SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

EN ESPERA GOZOSA

PREPAREMOS

LA VENIDA DEL SEÑOR

Comenzamos en la Iglesia un nuevo Año Litúrgico, que se inaugura con el Tiempo de Adviento, que prepara la alegre y solemnísima celebración de la Navidad: la venida del Señor.

El Tiempo de Adviento tiene una doble dimensión que debemos entender y vivir:

1. Es un tiempo de espera y de preparación para el nacimiento de Jesús, el Mesías – Salvador, prometido por Dios y anunciado por los profetas al pueblo de Israel.

2. Es un preludio del final de los tiempos, que llegará un día, cuando la creación entera será renovada y Dios Padre establecerá a Jesús, su Hijo, como Rey y Señor del Universo.

El espíritu del Adviento es un espíritu de penitencia, de conversión y de austeridad, como lo predicaba Juan Bautista en el desierto de Judea, antes de que Jesús comenzara su vida pública.

Penitencia, para reparar por los pecados que hemos cometido, que no nos dejan tener paz interior y nos separan de Dios y de nuestros hermanos; y también para fortalecernos interiormente y ser capaces de arrancar de nuestro corazón las raíces de esos pecados.

Conversión, cambio de vida, abandonar las tinieblas que nos rodean, y empezar a caminar hacia la luz de Dios, que es Jesús. “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8, 12), decía él mismo a quienes lo escuchaban.

Austeridad, sencillez de vida, capacidad para compartir los bienes materiales y los bienes espirituales que poseemos; desapego, libertad del corazón.

El espíritu del Adviento es un espíritu de apertura y de acogida. Si Jesús viene a nuestro mundo, a nuestra historia, a nuestra vida personal, haciéndose uno de nosotros, tenemos que prepararle un lugar digno en el que pueda estar, un lugar que lo acoja, que lo reciba con amor, y ese lugar no es otro que nuestro propio corazón, el corazón de cada uno. Un corazón limpio, un corazón amoroso, un corazón humilde y sencillo; un corazón libre de todo egoísmo; un corazón justo y veraz, como el corazón mismo de Dios que es la Verdad y es el Amor.

Y lo mismo tenemos que hacer si queremos mirar a Dios “cara a cara”, al final de nuestra vida en el mundo, cuando venga a nuestro encuentro para llevarnos a su Reino, donde viviremos un modo de vida totalmente nuevo, infinitamente superior a este que vivimos hoy.

El espíritu del Adviento es un espíritu de penitencia, conversión, austeridad, apertura y acogida, y también de alegría y esperanza, porque en Jesús que ya llega, todo será bendecido y renovado.

Adviento es un tiempo privilegiado para hacer un examen de nuestra vida, que nos permita saber a ciencia cierta lo que somos, lo que hemos hecho, cómo son nuestras relaciones con Dios y nuestras relaciones con los demás, y también lo mucho que aún nos falta para alcanzar la meta que tenemos, la meta que nos hemos fijado en el plano personal, y muy especialmente, la meta que tenemos como cristianos.

Adviento es un tiempo privilegiado para volver a ponernos en perfecta sintonía con Dios y seguir adelante en nuestro camino hacia Él, razón y fin de nuestra existencia.

Las cuatro semanas de Adviento, que estamos viviendo, y que culminan el día de Navidad, resumen los nueve meses que Jesús vivió en el seno virginal de María, haciendo realidad el Misterio sublime de la Encarnación, principio y fundamento de nuestra fe cristiana católica, y acontecimiento cumbre de la historia de la humanidad. La Iglesia nos invita, durante este tiempo, a poner en el centro de nuestra mente y de nuestro corazón, este suceso único e irrepetible, que llena de alegría y esperanza nuestro ser y nuestra vida, y a vivirlo en conexión estrecha con María, que es testigo fiel del amor y la bondad de Dios, que busca la mejor manera de estar cerca de nosotros.

No solemos hacerlo, pero vale la pena que lo intentemos. Pongámonos en el lugar de María y tratemos de pensar en sus sentimientos más profundos, en este momento crucial de su vida. Las palabras del ángel llegaron a sus oídos y penetraron en su corazón juvenil y comprometido. Sorprendida pero llena de fe, pronunció su “Sí”sencillo y elocuente, que subió al cielo y dio inicio a la acciónsalvadora de Dios, en favor de todos los hombres y mujeres del mundo y de la historia. El Espíritu Santo tomó posesión de su cuerpo, y Jesús comenzó a formarse en sus entrañas virginales. Un hecho totalmente inusitado y maravilloso, que marca un hito en la historia del mundo y en nuestra propia historia

Íntimamente unida a Jesús que crecía en sus entrañas maternales, María viviónueve meses en diálogo profundo con Dios. Su cotidianidad no experimentó un cambio notorio. Los quehaceres domésticos continuaron siendo los mismos: ir por agua a la fuente, amasar el pan, barrer la casa, lavar la ropa en el lavadero comunitario y cocinar para ella y para José; reunirse con sus amigas para esperar al esposo al regreso del trabajo, y encender la lumbre al anochecer. Pero su vida entera cambió radicalmente: tenía una misión qué cumplir y quería hacerlo del mejor modo posible, porque era una misión que Dios mismo le había encomendado.

Nadie conocía el secreto de María; sólo José, que tan sorprendido y maravillado como ella, había aceptado también con gozo y entusiasmo, ser el padre legal del hijo que crecía en las entrañas de su esposa, por obra y gracia del amor de DioS.

Aprovechemos este Tiempo de Adviento que Dios nos regala, para contemplar a María en el misterio de su Maternidad virginal, y pidámosle que nos ayude a valorar en su justa medida, este acontecimiento único de la Encarnación, que nos hace presente hoy como ayer, la misericordia de Dios para con nosotros, y a preparar nuestro corazón para que Jesús nazca en él en esta Navidad.

Y por los méritos que tuvo María en esta circunstancia especial de su vida, oremos por todas las mujeres que en nuestro país y en el mundo, son inducidas a olvidar el inigualable valor de la vida humana, y a abortar a sus hijos, so pretexto de resguardar sus propios derechos, como si matar fuera uno de ellos.

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