SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

HISTORIAS QUE ENSEÑAN

EL ABORTO NO ES UNA OPCIÓN PARA UN CRISTIANO

Una de las ideas que los partidarios del aborto en todo el mundo, defienden a capa y espada, es el derecho que según dicen tienen las mujeres violadas que quedan embarazadas a causa de la violación, a deshacerse de su bebé. Una violación es un suceso muy doloroso afirman -, como para que además la mujer que la sufre deba someterse a recordarla permanentemente por la presencia de su hijo.

A primera vista, la mayoría de las personas puede ver este raciocinio como perfectamente lógico, y perfectamente aceptable. Sin embargo, los hechos nos muestran otra cosa.

Elizabeth Cameron es una joven inglesa de 19 años, que en 2005, cuando apenas tenía 16 años, fue violada salvajemente por tres hombres encapuchados, a la salida de su colegio y mientras esperaba que su mamá la recogiera para regresar a casa. Ella misma nos da su testimonio.

Cuando supe que estaba embarazada, mi sufrimiento aumentó considerablemente. Todo el mundo, menos mi mamá, me decía que debía hacerme un aborto. Mi papá incluso, me llevó a una clínica, donde trataron de convencerme de que era sólo una masa de células y que todo sería muy rápido y sin consecuencias para mí.

“En la escuela, mis amigos la mayoría de los cuales no sabía de la violación no podían entender por qué alguien de mi edad querría tener un bebé. Y los pocos a los que conté lo sucedido se horrorizaban más al saber mi decisión. Ahora no me arrepiento ni por un momento de lo que hice. Cada vez que miro a Phoebe, sé que tomé la decisión correcta. Nunca quise poner fin a la vida de mi bebé sólo por la forma en que fue concebida; ella no tiene la culpa de lo que sucedió.

Alguna vez afirma -, compartí la idea que tiene mucha gente de que dar a luz al hijo de un violador es impensable, pero desde que vi a la bebé en la primera ecografía, sentí mucha ternura. Me sorprende lo fácil que surgió el amor por mi hija mientras crecía dentro de mí, pero debo admitir que temía que mis sentimientos cambiaran cuando la viera por primera vez. Sin embargo, ella no me recordó esa noche y al tenerla supe que estar con ella era más importante que lo que había ocurrido.

“No pude considerar entregarla en adopción, como me decían algunos. Mi madre fue abandonada de bebé en una estación de trenes de Londres y eso la afectó mucho. Crecí rechazando que alguien pudiera abandonar a un niño inocente”.

La mamá de Elizabeth la apoya en todo, y sostiene: La gente puede pensar que no es posible amar a un niño concebido de esa forma, pero créanme, la amo más justamente por eso. Elizabeth agrega: “Nunca he culpado a Phoebe por lo ocurrido. Aunque fue aterrador, saber que iba a ser madre me ayudó a concentrarme en otra cosa. Supuse que debía tratar de ver más allá de lo ocurrido, y ver la vida que se había creado”.

Elizabeth se prepara para el momento en que su hija crezca y le pregunte por su padre: “Si debo hacerlo, le diré que ella fue lo bueno que surgió de algo malo. Y le diré que nunca me arrepentí de tenerla y que no estaría lejos de ella por nada del mundo”.

Frente a hechos tan graves como el aborto, que día a día se imponen en nuestra sociedad de la comodidad y el confort, los cristianos tenemos que tener ideas claras y crear opinión al respecto. Un caso como este nos ayuda a hacerlo efectivamente. Divulguemos con decisión todo lo que contribuya a hacer conscientes a los jóvenes y a la comunidad en general, del inmenso valor de la vida humana, sobre la cual el único que tiene derechos es Dios.

Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Timoteo 4, 2)

DEL CAMPO DE BATALLA A LA VIDA DE ORACIÓN

Extraña, por decir lo menos, pero por gracia de Dios, una hermosa realidad, que tiene que hacernos pensar a todos, y sacar consecuencias prácticas para nuestra vida de fe.

Es la historia de un soldado iraquí, que después de combatir en el ejército de su patria, y tener una experiencia de guerra bastante fuerte, decidió dejar todo atrás, e ingresar en un monasterio católico, donde actualmente vive dedicado de manera especial a la oración, porque está absolutamente convencido de que Dios es el único que puede dar a nuestra vida su verdadero sentido.

Permito que sea él mismo quien nos comparta su historia.

Vengo de una familia cristiana. En 1984 era soldado del ejercito iraquí. Combatí en la guerra contra Irán, y también luché contra los kurdos. En una ocasión fui hecho prisionero; un grupo de guerrilleros kurdos me capturó y permanecí tres meses en la montaña sufriendo crueles torturas. Me liberaron porque mi familia pagó un rescate por mí.

La vida militar en el ejército de Saddam me agotó y huí, convirtiéndome así en desertor. La policía me capturó y un tribunal militar me condenó a prisión.

En la cárcel descubrí la oración como verdadero alimento espiritual. Viví esta crisis con mucho dolor y sufrimiento en el cuerpo y el alma, pero el Señor estaba siempre conmigo. Fue así como este lugar de terror y de muerte, se convirtió para mí en oportunidad para comenzar una nueva vida.

Comencé a interrogarme sobre el verdadero sentido de la existencia humana, y sobre los valores que deben acompañarla; insistentemente me preguntaba sobre cuál sería el camino que debía tomar para realizar adecuadamente mi ser en el mundo. A estas preguntas sobre mí mismo se añadían otros interrogantes: ¿Por qué hay guerras, injusticias y odio en el mundo? ¿Por qué la humanidad no puede vivir en paz?

En medio de la angustia, oí una voz fuerte dentro de mí que me llamaba: «Ven y sígueme, encontrarás el verdadero sentido de tu vida». «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Juan 14, 6).

Cuando en 1988 terminó la guerra, ingresé a la Universidad en mi ciudad, Nínive. Continuaba frecuentando la Iglesia y pidiendo a Dios que confirmara mi vocación.

En 1991 comenzó la Guerra del Golfo y la situación de la mayoría de la gente empeoró drásticamente. Muchas familias emigraron de Irak. También yo habría quería irme, pero el Señor previó otra cosa para mí.

En 1993 me inscribí en un curso de Teología y sentí en lo profundo de mi corazón lo dulce y buena que es la Palabra de Dios. La conciencia de la vocación se hizo más fuerte y entonces respondí a la llamada del Señor. Es el Señor quien llama y es Él quien da el primer paso hacia el hombre.

Después de un intenso período de oración, en 1995 dejé a mi familia y mi ciudad para seguir al Señor y entré en el convento de los Monjes Caldeos (católicos) que se encuentra en Bagdad, y allí continúo viviendo, dedicado por entero a las cosas de Dios.

El Señor da pleno sentido a mi vida, y aunque parezca extraño a muchos, soy feliz. Dios es mi felicidad y mi paz. Sé que el mundo a mi alrededor arde, y que en cualquier momento el convento puede ser atacado por los enemigos de nuestra fe cristiana, pero quiero seguir aquí, orando, hasta que Dios lo permita. La oración es una fuerza más poderosa que las armas, aunque los gobernantes de las naciones no puedan comprenderlo. Una fuerza invencible que ni las armas más sofisticadas pueden callar. Quien ora con fe, con humildad y perseverancia, siempre será vencedor en la difícil batalla de la vida. (Tomado de Internet)

Hay muchas lecciones en esta historia. Cada uno sabrá sacar de ella la que responda mejor a su situación particular, a sus necesidades, a su delicadeza interior.

Dice Dios:

¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas llegaran a olvidar, yo no te olvido (Isaías 49, 15)

CATÓLICOS A ESCONDIDAS

No todos los católicos pueden vivir su fe como la vivimos nosotros, con libertad y sin restricciones graves.

En una buena parte del mundo, ser católico es una verdadera aventura, un riesgo para la seguridad,  y exige por lo tanto, mucha decisión y coraje.

Es este el caso de una pequeña comunidad católica en Uzbekistán, república pobre y escondida, de la antigua Unión Soviética, donde la mayoría de los habitantes, el 88% de 27 millones, son musulmanes, 9% cristianos ortodoxos, y sólo el 0.02%, es decir, unas  5.000 personas, católicos.

Heredero de las ideas comunistas, el gobierno de Uzbekistán mira con mucha atención a   todos los grupos religiosos, pero es especialmente duro con los católicos; desconoce sus iniciativas, no atiende a sus peticiones, y limita en gran medida su acción misionera. Casi se podría decir que viven su fe en la clandestinidad.  

Monseñor Jerzy Maculewicz, obispo franciscano, responsable de la Iglesia de Uzbekistán afirma:

“Por las leyes estamos forzados a permanecer circunscritos a obrar dentro de nuestro templo. Acogemos y catequizamos a la gente que viene, pero no podemos anunciar el Evangelio en público. Sólo hay algunas ocasiones de diálogo como el encuentro con los turistas que visitan la catedral de Samarcanda o los conciertos de órgano que se realizan en ella. Cuando viajo por el país, muchos musulmanes se me acercan y me hacen preguntas, sobre todo relativas a nuestra fe: cómo rezamos, por qué Jesús es para nosotros el Hijo de Dios, pero nada más.”

Sin embargo, y a pesar de todo, la fe de los católicos de Uzbekistán sigue viva y buscando caminos para consolidarse y para llevar el Evangelio al corazón de muchas personas. Junto a los Franciscanos Conventuales que desarrollan la pastoral de la comunidad en 5 parroquias, trabaja una pequeña comunidad de Hermanas Misioneras de la Caridad, fundada por la Madre Teresa de Calcuta, que se ocupa de los más pobres, los encarcelados, los enfermos en los hospitales, y la evangelización por medio del testimonio de amor y de servicio. 

Todo es muy lento y muy difícil,  pero juntos, fieles y pastores, procuran mantener el ánimo, y seguir adelante, con su esperanza puesta en Dios que los ha cuida y los protege. Absolutamente convencidos de que los sufrimientos que ahora padecen son semilla de bendiciones para todos.

Después de conocer esta historia, he estado preguntándome:

¿Será mi fe capaz de enfrentar las dificultades que muchas personas, a lo largo y ancho del mundo, tienen para vivir la suya?

¿Ser católica es para mí un compromiso libre y serio con Dios, o una mera costumbre social del país en el que nací?

¿Mi fe en Jesús está implicada en toda mi vida: en lo que soy, en lo que pienso, en lo que digo, en lo que hago, en lo que espero, o es sólo un barniz que me recubre por fuera?

¿Vivo mi fe con alegría y entusiasmo, o con desidia e indecisión?

¿Cuando otros me miran, pueden descubrir en mí un verdadero seguidor y testigo de Jesús?

Y tú… ¿te preguntas algo?… ¿qué?..

Han sido salvados por la gracia, mediante la fe. Y esto no viene de ustedes mismos, sino que es don de Dios (Efesios 2, 8)

LA MIRADA DE DIOS

Cuando éramos pequeños, nuestros padres y maestros nos decían que Dios sabe y ve todo lo que hacemos, de tal manera que es imposible ocultarle algo. Y en la clase de religión se le representaba por un gran ojo dibujado dentro de un triángulo, que hacía referencia a la Trinidad.

Esta imagen de Dios siempre presente nos atemorizaba un poco y nos mantenía en constante tensión. Si Dios sabe todo y lo ve todo, ¿quién puede mirarlo a la cara y decir que es inocente?

Así crecimos. Entre el amor y el miedo. Dios nos atrae porque es bueno y su bondad es nuestro mayor ideal; pero también nos asusta, porque sabemos a ciencia cierta que personalmente estamos muy lejos de esa bondad de Dios, y que, por tanto, debemos mantenernos en nuestro lugar, sin pretender nada que vaya más allá de nuestra condición de criaturas llenas de defectos y pecados.

Hoy, gracias a Dios, esta concepción está en cierto sentido revaluada, y muchos autores cristianos destacan en sus escritos lo que es el centro indiscutible del Evangelio: el amor infinito que Dios siente por nosotros, del cual es testigo y profeta Jesús de Nazaret, su Hijo encarnado. Un amor que no tiene límites ni nos pone barreras; un amor que nos permite mirarlo a los ojos, en la persona misma de Jesús, y encontrar en él nuestro refugio y nuestra fuerza, nuestro maestro y nuestro modelo, el Camino que nos conduce al Padre. 

Un texto del Padre Antony de Mello, sacerdote jesuita, indio de nacimiento, nos permite penetrar en este nuevo concepto de Dios que nos mira constantemente, no como un supervisor que pretende calificar nuestro trabajo, sino como un Padre amoroso, que en la ternura de su mirada nos declara la profundidad y belleza de su amor compasivo y misericordioso; un Padre bondadoso que nunca nos acusa y cuyo mayor deseo es que sepamos descubrir la grandeza de su amor, y acogerlo en nuestro corazón. 

Yo he tenido unas relaciones bastante buenas con el Señor. Le pedía cosas, conversaba con él, cantaba sus alabanzas, le daba gracias…

Pero siempre tuve la incómoda sensación de que él deseaba que lo mirara a los ojos…, cosa que yo no hacía. Yo le hablaba, pero desviaba mi mirada cuando sentía que él me estaba mirando.

Yo miraba siempre a otra parte. Y sabía por qué: tenía miedo. Pensaba que en sus ojos iba a encontrar una mirada de reproche por algún pecado del que no me hubiera arrepentido. Pensaba que en sus ojos iba a descubrir una exigencia; que había algo que él deseaba de mí.

Al fin, un día, reuní el suficiente valor y miré. Sus ojos se limitaban a decir: Te quiero. Me quedé mirando fijamente durante largo tiempo. Y allí seguía el mismo mensaje: Te quiero.

Y, al igual que Pedro, la noche de la pasión (Lucas 22, 61-62), salí fuera y lloré.

(Antony de Mello, en “El canto del pájaro”)

LECCIONES PARA NUESTRO TIEMPO 

Vivimos un tiempo difícil para la fe. No hay duda. Un tiempo difícil para quienes deseamos ser cada día mejores seguidores de Jesús. Un tiempo de desconcierto. Un tiempo en el que todo es relativo y cada cual puede creer y hacer lo que a bien tenga. ¡Bueno, al menos esa es la idea de la mayoría de las personas!

Pero no podemos dejarnos desconcertar y mucho menos amilanar. La situación es difícil, pero como dice el refrán popular, Dios no se ha muerto, ni está enfermo, y por muy complicada que parezca y sea la situación, nuestra fe inconmovible en él y la esperanza que su amor nos comunica, tienen que seguir animándonos.

Monseñor Carlo María Martini, jesuita, Cardenal de la Iglesia, arzobispo emérito de Milán, que ahora vive en Jerusalén, y que es un gran conocedor de nuestra época, que los filósofos y sociólogos han llamado post-moderna, nos da algunos consejos para ayudarnos a vivir con seguridad y confianza las contradicciones que constantemente nos golpean. Dice: 

No te sorprendas por la diversidad. No te asustes por lo que es diferente o novedoso, sino que míralo como algo que encierra un regalo de Dios. Prueba que puedes escuchar cosas muy distintas a las que normalmente escuchamos, pero sin juzgar al interlocutor de inmediato; trata de comprender lo que se está diciendo y los argumentos básicos que se han expuesto. Los jóvenes son muy sensibles ante una actitud de escuchar sin juzgar. Esta actitud les da el valor de decir lo que realmente sienten y a empezar a distinguir lo que es realmente verdadero de aquello que sólo parece verdadero. Como dice San Pablo: “Examina todo con discernimiento; conserva lo bueno; mantente distante de todo trazo de maldad” (2 Tesalonicenses 5, 21-22).

Arriésgate. La fe es el gran riesgo de la vida. “El que quiera salvar su vida la perderá, pero aquel que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (Mateo 16,25). Debemos renunciar a todo por Cristo y su Evangelio.

Hazte amigo de los pobres. Pon a los pobres en el centro de tu vida porque ellos son amigos de Jesús, quien se hizo uno de ellos.

Aliméntate con el Evangelio. Tal como Jesús nos dice en su discurso sobre el pan de la vida: “El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Juan 6,33)…  La Palabra de Dios alimenta la vida, la oración y el viaje diario, es el principio de unidad de la comunidad en una unidad de pensamiento, la inspiración para la renovación continua y para la creatividad apostólica.

Sé tu propio dueño. Necesitamos reaprender que la franca oposición a los deseos a veces es más placentera que las concesiones interminables ante cualquier cosa que aparezca como deseable, pero que termina en tedio y saciedad.

Silencio. Necesitamos alejarnos de una enfermiza esclavitud hacia los rumores y el parloteo sin fin de una música que sólo produce ruido, y tener cada día al menos una media hora de silencio y un medio día a la semana para pensar en nosotros, para reflexionar y rezar durante un período más largo. Esto puede parecer como algo difícil, pero cuando tú muestras la paz interior y la tranquilidad producto de este ejercicio, los jóvenes se atreven y descubren en él una fuente sin precedentes de vida y felicidad.

Humildad. No creas que está en nosotros resolver los grandes problemas de nuestros tiempos. Deja lugar para el Espíritu Santo, que trabaja mejor que nosotros y más profundamente. No quieras ahogar el Espíritu en los otros: el Espíritu es el que respira. En cambio, sé sensible a sus manifestaciones más sutiles, y para eso, necesitas silencio.

No hay nada más qué decir. Las palabras de Monseñor son claras y contundentes. Hacerlas realidad en nuestra vida nos traerá seguramente mucha tranquilidad en medio de las luchas de cada día y del desconcierto general que nos rodea.

Los ojos del Señor están sobre quienes esperan en su amor, para librar su alma de la muerte y sostener su vida en la penuria.(Salmo 33(32), 18-19)

UN DOLOR QUE NO SE CALMA… 

Cada día sin falta, cuando salgo a caminar por las mañanas, y cuando voy a hacer las diligencias que me corresponden, un dolor se me clava en lo más profundo del alma. Es un dolor que no cesa, un sufrimiento que día tras día me cuestiona, una herida abierta que reclama mi atención y mi acción responsable, aunque no sé bien qué debo hacer para sanarla.  

Me duelen los mendigos de la calle. Los hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos, que caminan sin rumbo fijo por mi barrio, mi ciudad, y mi país, duermen bajo los puentes, en los parques, o en las aceras de las casas y edificios, y comen lo poco que reciben de quienes se conmueven con su situación, y lo mucho que encuentran en las basuras.

Me duele su miseria física, su vida rota, su inmensa soledad, sus desvaríos, su dignidad de hijos de Dios, ofendida y pisoteada hasta extremos insospechados.

Me duele su cuerpo sucio, sus vestidos rasgados, sus pies descalzos, sus manos trémulas, su cabello enmarañado y sus largos silencios.

Cuando los miro a la cara, su rostro serio y su mirada unas veces suplicante, y otras ensombrecida por mil sentimientos que no alcanzo a descifrar, se me clavan en lo más profundo del alma.

Detrás de cada uno de ellos hay una historia que no conozco en sus detalles particulares, pero que puedo adivinar con un pequeño esfuerzo de mi parte.

Es una historia común de necesidades básicas insatisfechas, de familias desintegradas, de violencia y malos tratos, de frustraciones, de fracasos, de odios y rencores, que desembocan casi que irremediablemente en la droga, el alcohol, la promiscuidad.

Una historia común de falta de amor, el ingrediente básico de toda vida humana.

Una historia en la que cada día se cae más bajo y se hace más difícil salir de ella, para vivir una vida realmente humana.

Igual que a muchos, a veces más de las que quisiera – me molesta su presencia desaliñada y algunas veces amenazante, y su repetido lamento.

Es que de una manera o de otra esa presencia me cuestiona, y a las personas buenas no nos gusta ser cuestionadas. A las personas buenas nos gusta ser aceptadas, aplaudidas, respetadas, pero no ser cuestionadas, porque eso nos quita seguridad, y la seguridad es uno de nuestros baluartes; la seguridad es nuestra coraza, la armadura que nos protege de todo mal y peligro, y nos evita tener que enfrentarnos con nosotros mismos y cambiar de actitud y de modo de vivir. 

Son ellos los que viven en estas condiciones inhumanas, pero bien podría ser yo.

Son ellos, pero su situación no me es ajena. De alguna manera soy responsable de ella, o al menos de que sigan ahí, sumidos en su miseria, en su infinita pobreza exterior y en su profunda pobreza interior; en su sufrimiento, en su soledad, en sus angustias y sus miedos, en sus frustraciones y sus fracasos.

No creo que ninguno de ellos haya escogido vivir así. Fue la vida la que los condujo por caminos tortuosos, hasta llegar a ser lo que son. La vida que no es para todos tan fácil, como ha sido la mía. La vida que se complica cuando menos lo pensamos, y que tarde o temprano nos cobra nuestros descuidos. La vida que nos reúne a todos en una gran familia, en la cual las acciones de unos repercuten en los otros, tanto para bien como para mal.

Me duelen los mendigos de la calle. Los hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos, que caminan sin rumbo fijo por mi barrio, mi ciudad, y mi país.  Me duele su miseria física, su vida rota, su inmensa soledad, su dignidad ofendida y pisoteada.

Y me duele también que haya personas, aquí y allá, que se atrevan a llamarlos desechables. Ningún hombre merece este título vergonzoso que desdice más de quien lo emplea, que de quien lo padece. 

Y si a mí me duelen, siendo como soy, parte del problema, ¡cómo le dolerán a Dios que los mira con sus ojos de Padre y los ama con su corazón de Madre!

Sin lugar a dudas es una realidad que tenemos que cambiar… pero ¿cómo?…

Lo que hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mateo 25, 40)

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