SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

DIOS

DIOS ES RICO EN  MISERICORDIA

Al comienzo de su pontificado, Juan Pablo II dirigió a la Iglesia una carta encíclica que tituló: “Rico en misericordia”. Quiso con ella, ayudarnos a todos los creyentes, a tomar conciencia de esta verdad inmensa que ilumina nuestra fe y llena nuestro corazón de alegría, de paz y de esperanza: Dios es rico en misericordia.

Dios es rico en misericordia porque es amor, según nos dice San Juan: “Dios es Amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Juan 416b), y el amor, cuando es verdadero, es siempre generoso, misericordioso, clemente, compasivo.

Dios es rico en misericordia porque es amor, y lo único que sabe hacer es amar. Por amor Dios nos crea, nos salva y nos santifica.

Dios es rico en misericordia porque es amor y bondad, y nos ama con un amor tierno, delicado, profundo, como el amor de un padre y una madre a la vez; un amor que nace en su “corazón de Dios” y sale de él para dársenos, para entregársenos, para ponerse a nuestra disposición, a nuestro servicio, para enseñarnos a amar con su mismo amor.

Dios es rico en misericordia porque sabe perdonar, de verdad, sin condiciones, con el corazón… con la vida… con su mismo ser de Dios… Nos lo dice Jesús desde la cruz, el Crucificado Resucitado.

Dios es rico en misericordia porque sabe esperar; porque nos espera con los brazos abiertos, como el padre del hijo pródigo, en el Evangelio de San Lucas (Lucas 15, 11-32), el Padre misericordioso del que nos habló Jesús, que no es otro que Dios mismo, su Padre y nuestro Padre.

EL SILENCIO DE DIOS

En todas las épocas de la historia, muchos pensadores han hablado del “silencio de Dios”, y también de la “muerte de Dios”. Frente a las circunstancias dolorosas que vive el mundo, parece como si Dios callara, como si se hubiera alejado de las personas que sufren, y en particular, de quienes siendo buenos se ven atormentados por toda clase de sufrimientos. Sucedió, por ejemplo, con el Holocausto judío, en la Segunda Guerra Mundial. Muchas personas, incluso creyentes, se preguntaban: ¿Dónde está Dios?… ¿Por qué no hace
nada para que no suceda lo que está sucediendo?… ¿Por qué calla?…

Lo mismo podemos pensar nosotros respecto a la situación de nuestro país. ¿Por qué Dios no hace algo para que no siga pasando lo que está pasando en Colombia… lo que sucede desde hace tanto tiempo y a tantas personas inocentes?… ¿De qué nos sirve ser un país católico, consagrado al Corazón de Jesús?… ¿De qué nos sirve que tantas personas recen pidiendo el don de la paz, si ésta es cada vez más esquiva?… ¿Dónde está el Dios infinitamente bueno y misericordioso del catecismo que aprendimos cuando estábamos
pequeños?…

Si nuestra fe es verdadera, tenemos que estar seguros, absolutamente convencidos, de que cuando sufrimos por cualquier causa, cuando el dolor físico o moral nos acosa y pretende hundirnos en la desesperanza, Dios está a nuestro lado, acompañándonos, iluminándonos con su luz, fortaleciéndonos con su amor y con su gracia, ayudándonos a crecer y a madurar como seres humanos, de la misma manera que estuvo al lado de Jesús, fortaleciéndolo, amándolo, “sufriendo” con él, a lo largo de su pasión y hasta su muerte.

El silencio de Dios es sólo aparente. Si no lo fuera, ya habríamos sucumbido bajo la fuerza de los males que nos agobian. ¡Pero no!… Seguimos ahí… ¡Luchando!… ¡Viviendo!… Porque la fe nos dice que el dolor, por fuerte que sea y por grande que parezca, no es una derrota… ¡Es uncamino que si se sabe seguir, conduce a la gloria!… Y Dios es quien tiene siempre y en todo, la última palabra… ¡Una palabra de amor!… ¡Una palabra de vida!… ¡Una palabra de esperanza!…

SOLEMNIDAD

DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

La Teología católica nos dice que Dios es uno y trino: un sólo y único Dios – “una sola naturaleza” – , en “tres personas distintas”: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo aprendimos en el catecismo, que afirmaba además, que este Misterio de Dios es imposible de abarcar y de comprender por nuestra razón humana limitada.

Hablar de Dios como Trinidad resulta para nosotros, personas del común, un tanto frío y hasta desalentador, porque nos refiere a un lenguaje filosófico complicado, que no cala en nuestra mente ni en nuestro corazón. Es más claro y transparente el lenguaje de Jesús, que sin hacer nunca alusión a este término “Trinidad”, nos explicó de muchas maneras que Dios es Padre, se mostró él mismo como su Hijo, y prometió que su Espíritu nos acompañaría hasta el fin de los tiempos.

Dios es misterio, no simplemente porque sea incomprensible por la razón, sino sobre todo, porque es inmenso en su Amor, en su Bondad, en su Belleza, en su Verdad, y en todos sus demás atributos, que se expresan de mil formas distintas, pero de un modo especial en Jesús, el Verbo de Dios, que tomó nuestra carne y nuestra sangre, para estar más cerca de nosotros, para amarnos con un amor salido de las mismas “entrañas de Dios” y puesto a nuestro alcance para que podamos “sentirlo” y gozarlo; un amor que el Espíritu lleva a todos los lugares de la tierra y a los corazones de todos los hombres, aún aquellos que sin conocer a Jesús, viven su vida con honestidad, ansiosos de encontrarlo.

San Juan nos dice: “Dios es Amor”. AMOR CREADOR: Dios Padre; AMOR SALVADOR: Jesús;  AMOR SANTIFICADOR: Espíritu Santo. Un solo y único Dios para alabar, amar y servir.

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