SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

LA CONFESIÓN

¿CONFESARME?… ¿PARA QUÉ?           

Es un hecho que no podemos negar: el Sacramento de la Penitencia ha perdido para los católicos de hoy, importancia e interés. Los confesonarios que antes estaban siempre ocupados, actualmente están casi siempre vacíos, y las filas interminables de penitentes que se formaban a su alrededor en los tiempos especiales de la Iglesia, particularmente en la Cuaresma, la Semana Santa, el fin de año, y los días anteriores al primer viernes de cada mes, ya no aparecen por ninguna parte. ¿Por qué?

Las respuestas pueden ser múltiples, pero vamos a centrarnos en una, que es, a mi modo de ver, la fundamental, la que está en la base: el hombre actual, el ser humano de hoy, ha perdido en gran medida, el sentido del pecado, la conciencia del pecado, estrechamente ligado al sentido de Dios, y por lo tanto, piensa que no necesita para nada la Confesión, tal como está estipulada por la Iglesia, cuya autoridad en estos temas proviene de Dios mismo.

Para los hombres y las mujeres de hoy entre quienes, sin duda, nos contamos el pecado no existe, o al menos no se identifica con algo claro y concreto, y por lo tanto, no tenemos necesidad de confesarnos; no cometemos pecados sino pequeñas faltas sin importancia, entonces basta con que hagamos una oración sencilla y asunto concluido, todo quedará olvidado; además piensan y dicen muchos -, nadie tiene por qué acusarse y revelar los secretos más íntimos de su corazón, a una persona el sacerdote tan humana y pecadora como todas.

De esta manera, el Sacramento de la Penitencia llamado también Sacramento de la Reconciliación -, ha sido relegado al último lugar de nuestras prácticas religiosas, y con ello hemos perdido, casi sin darnos cuenta, un verdadero tesoro para nuestra vida de fe, y también, por qué no, para nuestro crecimiento y desarrollo humano integral, porque además de las gracias especiales de Dios que este sacramento nos comunica, abrir nuestro corazón, desahogar nuestra conciencia, y compartir nuestras inquietudes espirituales, tiene también efectos positivos contundentes para nuestra salud mental y emocional. Un sicólogo famoso de tiempos pasados afirmaba: Si la Confesión no existiera, habría que inventarla, por el gran beneficio que trae a quienes acuden a ella. 

Todos los sacramentos nos hablan del amor misericordioso de Dios por cada uno de nosotros, pero la Confesión lo hace de un modo especial. En ella y por ella se hace presente y actuante, la salvación que Jesús alcanzó para nosotros con su encarnación, su vida en el mundo, su dolorosa pasión y muerte, y su gloriosa resurrección. Por su intercesión directa, Dios perdona todos y cada uno de nuestros pecados personales, grandes y pequeños, y como el padre de la Parábola del hijo pródigo, que nos refiere San Lucas en su Evangelio (15, 14-24), hace fiesta, porque hemos regresado a su casa, a su amor, a su camino de Verdad y de Vida.

Confesarnos con frecuencia nos trae grandes beneficios. Dios nos comunica los dones de su amor con total generosidad, y esos dones nos fortalecen espiritualmente y nos capacitan para nuestra lucha contra el mal y el pecado que, reconozcámoslo o no, tratan de destruirnos.  Cuando nos confesamos, Jesús nos dice por boca del sacerdote, lo que tantas veces repitió a quienes se acercaban a él para ser curados: “Tus pecados te son perdonados, Vete en paz y no vuelvas a pecar.

El pecado nos daña, nos esclaviza, deteriora nuestras relaciones con Dios y con los demás, y muchas veces las destruye, debilita nuestro ser de católicos, y cada vez nos hace más vulnerable a la tentación y al mismo pecado. La confesión nos libera, nos limpia, nos renueva, nos reconstruye. 

¡No lo dudes más! Busca un sacerdote y haz una buena confesión en este tiempo privilegiado. Tu vida entera será renovada y la paz de Dios llenará tu corazón.

Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es Dios para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia (1 Juan 1, 8-9)

LOS PECADOS DE OMISIÓN 

Cuando los cristianos hablamos del pecado o de los pecados, generalmente nos referimos a los pecados que se concretan en una acción determinada, que está por fuera de los mandamientos o que los contradice abiertamente: los pecados de pensamiento, los pecados de palabra y los pecados de obra; y muy pocas veces, casi nunca, a los pecados de omisión, que son por lo demás verdaderos pecados, y que como tales, significan un rechazo abierto o velado – de Dios y de su voluntad de amor y de salvación.

Omitir” significa, según nos dice el diccionario, dejar de hacer una cosa, pasar en silencio una cosa. Y “omisión” es la abstención de hacer o decir algo que es necesario o conveniente. Los pecados de omisión son, entonces, todos aquellos que resultan de nuestra incapacidad para hacer el bien, de nuestra falta de voluntad para actuar con diligencia frente al mal que nos cerca y trata de ahogarnos.

Son pecados de omisión, por ejemplo:

la no participación en la Eucaristía de los domingos;

la pereza que nos impide orar con frecuencia y largamente;

la falta de disponibilidad y de interés para conocer mejor la persona de Jesús y su Evangelio;

las palabras que no decimos para defender la Iglesia delante de quienes la atacan o se burlan de ella;

los abrazos que no damos a quienes necesitan nuestro apoyo y nuestra comprensión;

las palabras bondadosas que no decimos;

las enseñanzas y buenos consejos que no damos;

los bienes materiales que no compartimos con quienes no poseen nada;

el desinterés que tantas veces manifestamos frente a los sufrimientos de quienes viven cerca de nosotros;

la insolidaridad con quienes padecen en cualquier sentido,

y muchas otras cosas por el estilo.

Pecamos por omisión con más facilidad de lo que en general pensamos y estamos dispuestos a aceptar. Sólo que no tomamos conciencia de ello, porque nuestra capacidad de conocer está más entrenada para dirigirse a lo que es, a lo que tiene una realidad objetiva, que a lo que no aparece de modo claro ante nuestros ojos, y por consiguiente, no podemos ver ni tocar.

Si pensamos con detenimiento, podemos darnos perfecta cuenta, de que es tan negativo hacer el mal, como no hacer el bien aunque sea aparentemente pequeño- que estamos en capacidad de realizar, y que tal vez, en muchos casos, esto último sea incluso peor, porque significa que nuestra fe cristiana es una fe apática, una fe débil y desganada; falta de un verdadero compromiso con Dios y con los demás; en fin. 

Si hacemos un examen humilde y consciente de nuestra vida, seguramente encontraremos muchos pecados de omisión en nuestra conducta cotidiana porque los pecados de omisión están relacionados de una manera especial con los talentos y las capacidades que Dios a dado a cada persona, y con su situación particular.

Los cristianos somos constructores, junto con Jesús, del Reino de Dios, que él vino a traer a la tierra; y este Reino de Dios, este reinar de Dios, sólo se puede realizar en la medida en que nosotros hagamos crecer el bien con nuestras buenas obras de cada día, cada uno en el lugar de la sociedad que ocupa, y de acuerdo con las capacidades que Dios le ha dado.

Si alguno peca, tenemos a uno que abogue por nosotros, ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (1 Juan 2,1)

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