SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

PASCUA


    

GLORIFICADO POR EL PADRE

INTRODUCCIÓN 

Aunque, como nos refieren los evangelios, Jesús había anunciado varias veces a sus discípulos y amigos más cercanos, lo que iba a sucederle, su pasión y su muerte golpearon profundamente el corazón de todos ellos; no habían entendido sus palabras, y los acontecimientos los tomaron por sorpresa, derrumbándolos espiritualmente, de tal manera que todo lo que Jesús había hecho y todo lo que había dicho, perdió para ellos su sentido.

Y es precisamente por esto, que su posterior resurrección y la experiencia que de ella tuvieron, se constituyó para todos en un suceso maravilloso, un suceso absolutamente inesperado y enteramente gratuito, que no solamente les llegó de improviso, sino que además, llenó su corazón de dicha y su vida de esperanza.

Las narraciones que sobre este hecho asombroso y totalmente inusitado, encontramos en los cuatro evangelios, nos muestran claramente, con sus similitudes y también con sus diferencias, que la resurrección de Jesús de entre los muertos fue un acontecimiento tan real y tan contundente como lo fue su muerte en la cruz. Un acontecimiento que no hay que explicar ni demostrar racionalmente, porque evidentemente no existe ninguna explicación racional para algo tan extraordinario, tan sublime, y que se impone con tanta fuerza. Lo único que puede hacerse es dar testimonio de él, como lo dieron los apóstoles y los discípulos, tan pronto como tuvieron experiencia de ello y fueron conscientes de esta experiencia.

La resurrección de Jesús es una verdad de fe, como todos sabemos, pero no una verdad simplemente intelectual, sino, sobre todo, una verdad “experiencial”; una verdad que se conoce y se vive en el encuentro personal con el Resucitado. Una verdad que transforma la vida, nuestra vida. Una verdad que nos invade con su luz y nos cambia completamente la manera de ver el mundo y nuestra propia historia, como ocurrió a los apóstoles y discípulos de Jesús, que pasaron de la más grande y profunda decepción, a una esperanza ardiente y gozosa, que los llenó de valor, y los hizo capaces de acciones impensables en otras circunstancias.

Con estas ideas en nuestra mente y estos sentimientos en nuestro corazón, dispongámonos a meditar en este acontecimiento que fundamenta nuestra fe cristiana, acompañando a los primeros seguidores de Jesús en su aventura, con el deseo sincero y profundo de que ésta se repita en cada uno de nosotros, con la misma fuerza y el mismo esplendor con los que tuvo lugar hace ya más de 2.000 años.

Pidámosle al Espíritu Santo, Espíritu de Jesús resucitado, nos invada con su gozo y con su luz, y nos permita vislumbrar la fuerza salvadora de este acontecimiento único en la historia del mundo, que hoy se renueva para cada uno de nosotros, si sabemos acogerlo con sencillez y humildad, en nuestro corazón y en nuestra vida.

PRIMERA ESTACIÓN:

¡CRISTO VIVE!… ¡HA RESUCITADO!

Del Evangelio según san Mateo (28, 1-7)

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Ustedes no teman, pues sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Vengan, vean el lugar donde estaba. Y ahora, vayan en seguida a decir a sus discípulos: `Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán.’ Ya se los he dicho”.

REFLEXIÓN:

Jesús murió realmente. No hay por qué dudarlo. Murió y fue sepultado con prisa, por la proximidad de la Pascua judía, en un sepulcro prestado por José de Arimatea, uno de sus seguidores clandestinos.

Jesús murió, pero la muerte fue para él, como lo es para nosotros, gracias a su intervención, un paso a una nueva vida, a una vida totalmente distinta, a una vida renovada y renovadora.

El primer dato que en los evangelios anuncia la resurrección de Jesús, es la piedra que sellaba su tumba, removida, y ésta vacía. El segundo son las palabras del ángel a las mujeres, las primeras que tuvieron noticia y experiencia de este acontecimiento inusitado e impredecible.

Para quien tiene fe, la resurrección de Jesús es una verdad que se impone por sí misma, aunque no sea posible comprobarla o demostrarla racionalmente, científicamente. Una verdad única y maravillosa, que llena nuestra vida de gozo. Por ella tenemos la plena certeza de que todo el dolor que padecemos aquí en el mundo, todo el mal que vemos a nuestro alrededor y nos hace sufrir: la injusticia, la mentira, el odio, la violencia, no son más que una circunstancia que ha sido superada por la bondad de Dios, por su amor infinito, por su misericordia. Jesús resucitado es testigo fiel de todo esto.

Jesús resucitado nos dice con toda claridad y nos muestra de manera palpable, que ni la muerte ni el pecado tienen la última palabra. Porque la última palabra, la definitiva, le corresponde siempre a Dios; Dios que es Amor, Belleza, Bondad, Verdad y Vida sin fin.

Jesús resucitado nos asegura que todos nuestros sufrimientos, físicos y espirituales, todas nuestras penas, todas nuestras tristezas, todos nuestros fracasos, serán superados, y que un día podremos alcanzar la plenitud de nuestro ser y de nuestra vida.

Jesús resucitado nos da la plena garantía de que la felicidad eterna que deseamos y buscamos, no es una simple ilusión sino una realidad clara y concreta, si ponemos en las manos de Dios, como lo hizo él, todo lo que somos, todo lo que tenemos, y todo lo que esperamos; nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

ORACIÓN:

Padre de bondad y de amor, humildes y gozosos te bendecimos y te damos gracias, porque resucitaste a Jesús, tu Hijo y nuestro hermano, de entre los muertos. Su resurrección es para todos nosotros, una luz en medio de la oscuridad que nos rodea, esperanza de vida y de felicidad eternas en medio de las sombras de dolor y de muerte que invaden nuestro mundo.

Jesús resucitado, gloria del Padre y esperanza de nuestra humanidad caída, ilumínanos con tu luz, para que creamos en ti, cada vez con más fuerza y más decisión; fortalécenos en el amor, para que podamos hacer realidad en nuestra vida tus enseñanzas; llena nuestro corazón de alegría y júbilo, para que podamos ser motivación y estímulo para nuestros hermanos, en la difícil carrera de la vida. Amén.

SEGUNDA ESTACIÓN:

JESÚS RESUCITADO SE PRESENTA A MARÍA MAGDALENA

Del Evangelio según san Juan (20, 10-18)

Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Le dicen ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.» Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: “Rabbuní” -que quiere decir «Maestro». Le dice Jesús: «Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.» Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: «He visto al Señor», y también que había dicho estas palabras.

REFLEXIÓN:

La resurrección de Jesús no es, ni mucho menos, una verdad etérea, teórica; un mero dogma de fe que tenemos que creer a pie juntillas, so pena de ser considerados incrédulos.

La resurrección de Jesús es la verdad más grande que existe; pero una verdad activa y operante, que llena nuestra vida entera. Una verdad que enriquece infinitamente nuestro ser, nuestra persona. Una verdad que le da sentido a lo que somos y a lo que hacemos. Una verdad que nos transforma completamente, como le sucedió a María Magdalena, la primera testigo.

Lo único que nosotros tenemos que hacer para que esta verdad de vida cumpla su cometido, es abrir nuestro corazón, como ella lo abrió, sin dudas ni temores, y permitir a Jesús resucitado “entrar” en él, como ella lo hizo.

Abrir el corazón, y sin pedir explicaciones inútiles e imposibles, acogerlo con nuestra mejor disposición, para que él – Jesús resucitado – nos ilumine y nos llene de paz y de confianza; una confianza que nos permita entregarnos a él y amarlo cada vez con más fuerza y más decisión, con más alegría y entusiasmo, aunque no podamos verlo con nuestros ojos, ni tocarlo con nuestras manos.

Abrir el corazón y dejar que él – Jesús resucitado y glorioso -sea en nosotros, que despliegue en nosotros su vida nueva; su vida totalmente renovada y renovadora; para que destruya lo que hay que destruir, cambie lo que hay que cambiar, y refuerce lo que hay que reforzar, de manera que nos hagamos testigos suyos en medio de quienes vivimos y con quienes compartimos nuestras actividades cotidianas.

Cuando abrimos nuestro corazón a Jesús crucificado y resucitado de entre los muertos, él nos hace hombres y mujeres nuevos, hombres y mujeres iluminados por su verdad, por su amor y su misericordia, por el don de su salvación.

Cuando abrimos nuestro corazón a Jesús crucificado y resucitado de entre los muertos, él llena nuestra vida con su belleza, su bondad, su justicia, su paz, y su poder salvador, fortalece nuestra fe y nuestra esperanza, y hace que podamos creer en él con una fe firme y clara, profunda y segura, alegre y generosa; una fe que es luz en los momentos difíciles y fuerza en las circunstancias adversas; una fe que nos impulsa a ir cada vez más allá; una fe que nos induce a caminar siempre por el camino del bien, a pesar de las contradicciones que podamos encontrar a nuestro paso.

ORACIÓN:

Jesús resucitado, alegres y llenos de esperanza, abrimos nuestro corazón a tu amor y a tu presencia, y te rogamos con humildad y confianza, nos llenes de ti y de tu vida nueva, de tu bondad y de tu paz, de tu verdad y tu justicia, de tu misericordia infinita .

Queremos, Jesús, comenzar a vivir una vida totalmente renovada, y llevarte por el mundo, para que muchos hombres y mujeres que no te conocen, puedan acogerse a tu amor.

Queremos, Jesús, que el mundo entero se renueve por el don infinito y maravilloso de tu sacrificio de la cruz, y por la gloria inefable de tu resurrección de entre los muertos.

Que la alegría que llena nuestro corazón, por la certeza de tu triunfo sobre el pecado y la muerte, llene el corazón y la vida de todos los hombres y mujeres, hasta en los más lejanos rincones de la tierra. Danos, Jesús resucitado, la gracia de proclamarte cada día, con fe y con esperanza renovados,ante nuestros hermanos. Amén.

 

 

 

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Esta entrada fue publicada en 18/08/2010 por .
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