SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

LA FE

EL REGALO INMENSO DE LA FE

¿Haz pensado alguna vez qué sería tu vida sin la fe?

¿Qué sería de tu vida sin poder creer en Alguien más allá de ti mismo y de este mundo en el que vives?

Yo sí lo he pensado y lo sigo pensando con cierta frecuencia, y te cuento que cuando lo hago se me nubla la vista y una oscuridad de muerte se cierne sobre mí, de tal manera que todo lo que me rodea pierde su sentido y su valor, y ya no me queda nada por qué seguir luchando, esforzándome; entonces miro al cielo y la luz de Dios me ilumina de nuevo, deshace las tinieblas que me envuelven, y doy gracias por este don maravilloso que Él me ha regalado, que yo he recibido con gozo y disponibilidad, y que llena mi corazón con su fuerza y su ternura.

Y es que la fe, cuando es verdadera, enriquece infinitamente nuestro ser. Da sentido a nuestras penas y a nuestras alegrías, a nuestros anhelos y a nuestros proyectos, a nuestros triunfos y a nuestros fracasos, a nuestro caminar de cada día.

La fe, cuando es verdadera, es luz que ilumina todos los acontecimientos de nuestra historia personal, y la fuerza que nos anima a luchar y a seguir adelante, aunque las circunstancias sean difíciles.

La vida se vive con más entusiasmo, con más interés, con más ganas, con más decisión, cuando se tiene fe, cuando Dios mismo es nuestro mayor anhelo; cuando sabemos, cuando estamos perfectamente seguros de que Él está a nuestro lado y nos guía y acompaña siempre, porque nos ama con un amor infinito. Mejor aún, cuando entendemos que “en Él vivimos, nos movemos y existimos”, como dice San Pablo.

La fe da a nuestra vida débil y limitada, dimensiones de eternidad. Hoy, ahora, estamos aquí en el mundo, pero un día más o menos cercano o lejano, esta vida que tenemos se convertirá en una vida nueva, una vida totalmente renovada y fortalecida, una vida eterna y feliz con Dios, y nos sumergiremos en su bondad y en su amor.

Cuando se tiene esto presente, es mucho más fácil afrontar las dificultades que a diario se nos presentan, superar los obstáculos, dar sentido a lo que aparentemente no lo tiene, a lo que en sí mismo es una contradicción de la vida.

Hazte consciente de tu fe; cree no por inercia sino con determinación; que la fe ilumine cada acto de tu vida, cada palabra, cada pensamiento, cada decisión.

Siente la presencia constante y amorosa de Dios en ti, a tu lado, en tu corazón. Verás cómo tu vida adquiere una dimensión nueva y más profunda; cómo todo es muchísimo mejor para ti y para quienes viven a tu alrededor.  

¡Creo, Señor, pero ayuda a mi poca fe!”  (Marcos 9, 24)

CREER, AMAR Y ESPERAR…

La vida cristiana se puede resumir en tres palabras: CREER, AMAR Y ESPERAR.

CREER:

La fe es el marco de referencia y también el fundamento de nuestro ser y de nuestro obrar como cristianos y católicos que somos, hijos amados de Dios Padre, discípulos y seguidores de Jesús y de su mensaje de salvación, templos vivos del Espíritu Santo.

Cuando somos dóciles a la acción que Dios realiza en nuestro corazón, por el don de la fe que él mismo nos regala en el Bautismo, somos capaces de encontrarlo, de verlo y de sentirlo, en todas las situaciones de nuestra vida y de la vida del mundo, y también, referir a él todas nuestras acciones.

La fe, cuando es verdadera, cuando nace en lo más profundo de nuestro corazón, nos permite percibir y acoger el amor infinito de Dios por nosotros, aún en las situaciones más difíciles, y vivir esos acontecimientos, esas circunstancias negativas, de una manera distinta a como las viven las personas que no tienen fe, o que sienten a Dios muy lejos de su corazón.

AMAR:

El amor es el motor que nos mueve, la fuerza que nos impulsa, la luz que nos guía en cada actividad que emprendemos, y también en el trato constante con Dios, a quien reconocemos como nuestro Padre y Señor, y con las personas que comparten su vida con nosotros.

Benedicto XVI, en su Encíclica Dios es Amor, nos dice: “Lo que nos va a salvar no son las teologías, sino el amor. No se trata de saber mucho de Dios, de tener muchas ideas en la cabeza, de saber muchas verdades y poder explicarlas, sino de amar a la manera de Dios; de parecernos a Dios en su amor.

¿Cómo ama Dios?… Como ama Jesús que es su Hijo, su imagen, su Palabra. ¿Cómo ama Jesús?… El Evangelio nos lo muestra en hechos concretos, y nos recuerda sus palabras: “Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos; ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Juan 15, 13-14). El amor de Jesús es un amor  sin límites; un amor hasta el extremo. 

¿Amar a quién?… A las personas con quienes convivimos, pero de una manera especial, amar a las personas más desprotegidas, a las más necesitadas de la sociedad, con quienes Jesús se identifica siempre.

Amar con amor activo y efectivo. De palabras y de obra. Con iniciativa, con creatividad. Siempre hay alguien cerca de nosotros que necesita que lo amemos. 

ESPERAR:

La esperanza es la certeza que tenemos de que nuestro ser y nuestra vida están proyectados a la eternidad, donde alcanzarán su plenitud. Todo lo que anhelamos y buscamos aquí y ahora, lo encontraremos un día, más o menos cercano o lejano, en la Vida eterna con Dios, nuestro principio y también nuestro fin. La verdadera fe nos conduce a la esperanza; o mejor, la fe y la esperanza van unidas, se soportan mutuamente. Porque creemos, esperamos; y viceversa, porque esperamos podemos decir que también tenemos fe. La esperanza, podríamos decir, proyecta nuestra fe a la eternidad.

Para los seres humanos, es absolutamente imposible vivir sin esperanza. Y también lo es, morir sin esperanza. La esperanza da sentido a la vida y también a la muerte.  Dejar de esperar, dejar de tener una esperanza viva y palpitante, es señal de muerte inminente, de batalla perdida, de fracaso total.

Perder la esperanza es dejarse vencer por el pesimismo, mientras que mantenerla, aún en las circunstancias más difíciles, es caminar hacia un fin claro y determinado, que se puede ver desde lejos. 

Jesús resucitado es el fundamento de nuestra esperanza. Su resurrección nos muestra con toda claridad, que nuestra vida humana, no termina, sino que se transforma, y que esa transformación de la vida nos llevará a la plenitud de nuestro ser en Dios.

Cree… ama… espera…

El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto sino que goza en la verdad. Perdura a pesar de todo; lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo. El amor nunca pasará. (1 Corintios 13, 4-8)

CREER SIEMPRE…

Creer, tener fe, no puede ser cuestión de momentos, de circunstancias, de oportunidades, de estados de ánimo. La fe, si es verdadera, tiene que ser cosa de todos los días, de todas las circunstancias, de todas las situaciones; tiene que ser cosa de siempre, de toda la vida.

Tenemos que creer cuando reímos y el corazón nos salta de alegría, y también cuando las lágrimas brotan de nuestros ojos, y el alma se siente atravesada por un dolor que la desgarra. Cuando todo nos sale bien, y cuando perdemos, cuando fracasamos.

Tenemos que creer cuando nos sentimos optimistas, y también cuando estamos tristes, angustiados; cuando estamos rodeados de amigos que nos quieren y nos apoyan, y también cuando nos sentimos solos, abandonados, perseguidos.

Tenemos que creer hoy, mañana y pasado mañana, aquí y allá, ahora y siempre. Creer en la rutina de la vida diaria, en medio de los quehaceres sencillos de todos los días; creer siempre, donde estemos, haciendo lo que hacemos.

Creer con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas. Creer que, sea como sea y pase lo que pase, Dios está ahí, a nuestro lado, acompañándonos, guiándonos, amándonos, alegrándose con nuestras alegrías, sufriendo con nuestro dolor.

Creer que Dios puede convertir el mal en bien, la oscuridad en luz, la tristeza en alegría, los fracasos en victorias, el dolor en fuente de vida y esperanza.

Creer que cuando el Espíritu de Dios habita en nuestra alma por la gracia, todo lo que pensemos, digamos y hagamos en su nombre y por amor, hará que el mundo sea mejor para todos.

Integrar la fe y la vida es el único modo de creer de verdad; un don que hay que pedir, un regalo que hay que cuidar.

LA FE Y LAS OBRAS

Siguiendo con nuestro tema de la fe, podemos decir, que aunque la fe hace referencia directa a unas verdades que todos debemos aceptar, defender y proclamar, no podemos pensar, que la fe sea simplemente algo abstracto, teórico, alejado de la realidad de nuestra vida; una mera doctrina y nada más. Al contrario. La fe, para que sea verdadera, tiene que expresarse, tiene que mostrarse en la vida concreta que vivimos, en lo que somos, en lo que hacemos. Porque tener fe, creer, es, de una manera muy especial, cuestión de vida. Nos lo dice claramente Jesús: “No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la Voluntad de mi Padre celestial” (Mateo 7, 21)

Ser cristiano y católico, es pues, mucho más que aceptar pasivamente, unas verdades. Ser cristiano, católico, es asumir un estilo de vida particular: el estilo de vida de Jesús de Nazaret, en quien Dios se nos da a conocer.  Es proponerse vivir como Jesús vivió, pensar como Jesús pensó, sentir como Jesús sintió, mirar el mundo y a las personas como él las miró cuando estaba en nuestra tierra, y como las sigue mirando desde la gloria del Padre; es hacer en todo y siempre lo que Jesús hizo y como lo hizo.

Ser cristiano, católico, es hacerse “imagen viva de Jesús”, “transparencia de Jesús”, “retrato de Jesús”, en el lugar y en el tiempo en los que nos correspondió vivir, en medio de quienes se desenvuelve nuestra vida, en lo que somos, en nuestra cotidianidad. Amar a Dios como él lo amó, servir a la gente como él la sirvió, perdonar como él perdonó, ser humilde, sincero, misericordioso, sencillo, honesto, justo, generoso… como él lo fue siempre.

Ser cristiano, católico, es, en una palabra, hacer del amor la norma de vida, porque donde está el amor está todo. La fe y el amor están íntima y profundamente unidos. El apóstol Santiago nos lo dice con gran sencillez y total claridad: “¿De qué sirve, hermanos
míos, que alguien diga: “tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de ustedes les dice: “Váyanse en paz, caliéntense y hártense”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también, la fe, si no tiene obras, está realmente muerta” (Carta de Santiago 2, 14-17)

LA DUDA QUE FORTALECE LA FE

Hay momentos, circunstancias, acontecimientos de la vida, que nos llevan a plantearnos muy seriamente el tema de la fe, y todo lo que a ella le compete. Frente a un accidente inesperado, una tragedia natural, la muerte repentina o especialmente dolorosa de alguien a quien amamos, y otras cosas por el estilo, solemos hacernos muchas preguntas que, en el fondo, son un cuestionamiento claro a Dios y a nuestra relación con él.

No es malo dudar. La duda es, en cierto sentido, un elemento integrante de la fe, mientras no nos empeñemos en ella, y en la medida en que pongamos los medios para superarla. Lo malo de la duda es el desaliento que puede producir en nosotros, si no nos damos prisa en buscar una ayuda que nos permita retomar el camino perdido.

¿Qué podemos hacer cuando la duda llegue a nuestra mente y a nuestro corazón de creyentes?

La respuesta es clara. Cuando la duda llegue a nuestra mente y a nuestro corazón, lo primero que debemos hacer es aferrarnos al poquito, a la gota, de fe que todavía subsista en nosotros, elevar nuestro corazón a Dios, y pedirle con toda humildad su gracia, para recuperarla. Dios que nos da la fe como un regalo, es el único que puede llevarnos con seguridad a derrotar nuestras vacilaciones. La oración humilde y constante es un elemento fundamental en la lucha contra la incredulidad.

Y en segundo lugar, busquemos ayuda de otras personas, que, por su vivencia cristiana y sus conocimientos, puedan darnos las explicaciones que buscamos; personas que oren con nosotros y por nosotros, y que a la vez iluminen nuestra mente y nuestro corazón con ideas y razones claras que nos permitan volver a creer a pesar de las circunstancias. Aunque la fe es un conocimiento superior al que nos proporciona la razón, por nuestra condición humana también necesitamos, muchas veces, razones para creer.

Lo importante no es no dudar nunca, sino no permitir que la duda o las dudas crezcan de tal manera, que hagan que la fe se extinga, sin hacer nada para recuperarla, para profundizarla, para hacerla crecer, avanzar, renovarse.

OSCURIDAD DE LA FE

La fe es luz que ilumina el alma, la vida entera.  Pero también es, muchas veces, y por diversas circunstancias, oscuridad, silencio, soledad, humildad…

Así fue la fe de María, y también la fe de José. Entrega total, absoluta, generosidad sin límites, amor a prueba de todo.

Dios actúa a su tiempo, con su ritmo, que está marcado por la eternidad. Llenando cada momento de nuestra historia con su amor y su fidelidad. Dios obra sin dar explicaciones. No tiene que hacerlo. Todo lo hace bien y para el bien.  A nosotros sólo nos toca creer con todo el corazón; creer, confiar en su amor y en su bondad. La verdadera fe es ante todo confianza absoluta, seguridad total.

Dios actúa misteriosamente, porque Él mismo es misterio. Misterio que no podemos comprender. Misterio para contemplar. Misterio para adorar… A nosotros sólo nos toca creer y esperar. Creer y esperar creyendo. La fe y la esperanza van siempre de la mano, unidas. Donde está la una está también la otra. Donde falta una falta también la otra.

Dios sabe cómo hace sus cosas, cuándo las hace, por qué las hace, para qué las hace, y también por qué no las hace. Nosotros sólo tenemos que estar ahí, mantenernos atentos  su acción, hacernos disponibles, dejarlo actuar, dejarnos llevar por su amor que todo lo ordena, que todo lo conduce para nuestro bien, para nuestra salvación. Nosotros sólo tenemos que mantener la confianza y estar seguros de que aunque no lo veamos, ni lo “sintamos”, Él está obrando en nosotros y en los otros, y su acción es siempre salvadora.

Que tu fe no dependa de señales, de sucesos extraordinarios, de milagros.

Que tu fe se mantenga a pesar de la rutina de la vida, a pesar de los sufrimientos, a pesar de los problemas y las dificultades.

Que tu fe crezca y produzca frutos aunque a veces sientas que Dios no te escucha, que no te da lo que le pides, que no hace lo que tú crees que debe hacer.

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