SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

LA EUCARISTÍA

EL CUERPO Y LA SANGRE DEL SEÑOR

La Eucaristía es la mayor riqueza de la Iglesia. En ella, Jesús se hace presente en medio de nosotros, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad, para ser nuestro alimento espiritual, fortalecer nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, y acompañarnos en nuestro caminar de cada día. Por esta razón, la Iglesia  nos invita cada año a celebrar con especial solemnidad la grandeza de este misterio sublime,  que enriquece maravillosamente nuestra vida cristiana.

Jesús Eucaristía es para nosotros verdadera comida y bebida de salvación. Cuando nos acercamos a recibirlo con las debidas disposiciones, su presencia nos comunica su amor inconmensurable, y con él las gracias de la salvación. Lo único que tenemos que hacer es abrir nuestro corazón  con la mejor disposición de ánimo, y dejarnos llevar por  él, con la absoluta certeza de que nos conducirá por buen camino.

Vivimos tiempos difíciles para la fe. A cada momento, en cualquier lugar del mundo, surgen ideas y consignas que abiertamente se enfrentan a la Iglesia y a lo que ella anuncia y predica; ideas que tratan de imponerse a como dé lugar, y que nosotros, los cristianos católicos tenemos que rechazar con valentía. Por eso, en estas circunstancias, tenemos que acudir a quien es la fuente de la Verdad y del Amor, para suplicarle que nos dé la fuerza que necesitamos para no claudicar, y seguir adelante nuestro camino hacia Dios, por los senderos que nos muestra el Evangelio.

Con Dios a nuestro lado, con Jesús Eucaristía en nuestro corazón y en nuestra vida, lo podemos todo; sin él, no podemos nada. Honrémoslo hoy con especial efusión, y demosle gracias por su presencia en medio de nosotros, de una manera tan maravillosa y constante, y no olvidemos que él está siempre ahí – en el sagrario y en la Santa Misa -, esperándonos con los brazos abiertos para acogernos, y para comunicarnos su amor salvador.

LA FIESTA DE JESÚS EUCARISTÍA

La Eucaristía reúne y hace presente para nosotros hoy, 2.000 años después, todo el amor que Jesús sintió en su corazón, la noche de la Última Cena. Un amor tan grande y profundo, que lo llevó a hacer algo inusitado y verdaderamente sorprendente: entregarnos su Cuerpo y su Sangre, símbolos de su realidad total, de su ser de hombre y de Dios, para que fueran “comidos y bebidos” por nosotros, y se constituyeran así, anticipadamente, en fuente de vida y de salvación.

La Eucaristía – Cuerpo y Sangre de Jesús – no es un mero símbolo; es una realidad. Una realidad incomprensible e inexplicable, pero realidad. Una realidad viva y operante. Jesús mismo se nos da, se nos entrega como “comida y bebida de salvación”.

Cuando comulgamos, es a Jesús mismo, Dios y hombre, a quien recibimos, aunque no podamos verlo ni tocarlo, ni gustarlo. Jesús muerto y resucitado para nuestra salvación. Comulgar es hacer una profesión de fe en él, y también, sellar un compromiso con él; el compromiso de asumir en nuestra vida la suya; su amor por Dios y su amor por la gente; su generosidad, su misericordia, su compasión, su honestidad, su justicia, su perdón y su paz.

Por eso, cuando comulgamos y lo hacemos con conciencia de lo que ello significa, nuestra vida tiene que ir transformándose; haciéndose cada día más conforme con el Evangelio. Jesús mismo tiene que ir apareciendo en nuestras obras y en nuestras palabras, en nuestras relaciones con las demás personas, en nuestro trabajo, en nuestra vida familiar. Si esto no sucede, es porque estamos comulgando rutinariamente, y Eucaristía y rutina son dos términos que no se compaginan, dos términos que no pueden ir juntos.

Aprovechemos esta fiesta de hoy para revisar este aspecto de nuestra práctica religiosa, y para hacer los correctivos a que haya lugar.

EL INMENSO VALOR DE LA EUCARISTÍA 

Olivia es una joven de Mozambique, en el sureste de África. Tiene 25 años de edad, y está recién bautizada en la Iglesia Católica.

Su historia es sorprendente, porque aún antes de recibir el Bautismo, gateaba 4 kilómetros, desde su casa hasta la iglesia más cercana, para poder participar en la Misa cada domingo.

Y es que las piernas de Olivia no se desarrollaron normalmente, y no puede caminar. Para movilizarse debe arrastrarse apoyada en sus dos manos, en una posición que la cansa y no la deja mirar hacia el cielo; además, en las épocas de verano, el sol calienta la arena del camino, y ella sufre quemaduras en sus palmas y sus pequeñas rodillas.

Pero la fe de Olivia es muchísimo más grande que su grave limitación física. Desde que la catequista le habló del enorme valor de la Eucaristía, ella no ha dejado de hacer lo posible y lo imposible por no faltar ningún domingo a su cita con Jesús.

Actualmente, Olivia vive en el Hogar de los Ancianos Desamparados en Chissano, donde fue acogida por las religiosas que lo atienden, y uno de los benefactores del hogar, conmovido por su situación y por su testimonio de fe heroico, le ha donado una silla de ruedas para que pueda movilizarse con más comodidad.  

Desde aquel alejado rincón de África, Olivia nos da una lección a quienes tenemos todas las facilidades para practicar nuestra fe, y con su ejemplo nos evangeliza.

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana auténtica, y merece la pena cualquier esfuerzo que hagamos para participar en ella cada domingo, y, por qué no, también a lo largo de la semana. Tenemos facilidades que muchos católicos del mundo no tienen y debemos aprovecharlas al máximo.

En el marco de nuestras relaciones con Dios, la Eucaristía es incomparable con cualquier otra oración o devoción. Su valor es infinito y las gracias que Dios nos regala en ella, por mediación de Jesús, que renueva la entrega de su vida por nosotros, innumerables.

En la Eucaristía, Jesús se hace nuestro compañero de camino, y su palabra ilumina con su luz, todas las circunstancias de nuestra vida, enseñándonos a enfrentarlas con dignidad y valor.

En la Eucaristía, el Espíritu Santo, Espíritu de Jesús resucitado y glorioso, nos fortalece con sus dones, y nos hace capaces de luchar contra el mal y el pecado que se n os imponen, y que intentan destruirnos.

La Eucaristía es preludio y anuncio de la Vida eterna y feliz con Dios que esperamos, y por la que trabajamos cada día.     

Nunca estamos más cerca de Jesús en este mundo, que cuando participamos en la Eucaristía de manera consciente y activa. Su presencia entre nosotros es tan real como cuando hablaba con sus discípulos a las orillas del lago de Tiberíades, o cuando acariciaba y bendecía los niños, aunque su imagen no hiera nuestra retina, y no podamos tocarlo con nuestras manos.

Nos lo enseña la fe que es un conocimiento superior al mero conocimiento intelectual.

Yo soy el pan de la vida.

El que venga a mí no tendrá hambre,

y el que crea en mí, no tendrá nunca sed…

El que come mi carne y bebe mi sangre, p

ermanece en mí y yo en él     (Juan 6, 35. 56)

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