que necesitan ser socorridos, haciendo realidad en nuestra vida su mensaje de amor, de perdón, de justicia, de verdad, de libertad y de paz.

El Tiempo Pascual es el tiempo oportuno para agradecer alegres el don del Bautismo, que nos comunica una vida nueva en Jesús muerto y resucitado, y para gritar al mundo que él – Jesús -, es la esperanza de todos los hombres y de tos los pueblos, porque su mensaje es el único capaz de transformar los corazones, llevarnos por caminos de paz, y comunicarnos la verdadera felicidad, que sólo puede venir de Dios.

LA SANTA CRUZ

Somos cristianos y la cruz es nuestro distintivo, nuestro emblema y escudo.

Representa para nosotros la muerte y también la vida; la maldición y la bendición; el pecado y la salvación.

La cruz nos recuerda de dónde venimos y hacia dónde vamos; es nuestro pasado, nuestro presente, y también nuestro futuro.

Es simple y sencilla en apariencia, pero en realidad es grande y majestuosa, porque en ella sucedió un acontecimiento fundamental en nuestra historia; un acontecimiento que marcó el comienzo de un tiempo nuevo, de una vida nueva.

Con su brazo vertical, la cruz une el cielo y la tierra en un estrecho abrazo que no se deshará jamás. Y con su brazo horizontal nos invita a todos a abrir nuestras manos y ofrecerlas a quienes viven a nuestro lado para formar una cadena de alcance universal.

Trazar la señal de la cruz cada mañana al levantarnos, sobre nuestra frente, nuestros labios y nuestro corazón, es renovar nuestra fe en Dios que nos ama y que nos dio en Jesús, su Hijo, la mayor muestra de su amor.

Llevar una cruz en el pecho es proclamar que nos sentimos identificados con Jesús, en quien creemos, a quien amamos, y a quien queremos seguir, haciendo realidad en nuestra vida su Evangelio de amor y de servicio.

Tener una cruz en la casa, hacerle un altar, y rendirle honores, es poner nuestra vida entera al amparo del amor salvador de Dios, y confiarnos a su misericordia infinita.

Tengamos todo esto muy presente, el próximo 3 de mayo, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

1 DE NOVIEMBRE,

DÍA DE TODOS LOS SANTOS

El 1 de Noviembre, celebramos la Solemnidad de Todos los Santos, establecida por el Papa Gregorio IV en el año 835.

En esta solemnidad, a Iglesia nos invita a pensar en todas las personas justas, en todas las personas sencillas y buenas, que ya han muerto, y gozan de la presencia permanente de Dios. No se trata simplemente de los santos canonizados, sino también de todas aquellos hombres y mujeres, que amaron a Dios y a sus hermanos mientras vivían en el mundo, de manera anónima, y han recibido el “premio” prometido y alcanzado por Jesús para nosotros: poder mirar a Dios “cara a cara” y ser felices eternamente a su lado.

En sus Cartas a los cristianos de las comunidades establecidas por él, el apóstol San Pablo insiste, una y otra vez, en la necesidad que tenemos quienes creemos en Jesús, de ser santos, porque fuimos especialmente llamados por él a la santidad, y ella es nuestra primera vocación: “…a todos los amados de Dios que estáis enRoma, santos por vocación; a vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Romanos 1, 7); “Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia…” (Colosenses 3, 12); “Que Él, el Dios de la paz, los santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo”  (1 Tesalonicenses 5, 23).

Todos podemos ser santos, si acogemos en nuestro corazón la gracia de Dios y hacemos realidad en nuestra vida, en nuestras circunstancias particulares y en la medida de nuestras posibilidades, que Dios conoce perfectamente, el Mensaje de Amor de Jesús. El Espíritu Santo, que vive en nuestro corazón es nuestro santificador.

Procuremos participar en la Santa Misa de este día para alabar a Dios por su bondad y su amor por nosotros, y para encomendarnos a Todos los Santos – entre quienes pueden estar nuestros padres, parientes y amigos fallecidos – pidiéndoles su protección y su ayuda en nuestras necesidades espirituales y materiales.

UNA PALABRA SOBRE LOS ÁNGELES

La celebración de la Fiesta de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael, el próximo 29 de septiembre, y la de los Ángeles custodios el 2 de octubre, nos invitan a hacer una reflexión especial sobre este tema, que ha cobrado interés en los últimos tiempos, gracias al Movimiento de la Nueva Era, que poco a poco se ha ido apoderando de algunos elementos cristianos, pero tergiversándolos.

  • ¿Qué nos dice la doctrina católica sobre los ángeles?

Teniendo como fundamento la Sagrada Escritura, la Iglesia nos enseña que los ángeles son seres creados por Dios, puramente espirituales, que superan en perfección a todas las criaturas visibles, incluyéndonos a nosotros. Los ángeles tienen inteligencia y voluntad, y son inmortales.

  • ¿Cuál es la misión de los ángeles?

La misión propia de los ángeles es glorificar y alabar a Dios, como Creador y Señor del universo, y actuar como sus mensajeros delante de los hombres. Así nos lo muestra la Historia de la Salvación. Además, Dios da a cada hombre y a cada mujer, un “ángel de la guarda”, que lo acompaña y protege desde el nacimiento hasta la muerte; lo proclama el Salmo 91: “No ha de alcanzarte el mal, ni la plaga se acercará a tu tienda; que Él dará orden sobre ti a sus ángeles, de guardarte en todos tus caminos” (Salmo 91, 10-11)

Aunque el Nuevo Testamento habla de Ángeles, Arcángeles, Querubines, Serafines, Tronos, Dominaciones y Potestades, toda una jerarquía de ángeles, la Biblia sólo menciona a tres Arcángeles por su nombre propio: Gabriel, que quiere decir “héroe de Dios”, Rafael, “Dios cura”, y Miguel “¿quién como Dios?”

RESURRECCIÓN vs. REENCARNACIÓN

Entre las muchas ideas y creencias que el movimiento de la Nueva Era busca propagar, está la idea de la reencarnación, que contradice abiertamente nuestra fe cristiana, católica, en la resurrección.

La idea de la reencarnación no es una idea nueva. A lo largo de la historia ha aparecido y desaparecido muchas veces, en diferentes momentos y circunstancias. Su origen más remoto está en las antiguas religiones orientales, que ahora ocupan un puesto importante en el pensamiento occidental.

  1. ¿En qué consiste la idea de la reencarnación? ¿Qué promulga?

Básicamente podemos afirmar que la idea de la reencarnación sostiene que el hombre, el ser humano, no tiene sólo una vida, sino muchas vidas sucesivas, y que la muerte no es más que un paso de una vida a otra en una cadena interminable.

Cuando un hombre o una mujer mueren, reencarnan, es decir, vuelven a la vida, en el cuerpo de otro hombre o de otra mujer, según haya sido su vida anterior y el mal que hayan hecho y del cual deban purificarse.

Este continuo reencarnarse, le permite al ser humano purificarse de sus malas acciones y alcanzar la salvación.

El número de reencarnaciones es ilimitado y sólo depende de cómo se viva y el grado de purificación que deba conseguirse.

  1. ¿Por qué esta idea contradice la fe en la resurrección?

La idea de la reencarnación contradice directa y abiertamente nuestra fe en la resurrección, porque esta sólo admite la existencia de una vida única, que se prolonga en la eternidad. Nacemos, vivimos en el mundo, morimos, y resucitamos a la Vida Eterna con Dios. Esta Vida Eterna con Dios es una manera diferente de existir, y será feliz o desgraciada, según haya sido nuestra vida terrena. Así sucedió con Jesús y así sucederá con nosotros. Una sola vida terrena y una sola muerte que da paso a la Vida Eterna, a la vida definitiva que nunca acabará.   

La salvación que necesitamos y el perdón de nuestras culpas y pecados, ya los obtuvimos por los méritos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, nuestro único Señor y nuestro Salvador.

La Carta a los Hebreos lo dice con claridad:

Y del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación ya con el pecado, a los que esperan su salvación” (Hebreos 9, 27-28)

Los que sostienen que Jesús creía en la reencarnación, y que en la Sagrada Escritura se encuentran referencias a ella, están totalmente equivocada y su afirmación es maliciosa y destructiva; sólo pretenden desviarnos de la verdad. No te dejes confundir.

Un consejo: revisa tus creencias y renueva tu fe en Jesús y en su Palabra de amor y de esperanza. Nada ni nadie puede darnos más de lo que él nos dio. Nada ni nadie puede hacernos más felices de lo que él nos hace.   

MIRAR LA MUERTE CARA A CARA

He estado leyendo un libro y me siento profundamente impactada por él. Por eso, precisamente, escribo esta reflexión. Contiene el relato de las vivencias espirituales de un sacerdote salesiano español, cuando le diagnosticaron un cáncer gástrico muy agresivo y avanzado, que lo llevó a la muerte poco tiempo después, en 1996, a los 53 años de edad. Parece trágico pero no lo es.  Título del libro: “Quiero ser Palabra”; autor: Ricardo Arias; Editorial CCS, Madrid.

¿Qué hecho concreto me ha llamado la atención? Respuesta: una manera especial de mirar la vida, y a través de ella, una manera totalmente nueva de ver la muerte – o al revés, no sé -, de enfrentarse cara a cara con ella, de esperarla, y hasta, por qué no, de desearla y prepararse para “vivirla” con intensidad, como el acontecimiento más importante de la historia personal.

Un párrafo, al comienzo del libro, indica claramente la idea del padre al escribirlo: quería hacerse consciente de todos los dones que había recibido de Dios a lo largo de su vida y del ejercicio de su vocación sacerdotal, agradecerlos uno a uno, y con ellos, dar sentido a todos los momentos de su enfermedad, especialmente a aquellos en los que le fuera difícil orar:

Quiero escribirme estas páginas a mí mismo, desde la oración de hoy. Quiero con ello ayudarme para la oración de mi futuro, cuando el Señor me coloque en otro momento privilegiado… cuando las condiciones de mi salud hagan que mis carnes, mis huesos y mi espíritu no sean capaces de disfrutar sensiblemente de la riqueza y la libertad creadoras que me ha ofrecido a diario la experiencia de la vida creyente… Quiero que sean los días de la gran palabra y de la vida más rica…”

A partir de aquí, el libro se desarrolla en un tono alegre, optimista, vivificante. Casi se puede tocar la paz interior que experimenta su autor, el gozo inefable que brota de lo más profundo de su corazón, el agradecimiento que respira… Una paz, un gozo y un agradecimiento que quiere comunicar a todos los que están cerca de él, a todos los que comparten con él esta etapa tan importante y decisiva de su vida…   

¡Qué maravillosa enseñanza la de este sacerdote! Prepararnos para la muerte, haciéndonos conscientes de la vida que hemos vivido, de los acontecimientos buenos y no tan buenos, que nos han marcado y de los cuales hemos aprendido, de las personas con quienes hemos compartido, de aquellos a quienes hemos amado… Agradeciéndolo todo, dándole sentido y valor a todo… Prepararnos para la muerte, mirándola cara a cara, a través de la vida que hemos vivido, sintiéndola no como una amenaza, como un peligro que nos acecha, como una catástrofe inevitable, sino como un momento crucial, un gran suceso, el momento de la verdad, el momento del encuentro, el momento del abrazo esperado, el momento de la felicidad sin límites.   

Pero no todos tendremos esta oportunidad de saber que vamos a morir y de tener la entereza necesaria para salir al encuentro de la muerte con fe y esperanza. Por eso tenemos que tener muy claras las cosas desde ahora y no dejar pasar de largo ninguna ocasión de decirle a Dios que lo amamos, y que esperamos con ansias el día en que podamos mirarlo “cara a cara”, y hablar con Él como “un amigo habla a otro amigo”. 

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