SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

LA PERSONA DE JESÚS


1. EN BUSCA DE JESÚS

 

El Evangelio según san Mateo nos refiere, que en una ocasión, estando Jesús solo con sus discípulos, se le ocurrió hacerles una pregunta:
“¿Quién dice la gente que soy yo?”.  Los discípulos, que seguramente habían escuchado muchas opiniones distintas, entre sus allegados y las personas que con frecuencia se acercaban al Maestro, le respondieron inmediatamente:
– “Unos dicen que eres Juan el Bautista que resucitó de entre los muertos; otros que eres Elías, que según la tradición debe volver; y otros aseguran que eres Jeremías o alguno de los antiguos profetas de Israel”. Jesús escuchó lo que le decían sin hacer ningún comentario al respecto, pero para comprometerlos directa y personalmente, los interrogó de nuevo: – “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” . El episodio continúa en el relato evangélico, pero vamos a dejarlo aquí, para hacer una reflexión sobre él (cf Mateo 16, 13-20).

Imagino que cuando escucharon al Señor, todos los discípulos se miraron sorprendidos, sin saber qué contestar, porque aunque llevaban ya algún tiempo caminando a su lado, escuchando sus palabras, viendo cómo se comportaba con las personas que se le acercaban, particularmente los enfermos, las mujeres, los niños, y los que eran tenidos por pecadores, y siendo testigos directos de sus milagros, aún no tenían una idea muy clara de él. Sentían muy seguramente que Jesús los atraía profundamente, que a su lado todo era especial, que la vida se podía ver con otros ojos, que su bondad saltaba a la vista de todos, que su confianza en Dios era ilimitada, pero no eran capaces de definirlo, de decir en una frase concreta y determinante lo que veían, pensaban y sentían en su corazón.  

Es lo mismo que nos pasa a muchos cristianos de hoy y de todas las épocas de la historia. Nos identificamos como cristianos, es decir, como seguidores de Jesús, el Cristo, el Ungido de Dios, pero no lo conocemos realmente a él, a Jesús, no sabemos a ciencia cierta quién es, ni por qué lo seguimos. Tenemos claros unos cuantos datos de su vida en el mundo, recordamos literalmente algunas de sus palabras, según nos las transmiten los evangelios, y podemos referir algunos de sus milagros, pero no hemos penetrado en su intimidad, no hemos llegado al fondo de su mensaje, no somos capaces de experimentarlo, de sentirlo, de descubrir su presencia a nuestro lado, de amarlo con todo el corazón. Tenemos una fe superficial y muy pobre. 

 Por eso esta pregunta de Jesús a sus amigos más cercanos, es también oportuna para nosotros hoy. “¿Quién dices tú que soy yo?”, nos pregunta Jesús a cada uno, 2.000 años después de haberlo hecho a sus apóstoles.

  • ¿Quién soy para ti?…
  • ¿Qué lugar ocupo en tu vida?…
  • ¿Qué dice a tu corazón lo que anuncian de mí los evangelios?… 
  • ¿Estás interesado en profundizar en el trato conmigo?…
  • ¿Represento para ti algo especial, o tu relación conmigo es simplemente cuestión de tradición y nada más?…
  • ¿Crees que conmigo tu vida es más feliz, o que, por el contrario, soy un obstáculo para ti, alguien que te limita y no te deja buscar lo que realmente deseas?…

Te confieso que, personalmente, esta pregunta de Jesús, se ha constituido en un reto para mi vida, y me impulsa constantemente a buscarlo, a tratar por todos los medios a mi alcance, de penetrar con mi inteligencia y mi corazón, en su hondo y sublime misterio, guiada, claro está, por la luz de su Espíritu Santo, a quien invoco con insistencia, porque como dice San Pablo, en su Prmiera Carta a los cristianos de Corinto: “Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, si no es por el don del Espíritu Santo” (1 Corintios 12, 3b).

 Te invito muy cordialmente, para que en este nuevo año que Dios nos ha regalado, conocer y acercarte a Jesús este sea también tu reto, y te empeñes, de una manera especial en entrar en su intimidad, en dejarte penetrar por su amor y su bondad, por su verdad y su gracia. Tu vida entera crecerá, sentirás la fuerza de su presencia a tu lado, acompañándote, en cada circunstancia alegre o triste, en cada triunfo y en cada derrota. De esta manera, la paz, su paz, que es la única paz verdadera y durable, llenará tu corazón, dando sentido pleno a tu vida y abriéndola a la esperanza.

 Me ofrezco para apoyarte en esta búsqueda, que sigue y seguirá siendo también la mía.

    2. LOS EVANGELIOS: UNA FUENTE QUE NO SE AGOTA

 Cuando queremos buscar a Jesús para conocerlo y establecer una relación íntima con él, la fuente más segura y confiable, son, sin duda, los cuatro evangelios: los tres evangelios sinópticos – según san Mateo, según san Marcos, y según san Lucas -, llamados así porque son evangelios paralelos, que narran en general los mismos acontecimientos con pequeñas variaciones, y el Evangelio según san Juan, que es teológicamente más elaborado.

 Ahora bien. Al acercarnos a los evangelios para conocer a Jesús y su mensaje de salvación y de vida eterna, tenemos que tener en cuenta algunas premisas:

Los evangelios no son una biografía de Jesús, al estilo de las que conocemos como tales. No tienen como objetivo fundamental la comunicación de datos concretos y exactos sobre su vida en el mundo ni no nos presentan el récord estricto de lo que Jesús hizo y dijo; su finalidad es otra, bien clara; nos la presenta san Juan al final de su relato: “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre “(Juan 20, 30-31).

Los evangelios son, ante todo, y muy especialmente, un testimonio de fe de los apóstoles y de las primitivas comunidades cristianas, sobre Jesús, y como tal no pueden ser comprobados científicamente, aunque se sabe con certeza , por diferentes historiadores cristianos y no cristianos, que Jesús es un personaje estrictamente histórico y no puede dudarse de su realidad.

Como testimonio de fe de las primeras comunidades, los evangelios no fueron escritos por una sola persona, sino por un grupo, y sus diferencias en algunos aspectos obedecen a las necesidades especiales de las comunidades a quienes iban dirigidos originalmente.

Lo mismo que en los demás libros de la Sagrada Escritura, en los Evangelios exiten los llamados “géneros literarios”, que son modos de expresión particulares, que nos permiten acercarnos a la realidad de Dios, tan superior a nuestro conocimiento, y expresarla. 

Por la fe creemos que quienes escribieron los evangelios: grupos y personas sencillas, fueron iluminados y fortalecidos de manera especial por el Espíritu Santo, para cumplir a cabalidad su tarea de dar a conocer al mundo la realidad única y maravillosa de Jesús, el Hijo de Dios, nuestro  Señor y Salvador.       

En la sencillez de los evangelios, resplandece Jesús. Su humanidad perfecta, que muchas veces olvidamos, y también su perfecta divinidad, objeto de nuestra  fe. Cada uno de los sucesos en los que interviene, y cada una de sus palabras, es expresión clara y directa de su ser completo, y también de lo que vino a enseñarnos.

Los evangelios revelan a Jesús, y en él y por él a Dios, de quien procede, y lo que Dios quiere de nosotros, los hombres y mujeres de aquí y de allá, de ayer, de hoy, de mañana y de siempre. Por eso es imposible afirmar que uno es cristiano y católico, que conoce y ama a Jesús por encima de todo y de todos, si no conoce los evangelios, si no los lee con frecuencia, si no confronta su vida con su mensaje.

 A propósito:

  • ¿Acostumbras leer algún aparte de los evangelios cada día o cada semana, o eres de los que se contenta con lo que escucha leer cuando va a Misa?…
  • ¿Cuáles son tus razones para no leer personal y frecuentemente los evangelios?…
  • ¿Te parecen razones verdaderamente válidas, o simples disculpas?…
  • ¿No crees que ya llegó la hora de cambiar la costumbre y empezar a hacer cosas nuevas y de mayor provecho para tu crecimiento espiritual?…

 Te propongo que intentes, como primer paso, leer de nuevo, cada semana, el Evangelio del domingo, tratando de penetrar en su mensaje cuanto te sea posible. Muy pronto verás los resultados para tu vida de fe.   

 

3. JESÚS, DIOS CON NOSOTROS

 Los evangelios nos dan testimonio claro y cierto, de que Jesús, el hijo de María y de José, el sencillo carpintero de Nazaret, es a su vez el Hijo Eterno de Dios, encarnado. El testimonio privilegiado de los apóstoles, que lo conocieron personalmente y trataron íntimamente con él, y el testimonio de las primeras comunidades cristianas que se formaron, precisamente, alrededor de ellos

 Jesús es Dios que se hace hombre como nosotros; Dios que vive en medio de nosotros. Jesús es Dios que toma nuestra carne para enseñarnos a vivir como verdaderos seres humanos. En el comienzo del evangelio según san Marcos,  el primero que se escribió, hacia el año 65 de nuestra era, leemos: “Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”  (Marcos 1,1).

 Y en evangelio según san Juan, escrito hacia el año 100: “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1, 1.14)

 ¿Cómo sucedió este acontecimiento maravilloso de la encarnación?…  ¿Cómo llegó Dios a hacerse carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, en la persona de Jesús?… No lo sabemos. Es para nosotros un misterio, un “secreto” de Dios, que no podemos comprender plenamente, ni explicar racionalmente. Las únicas referencias directas que tenemos al respecto, son los relatos de la infancia, presentes en el evangelio según san Mateo, y en el evangelio según san Lucas, pero ambos exponen el hecho sin dar muchas explicaciones. El más amplio es el relato de san Lucas, que incluye el episodio de la Anunciación, en el que el evangelista sigue el estilo de otros relatos, presentes en el Antiguo Testamento.

 Es determinante. Cuando nos situamos frente a Jesús, la fe juega un papel único e insustituible. Creer en él implica, para quienes nos decidimos a hacerlo, un riesgo. Nos exige dejar atrás los raciocinios y la lógica que nos dan cierta seguridad, y aventurarnos a recorrer un camino distinto, que no conocemos, y en el que podemos encontrar obstáculos de todo orden; obstáculos que debemos saber enfrentar y superar para llegar a la meta que buscamos. Pero es también una promesa, porque esta fe abre para nosotros un campo nuevo, lleno de posibilidades, en el que nuestras capacidades humanas, los dones que Dios nos dio al crearnos, pueden llegar a su nivel más elevado, a su desarrollo más pleno. La fe da sentido a nuestro ser de hombres y de mujeres, y a nuestra vida humana entera.

 Creer que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios hecho hombre, es el primer reto que tenemos que enfrentar. La encarnación de Dios en él, es la primera verdad que tenemos que aceptar a pie juntillas. Y debemos hacerlo con total sinceridad y absoluta decisión. De aquí parte todo. ¡No hay de otra!

 Tienes que confrontarte:

  • ¿Crees de verdad que Jesús es el Hijo de Dios, hecho hombre, o tienes dudas al respecto?…
  • ¿Cuáles son esas dudas?…
  • ¿A qué atribuyes el que no puedas creer plenamente?…

 La fe es, ciertamente, un don de Dios. Implica una respuesta nuestra, pero inicialmente es una gracia que Dios nos da; una gracia que hay que pedir. Pide a Dios que fortalezca  tu fe y que te ayude a profundizarla, a hacerla más firme, más segura, y sigue adelante, sin miedo. En la búsqueda misma de Jesús que ahora estamos haciendo juntos, esa fe crecerá y llegará a ser lo que tiene que ser. Te lo aseguro.

     

 4. LA PERFECTA HUMANIDAD DE JESÚS

 

Jesús es perfecto en su humanidad, del mismo modo que es perfecto en su divinidad. Lo muestran los evangelios a lo largo y a lo ancho, y lo confirma la Carta a los Hebreos cuando dice: “ Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él de los mismos, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud… Por eso tuvo aque asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote, fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. Pues, habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados” (Hebreos 2, 14-18).

Jesús nació y vivió como un niño cualquiera, en cualquier lugar del mundo y en cualquier época de la historia; fue un joven como los jóvenes de su tiempo y su cultura; llegó a la edad adulta como llegamos nosotros; tuvo que trabajar para mantenerse como lo hacemos nosotros; y, finalmente, murió como todos morimos.

 Jesús amó como nosotros amamos, y sufrió como nosotros sufrimos. Sintió hambre, sed, cansancio, sueño, como los sentimos nosotros.  Tuvo anhelos y deseos como nosotros los tenemos. Experimentó el miedo y la angustia, como nosotros los experimentamos; en fin. Los evangelistas no tuvieron ningún reparo en constatarlo con total claridad:

  • “A la mañana temprano, mientras regresaba a la ciudad, Jesús tuvo hambre. Al ver una higuera cerca del camino, se acercó a ella, pero no encontró más que hojas.” (Mateo 21, 18-19)
  • “Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: “Dame de beber”  “ (Juan 4, 6-7).
  • “Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”. Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!” “ (Juan 11, 33-36).
  • “Jesús se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba: “Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”…. En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo” (Lucas 22, 41-42.44.)
  • “Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: “¡Tengo sed!” . Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: “Todo se ha cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu”. (Juan 19, 28-30)

Esta humanidad perfecta y total de Jesús, lo hace para nosotros cercano, muy próximo a nuestra propia realidad y a todo lo que ella comprende y significa. Jesús es alguien que conoce las angustias y dificultades de nuestra vida cotidiana, porque las ha experimentado en carne propia. Alguien que sabe cuáles son nuestras necesidades más urgentes, porque él mismo las ha padecido. Alguien que nos comprende perfectamente, porque es uno de los nuestros.

Tal vez nuestra formación religiosa no tuvo esto en cuenta, y por eso nos acostumbramos a mirarlo como un ser lejano y ausente, parapetado en su dignidad divina, ajeno, en cierto sentido a lo que nos agobia y nos duele; alguien de quien sólo se pueden esperar milagros, en circunstancias muy especiales.

Pero la verdad es bien distinta: Jesús desea y busca que comencemos a  mirarlo de otra manera, a verlo con otros ojos. Quiere que lo tratemos como una persona muy cercano a nuestro corazón, con absoluta confianza; que nos entreguemos plenamente a él; que le permitamos penetrar en nuestras vidas para sanarlas, para orientarlas, para darles su verdadero valor.

La humanidad perfecta de Jesús, asumida por él en toda su integridad, con absoluta naturalidad, diviniza nuestra condición humana, frágil y limitada. Tomemos conciencia de ello. Es una gran alegría para nosotros. Un regalo inmenso de su bondad.

5. LA DIVINIDAD DE JESÚS

Jesús es un ser humano pleno y total, pero es también el Hijo Eterno de Dios y Dios como su Padre. Es lo que nos dice nuestra fe cristiana católica; lo que confesamos creer cuando rezamos el Credo, resumen de las verdades que fundamentan nuestra esperanza.

En Jesús se conjugan perfectamente, de una manera misteriosa, la humanidad y la divinidad, sin detrimento ni primacía de ninguna de las dos. Los apóstoles y los primeros cristianos tuvieron clara experiencia de ello, a partir del acontecimiento de su resurrección de entre los muertos, en el cual llegó a su plenitud la revelación de Dios en él. San Pablo lo expresa bellamente, en su Carta a los Filipenses:

“Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: “Jesucristo es el Señor” ” (Filipenses 2, 5-11).

Jesús es Dios con rostro humano. Jesús es Dios que se acerca a los seres humanos, para establecer con nosotros una relación de amor e intimidad. Jesús es Dios que nos revela su misericordia y su verdad más profunda, de una manera inusitada y contundente.

Por Jesús y en él, podemos percibir a Dios de un modo claro y directo, porque como nos dice la Carta a los Hebreos, “él es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser” (Hebreos 1, 3)

Jesús nos muestra que estamos equivocados cuando concebimos a Dios como un poder o una fuerza superiores a todos los demás, que busca imponerse a cualquier precio; y nos habla de él como un Dios que es ante todo bondad y misericordia.

Jesús nos muestra con lujo de detalles, que Dios, nuestro Dios, está más cerca de nosotros de lo que podemos imaginar; que podemos establecer con él un diálogo constante; y que actúa siempre movido por el amor, como lo hacen un buen padre y una buena madre.

Jesús nos muestra que Dios, nuestro Dios, el Dios de los cristianos, es un Dios infinitamente humilde; un Dios que se agacha, un Dios que se pone de rodillas frente a su criatura, para levantarla y estrecharla contra su corazón amoroso y tierno, como el corazón de una madre.

Jesús nos muestra que Dios, nuestro Dios, no cataloga a los seres humanos, ni los estratifica, porque para él todos somos iguales en dignidad, porque somos sus hijos muy queridos.

Jesús nos muestra que Dios, nuestro Dios, es un Dios que no excluye a nadie de su trato; un Dios que no hace acepción de personas; un Dios que se compadece de nuestras debilidades y de nuestros pecados; un Dios que siempre está pronto a darnos la mano para ayudarnos a salir del abismo de nuestras angustias y de nuestras flaquezas.

Jesús nos muestra que Dios, nuestro Dios, es un Dios que ama con amor especial a los más pobres y débiles, a los que son rechazados, a los que son perseguidos, a los que son discriminados, porque son precisamente ellos los que más necesitan de su amor y de su ayuda para salir adelante.

Jesús nos muestra que Dios, nuestro Dios, es un Dios infinitamente generoso con sus criaturas; un Dios que no escatima esfuerzos con tal de conquistar nuestro corazón para su amor. “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Juan 3, 16).

Tenemos que hacer todo lo posible por dejar atrás la imagen de un Dios lejano, ajeno a nuestra realidad; un Dios que se define sobre todo por el poder y la perfección; y asumir esta nueva imagen que Jesús nos revela y anuncia: un Dios que es Padre y Madre y que como tales, se define por la cercanía y el amor; un Dios que llena nuestro corazón de esperanza y da sentido pleno a nuestra vida y a nuestro quehacer de cada día.     

6. JESÚS Y SU CONCIENCIA DE DIOS

Seguramente te has preguntado una o varias veces, si Jesús sabía, si tenía conciencia, de que era el Hijo de Dios y de la misión que le había sido encomendada por su Padre. Es una pregunta que a todos nos ha pasado alguna vez por la cabeza.

La respuesta nos la da el Evangelio de San Lucas, en el relato de lo que sucedió cuando Jesús tenía 12 años y fue con María y José a Jerusalén, para la celebración de la fiesta de Pascua. (Lucas 2, 41-50) La respuesta de Jesús a María, cuando ella le reclamó por haberse quedado en el Templo sin decirles nada, ni a ella ni a José, nos lo demuestra:  “¿Por qué me buscaban?… ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lucas 2, 49). Otras traducciones dicen: “en la casa de mi Padre”. Ese “padre” a quien Jesús se refiere es evidentemente Dios mismo y no José.    

Sin embargo, podemos afirmar, apoyados en el versículo que remata la narración: “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lucas 2, 52), que esta conciencia que tenía Jesús sobre su divinidad, fue paulatina, es decir, que se fue dando y se fue profundizando, a medida que Jesús crecía y se desarrollaba como ser humano, gracias al trato continuo y constante que tenía con él en la oración.

En el Evangelio de San Juan podemos darnos cuenta de que ya en su vida pública, Jesús se reconoce muy claramente, y se presenta a los demás, primero como el Mesías de Dios, su Ungido, su Enviado, el esperado de los tiempos: “La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió” (Juan 16, 24. Y segundo, como su Hijo muy querido, su amado, su predilecto: “Es mi Padre el que me glorifica, el mismo al que ustedes llaman “nuestro Dios” (Juan 8, 54). Más aún. Jesús ve una clara diferencia entre la manera de ser él, Hijo de Dios, y la manera en que lo son sus discípulos y todas las demás personas; por eso se atreve a llamarlo “mi Padre”: “Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna” (Juan 6, 40). Hasta llegó a afirmar en varias ocasiones: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Juan 10, 30), para mostrar la relación de intimidad que tenía con él, su “procedencia” de él.

Fue precisamente por todo esto, que los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno, promovieron un juicio en su contra, lo condenaron como blasfemo, y decretaron para él la pena de muerte, que luego ratificaron por medio de Pilatos, porque ellos no tenían potestad para condenar a muerte a nadie (cf. Juan 18, 31).

Sin embargo, es también muy claro a todo lo largo de los cuatro evangelios, que esta conciencia que Jesús tenía de ser el Enviado de Dios y también su Hijo, no lo llevó en ningún momento, a hacer sentir a los demás su superioridad y su poder, y mucho menos a  actuar con vanidad o con soberbia. Todo lo contrario. Jesús se distinguió siempre por su sencillez, por su humildad, por su capacidad de servicio. Trató a todas las personas con gran respeto y consideración, pero de una manera especial a quienes eran los más pobres y débiles de la sociedad de entonces: los niños, las mujeres, los enfermos y los pecadores. Decía a quienes lo escuchaban: “Hagan como el Hijo del hombre, que no vino a ser servido, sino a servir, y dar su vida como rescate por muchos” (Mateo 20, 28).

Todo esto es muy especial, porque nos muestra que aunque cuando hablamos de Dios siempre le adjudicamos calificativos como “omnipotente”, es decir, que todo lo puede; “ominsciente”, que todo lo sabe; “omnipresente”, que está en todas partes, y otros semejantes, las actitudes de Jesús nos muestran muy claramente, que  Dios, nuestro Dios, el Dios que él vino a revelarnos, a hacernos presente, es ante todo un Dios de amor, un Dios sencillo, un Dios compasivo, un Dios que se pone a nuestro alcance, un Dios que se hace nuestro servidor.

En Jesús y con él,  el poder y la fuerza son superados por la bondad, la amabilidad, la delicadeza, la ternura; la grandeza y la perfección, por la generosidad, el servicio, la entrega total; la justicia, por la misericordia; el conocimiento intelectual por la sabiduría del corazón.

En Jesús y con él, Dios es Dios a su manera. Una manera que siempre  sorprende, muchas veces desconcierta, pero que sobre todo, encanta y llena nuestro corazón de alegría y esperanza.

7. JESÚS, UN FIEL CREYENTE

Hay un tema que no solemos tocar cuando hablamos de Jesús, tal vez porque  pensamos que siendo el Hijo de Dios, su relación con su Padre es totalmente distinta a la nuestra, y no involucra los elementos que en nosotros son absolutamente necesarios. Este tema es LA FE.

Sin embargo, la realidad es otra bien distinta. Como Jesús fue – es – además, un ser humano pleno y total, un ser humano con todo lo que ello implica y significa, es perfectamente claro, que su conocimiento de Dios, su relación con Dios, fue, en este mundo, totalmente semejante a la nuestra; y esto quiere decir, que tuvo que “creer sin ver”, sin que en su vida sucedieran acontecimientos extraordinarios que le facilitaran el camino, como sucede con el común de los seres humanos. En este sentido podemos decir, que la fe fue para Jesús, como lo es para nosotros, un camino algunas veces amplio, bien trazado e iluminado, y otras, las más, un camino tortuoso y estrecho, sumido en la penumbra. 

Los evangelios nos muestran con lujo de detalles, que Jesús  no tuvo una vida hecha, como a veces pensamos; una vida decidida hasta en los más mínimos detalles. Jesús no vino a nuestro mundo con todo sabido. Jesús no vino a nuestro mundo con un conocimiento mayor del que puede tener cualquiera de nosotros. De haber sido así, es casi seguro que no le hubiera sucedido lo que le sucedió, en su búsqueda de la Voluntad del Padre. Que no hubiera encontrado la oposición que encontró, ni el rechazo de que fue objeto, por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Que no hubiera padecido lo que padeció, tan injustamente, ni hubiera muerto como murió, porque todo lo habría previsto y solucionado de antemano, de acuerdo con el propósito de su venida.

Sí. Aunque nos parezca extraño, Jesús tuvo que creer; Jesús tuvo que abrir su corazón a Dios para encontrarlo; para sentirlo como un Padre amoroso y tierno; para escuchar su voz.  Tuvo que cerrar los ojos y los oídos a muchas cosas que veía y oía, para confiar en él, para ponerse en sus manos totalmente, para dedicar su vida entera a la búsqueda y realización de su Voluntad salvadora.

Como hombre perfecto, como ser humano a carta cabal, Jesús fue dueño de su vida y de su historia – como lo somos también nosotros -,  y en este sentido,  ésta fue producto, no de la simple conjugación de sucesos, determinados de antemano, sino, de un modo muy especial, resultado de sus acciones y decisiones, libres y voluntarias. Nos lo indica él mismo en el Evangelio de Juan, cuando afirma:  “Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre” (Juan 10, 18).   

Jesús creyó con una fe firme y profunda, una fe que fue creciendo y  desarrollándose poco a poco, como crece y se desarrolla nuestra fe, a partir de las enseñanzas y ejemplos de nuestros padres, cuando somos niños, y más adelante, por decisión propia, en la relación íntima y constante con Dios, en la oración.

Jesús creyó con una fe humilde y perseverante, que lo hizo capaz de descubrir la Voluntad de Dios para con él, en los acontecimientos que iban sucediéndose alrededor suyo, y que poco a poco iban configurando su misión, y mostrándole el camino por el que debía transitar.

Jesús creyó con una fe profunda y valiente, que lo capacitó para enfrentar las circunstancias más difíciles, con la certeza de que Dios Padre estaba con él, fortaleciéndolo y acompañándolo.   

Jesús creyó con una fe sencilla y generosa, que le permitió entregarse totalmente a Dios y a su plan de salvación de la humanidad entera, y realizarlo con lujo de competencia.

Sólo la claridad de pensamiento que da la fe, puede explicar que Jesús haya sido capaz de penetrar en el conocimiento de Dios y de su amor por nosotros, como lo hizo, y también que haya podido expresarlo con tanta contundencia.

Sólo la fortaleza de espíritu que comunica la fe, puede explicar que Jesús haya sido capaz de enfrentar con tanta dignidad, las falsas acusaciones que le hicieron en los juicios del Sanedrín y de Pilatos, y que siendo inocente haya aceptado hacerse culpable, en perfecta obediencia y absoluta coherencia.

Sólo la seguridad que da la fe, puede explicar que Jesús haya sido capaz de entregar su vida en la cruz, por nosotros, con tanta serenidad, con tanta paz, con tanta mansedumbre, y a la vez, con tanta decisión.

Pidamos a Jesús que nos enseñe a creer de verdad, como él creyó, y que fortalezca nuestra fe cada día. 

8. EL CREDO DE JESÚS

Yo, Jesús de Nazaret, creo que Yahvé, el Dios de Israel, es el único Dios; el creador del cielo y de la tierra, y todo cuanto hay en ellos; el dueño y señor del mundo y de la historia. Y creo, también, que es un Dios infinitamente bueno, infinitamente sabio, infinitamente justo, e infinitamente poderoso. Un Dios absolutamente fiel, veraz, humilde y santo. Un Dios de amor y de perdón, rico en misericordia y compasión. Un Dios de vida y esperanza.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, porque lo siento en mi corazón, que Dios es mi Padre y que yo soy su Hijo muy querido. Y creo también, que Dios es Padre de todos los hombres y mujeres que han existido, que existen, y que existirán.

Yo, Jesús de Nazaret,  creo, con todas las fuerzas de mi alma, que mi Padre me ama como ama a todos los hombres y mujeres del mundo, con el amor más grande que se pueda imaginar, porque él mismo es amor. Un amor que se da, que se entrega. Un amor que crea y que salva. Un amor que ama de una manera especial a las personas más débiles, y a todos los que sufren. Un amor que es capaz de todo. Un amor que no se acabará nunca.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, porque lo siento en mi corazón, que Dios Padre me envió a la tierra para realizar una misión muy especial, una misión que yo quiero cumplir por encima de todo, porque la Voluntad de mi Padre, los buenos deseos de mi Padre, son también los míos. Una misión de amor y de vida; una misión de misericordia y de perdón; una misión de salvación para todos los hombres y mujeres de la tierra.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, que el lugar donde Dios está más a gusto, el lugar donde desea reinar por siempre, es el corazón humano, donde habita desde el  principio de los tiempos. Y creo también que su bondad con los hombres no tiene límite, y tampoco su misericordia, su compasión, su perdón, su deseo profundo de que todos sus hijos sean buenos y felices, por siempre.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, que el mayor anhelo de Dios es que todos los hombres y mujeres del mundo se amen, se apoyen, se ayuden, y se sirvan unos a otros, como verdaderos hermanos Que nadie se crea superior a los demás, por ningún motivo. Que se respeten, que sean solidarios y fraternos, y se socorran mutuamente en sus necesidades. Que se perdonen siempre que sea necesario, y que nadie guarde rencor a nadie.

Yo, Jesús de Nazaret, creo que en su sabiduría infinita, Dios sabe sacar bienes de los males, y llevar adelante sus proyectos, porque es el Dios de la esperanza.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, porque lo siento en mi corazón, que el amor es lo fundamental en la vida. Que la verdad hace libre a los seres humanos. Que la paz nace en el corazón. Que la verdadera felicidad procede de Dios y a él conduce.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, porque lo siento en mi corazón, que ni el amor ni el perdón, tienen límites. Que nadie llega a Dios sin pasar por los hermanos. Que la vida se vive a plenitud en el servicio.  Y creo también, que nadie puede servir a Dios y al dinero, o a Dios y al poder, o a Dios y a los ídolos del mundo, a la vez, por mucho que se esfuerce.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, porque lo siento en mi corazón, que para servir a Dios de verdad, como él merece ser servido, hay que ser humildes y sencillos como los niños.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, porque yo mimso lo he vivido, que la fe verdadera, se hace realidad en las obras de cada día. Y creo firmemente, que la felicidad que los seres humanos buscan con tanto afán, procede de Dios y a él conduce.

Yo, Jesús de Nazaret, creo, porque lo siento en mi corazón, y lo he experimentado en mi vida personal, que el sufrimiento tiene un sentido. Y creo también, que cuando se acepta y se vive con paciencia y generosidad, y se ofrece a Dios, redime y salva. 

Yo, Jesús de Nazaret, creo, que quien cree en Dios Padre que me envió, y cree también en mí, como su Hijo amado, aunque muera, vivirá para siempre.

 

9. JESÚS, UN DIOS HUMILDE

La narración que el Evangelio según san Juan, hace de la Última Cena de Jesús con sus discípulos, comienza con lo que los estudiosos han llamado una parábola en acción. En el transcurso de ella, el Señor “se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura…   Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?  Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.   (Juan 13, 4-5.12-15)

Este gesto de Jesús, aparentemente sencillo, tiene una gran significación. Nos muestra con claridad y contundencia, la profunda humildad que hay en su corazón, y que ha sido la característica fundamental de su relación con Dios, y también, de su relación con los hombres y mujeres que se han cruzado en su camino.

Siendo el Hijo eterno de Dios y Dios como su Padre, Jesús no hizo en ningún momento de su vida, “alarde de su categoría de Dios”, como nos dice una profesión de fe de la comunidad cristiana primitiva, que san Pablo recoge en su Carta a los creyentes de la ciudad de Filipos (cf. Filipenses 2, 5-11). Todo lo contrario. Siempre vivió con sencillez y humildad, amando y sirviendo a todos, y proclamando con sus palabras llenas de sabiduría, la enorme riqueza de esta virtud, que nos acerca a Dios de una manera especial.

“Al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados.  Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”. (Lucas 14, 7-11)

“Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad.  Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes;  y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. (Marcos 10, 42-45)

“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. (Mateo 11, 28-30)

El Misterio de la Encarnación de Jesús, es en sí mismo, el misterio de la humildad de Dios que se abaja; el misterio de Dios que “olvidando” quién es, se “agacha”, se hace pequeño, para vivir con y su creatura y como ella.

En Jesús, Dios se hace igual a nosotros, y además vive su vida humana entre los más pobres y sencillos, dispuesto a todo por ellos; por ayudarles, por servirles, y sobre todo, por mostrarles de mil maneras distintas que los ama profundamente y que su más grande deseo es su bien.

Desde su nacimiento en Belén, Jesús aparece rodeado de personas pobres, que desempeñan tareas humildes; de enfermos, que por su misma condición son marginados de la sociedad; de prostitutas y cobradores de impuestos, considerados pecadores por razón de su oficio y excluídos de los dones de Dios, por las autoridades religiosas; de mujeres y niños situados en los escalones más bajos de la estructura social. Y, finalmente, muere crucificado, como un esclavo, en medio de dos criminales, acusado además de blasfemo y condenado por sedicioso. Nada de esto fue casualidad. Dios mismo lo quiso así.

Pero hay más. Jesús llevó su humildad hasta el extremo, en el maravilloso Sacramento de la Eucaristía. “Escondido” en las especies del pan y del vino, dos elementos fundamentales de la comida judía, se puso totalmente a nuestra disposición, corriendo todos los riesgos. Se hizo pan para ser comido y vino para ser bebido.

La Eucaristía es, en cierto sentido, como una nueva Encarnación. Por la acción del Espíritu Santo, como sucedió en el seno virginal de María, Jesús resucitado se “encarna” en el pan y el vino que el sacerdote consagra en la Santa Misa, y nos invita a recibirlo en la Comunión. Al hacerlo, su ser y nuestro ser se unen de manera indisoluble, y su vida se hace parte de nuestra vida. Por eso, la Comunión exige de nosotros plena conciencia de lo que estamos haciendo.

No podemos dudarlo. Seguir a Jesús en su humildad, es un modo privilegiado de vivir nuestra condición de hijos de Dios.

 

 10. LOS MILAGROS DE JESÚS

 Cuando leemos los evangelios, nos encontramos con que sus autores dedicaron buena parte de ellos, a relatar detalladamente las acciones extraordinarias que Jesús realizaba en favor  de las  personas que se acercaban a él, o que él mismo encontraba en su camino. El evangelio según san Marcos – escrito hacia el año 65 -, es una muestra clara de esto.

Jesús tenía la capacidad o el carisma de hacer milagros, pero, podemos preguntarnos, ¿por qué o para qué los hacía?… ¿Qué sentido daba Jesús a los milagros que realizaba?… ¿Qué intención secreta lo movía interiormente a hacerlos?…

Muchas veces cuando pensamos en Dios y hablamos de él, lo que más nos llama la atención, lo que proclamamos con más fuerza, es, sin lugar a dudas, su poder. Dios es fundamentalmente para nosotros, “el todopoderoso”, porque tiene pleno dominio sobre el mundo y nada escapa a su voluntad. En cierto sentido, esta es una idea que proviene del Primer Testamento, que nosotros acogemos y seguimos anunciando, porque nos resulta muy llamativa, y también muy cómoda.

Sin embargo, al acercarnos a los evangelios y profundizar en lo que ellos nos cuentan, llegamos a otra conclusión que es muchísimo más importante: la grandeza de Dios, su majestad, no está en su poder, en su fuerza, ni es el dominio que puede ejercer sobre las personas y los acontecimientos; el verdadero poder de Dios es el amor; su amor infinito por los seres humanos; y es precisamente ese amor lo que Jesús quiere hacernos conocer, lo que quiere hacernos presente, no sólo con sus palabras, sino muy especialmente con sus obras, y más concretamente con sus milagros.

El contexto general de los evangelios, nos muestra con claridad, que Jesús no hizo nunca un milagro en favor de sí mismo, ni de las personas cercanas a él, y mucho menos para satisfacer la curiosidad de quienes se lo pedían, o para ganarse el favor de las autoridades. Siempre sus milagros fueron en favor de las personas más débiles, y tenían la intención de ayudarles en sus necesidades más urgentes. Jesús se acercaba a los enfermos del alma y del cuerpo, movido íntimamente por el amor que Dios, su Padre, había puesto en su corazón de Hijo. Un amor compasivo y misericordioso como el suyo; un amor creador y salvador a la vez; un amor que se conduele siempre del sufrimiento humano y busca la manera de destruirlo, y devolver a quien sufre su fe, su esperanza y su libertad.

San Juan llama a estos milagros “signos” o “señales”, y nos da a entender que por ellos Jesús nos muestra quién es realmente, y cuál es la misión que le ha sido encomendada. Esta misma idea la encontramos en el evangelio según san Lucas, cuando Jesús en la sinagoga de Nazaret, lee el texto de Isaías, que luego se aplica a sí mismo; y en el evangelio según san Mateo, cuando Jesús responde a los enviados de Juan Bautista:

“Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”. Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres.  ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!”.(Mateo 11, 2-6).

Los milagros de Jesús en el evangelio, son signos claros y contundentes, de la salvación que vino a traernos en nombre de Dios, su Padre. Con su amor hasta el extremo nos libera de todas nuestras esclavitudes, nos purifica de nuestros pecados, y nos salva dándonos una vida nueva. Él mismo es para nosotros el más maravilloso milagro; un milagro de amor y de esperanza; un milagro de Vida eterna.

No tenemos que pretender nada más. No tenemos que pedir una señal mayor para creer. Ya todo está hecho y dicho. La presencia salvadora de Jesús en el mundo y en nuestra vida personal, es el signo, la señal, de que Dios nos ama con un amor sin límites, y que  en él y por él, obra verdaderas maravillas. Nosotros sólo tenemos que abrir el corazón para recibirlo y acogerlo, y dejarlo ser Dios en nosotros.

 

11. UN MESÍAS AL REVÉS

 

En  tiempos de Jesús, los  judíos esperaban la llegada del Mesías, el Ungido de Dios, prometido por él y anunciado por los profetas, desde tiempos remotos, como el salvador de Israel. Concretamente, la presencia de los romanos en su territorio, con sus consecuentes abusos, aumentaba en los corazones de todos, el ansia de su venida. Muchos pensaban, incluso, que esta llegada era inminente, y que estaban contados los días para verlo. 

  • ¿Cómo era ese Mesías que los judíos esperaban?…
  • ¿Cuál era la tarea que debía realizar?… 

Los estudiosos de los textos bíblicos coinciden en afirmar, que con el transcurrir del tiempo, la idea del Mesías había sufrido grandes cambios, en la consciencia de los judíos. Conocedores de su historia, habían asimilado en gran medida, su figura, con la de un jefe político, que devolvería a Israel su independencia total de la dominación extranjera, y la gloria que había tenido en tiempos pasados.  El Mesías haría que Israel volviera a ser lo que había sido en los mejores momentos de su historia. Era claro, entonces, que tenía que ser alguien con características especiales; alguien que hablara y obrara con autoridad, con fuerza, con decisión, como un verdadero enviado de Dios.

Jesús conocía esta situación, y por eso trató siempre de esquivar las circunstancias que lo ponían en riesgo de ser proclamado Mesías en este sentido. En el Evangelio según san Marcos, por ejemplo, se destaca esta actitud de Jesús de manera constante, con lo que los estudiosos han llamado “el secreto mesiánico”. Diversos pasajes de este evangelio nos muestran que cuando, después de realizar un milagro, Jesús era  alabado como Mesías por su beneficiario, él les pedía: “no digan nada a nadie” (cf. Marcos 7, 31-37); y a los demonios, que al ser arrojados fuera de quienes eran poseídos, lo denunciaban como tal, les mandaba inmediatamente a callar: “Cállate y sal de este hombre”… “ (cf. Marcos 1, 23-28).

Algo similar sucedió con los discípulos, cuando – según los evangelios sinópticos -, estando en Cesarea de Filipo, Pedro confesó su fe en él,   proclamando: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús les ordenó severamente, “que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (cf. Mateo 16, 13- 20)  Y san Juan nos refiere que después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, “Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña” . (Juan 6, 15)   

Jesús entendió su mesianismo, su condición de Enviado de Dios, de una manera totalmente distinta; lo asimiló a la figura del Siervo de Yahvé, presente en el libro de Isaías (capítulos 42, 49, 50 y 52); y anunció que entraría en su gloria, no ejerciendo el poder, que tantos buscan con afán, sino por el sacrificio de su vida (Marcos 8, 31), porque “El Hijo del hombre no ha venido al mundo a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10, 45).

Sólo cerca ya al final de su vida, cuando había llegado “su hora”, Jesús quiso revelar a sus discípulos y al pueblo en general, parte de su misterio, presentándose como un Mesías pacífico, entrando en Jerusalén montado en un pollino. La plena manifestación de su identidad sólo tuvo lugar después de su resurrección, el día de Pentecostés, cuando Pedro, iluminado por la luz del espíritu Santo, proclamó  ante la multitud: “Todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías” (Hechos 2, 36). 

En definitiva, la gloria de Jesús como Hijo de Dios y como su Mesías – Salvador,  no era una gloria temporal, porque su misión tampoco lo era, y él lo sabía perfectamente. Jesús fue enviado por el Padre para liberarnos de las cadenas del pecado que nos esclaviza de una manera más radical que las cadenas que imponen los hombres. Su salvación abarca mucho más que la mera “salvación” política. Tenemos que ser muy conscientes de ello, porque de la misma manera que sucedió en su tiempo, esto hará la diferencia en nuestra relación con él. Si lo que buscamos es el bienestar temporal que pueda darnos, todo se reducirá a pedir le cosas; pero si lo aceptamos como lo que es realmente, intimaremos con él de una manera evidentemente más profunda y fuerte, y por ende, más decisiva para nosotros. 

 

12. JESÚS Y LAS MUJERES

 

En Israel, como en todos los pueblos del Oriente Medio, la mujer era, en tiempos de Jesús, una ciudadana de segunda categoría; se le consideraba, en todos los aspectos, una persona menor de edad, y su única función en la sociedad era ser esposa, y sobre todo,  ser madre. Aún reconociendo la igualdad esencial de todos los seres humanos, los israelitas circunscribían a la mujer al ámbito del hogar, el único lugar donde podía actuar con alguna libertad e independencia. Parece extraño, pero todavía hoy los judíos varones, repiten en su oración cotidiana: “Seas bendito, Dios nuestro, por no haberme hecho gentil, ni mujer, ni ignorante”; y las mujeres, con marcada resignación, dicen: “Loado seas, Señor, por haberme creado según tu voluntad”.

Aunque Jesús participa directamente de esta tradición cultural, por ovbias razones, los evangelios nos muestran con abundancia de detalles, su relación amplia, profunda, y muy especial con las mujeres, a quienes distinguió siempre con una actitud respetuosa y acogedora a la vez, que sentó un precedente importante entre sus seguidores. De ciudadanas de segunda categoría, dedicadas exclusivamente al hogar y a los hijos, las mujeres pasamos a ser, gracias a Jesús, primero destinatarias, y luego testigos privilegiados de su bondad inigualable y de su amor sin condiciones.

El Evangelio según san Lucas nos refiere, como dato importante, que al lado de los apóstoles, a quienes Jesús había elegido como sus compañeros más cercanos, existía también un grupo de mujeres que lo seguía, y nos da incluso los nombres de algunas de ellas: 

Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lucas 8, 1-3).

Fue ésta, sin duda, una circunstancia totalmente inédita. Los maestros de la fe judía, y Jesús era considerado por sus coterráneos, uno de ellos, no solían tener discípulas mujeres. Aún el ámbito religioso, era, en aquel entonces, casi exclusivo de los hombres, porque eran ellos los únicos que podían leer las Escrituras y aprenderlas de memoria, participar en la oración que se realizaban cada tarde en la sinagoga, y ser parte integrante de las ceremonias y sacrificios que se llevaban a cabo en el gran templo de Jerusalén.

Con su actitud permanentemente abierta y acogedora, Jesús conquistó – en el buen sentido – el corazón de las mujeres que lo veían y escuchaban; se ganó su confianza y su amor, derramó sobre ellas su misericordia, y transformó radicalmente sus vidas. Amplió su consciencia de sí mismas, les mostró su valor como mujeres y la gran importancia de su misión en la familia y en la sociedad, abrió para ellas nuevos horizontes de realización personal, las comprometió vitalmente con él y con su mensaje de salvación, reconoció la fortaleza de su fe, y las hizo portadoras de amor, de esperanza y de paz, en un mundo constantemente afligido por el dolor que proviene del pecado.

  • Marta y María de Betania (Lucas 10, 38-42; Juan 11, 1 ss; Juan 12, 1-8), a quienes Jesús distinguió con su amistad profunda y sincera, nos dan testimonio de su sencillez, de su trato siempre amable, de su bondad infinita, y de su fidelidad a toda prueba.
  • La mujer de Samaría con quien Jesús estableció un diálogo profundo en el brocal del pozo de Sicar (Juan 4, 1-29), es testigo claro y cierto de la sabiduría de sus palabras y la profundidad de su mensaje.
  • María Magdalena (Juan 20, 11-18), la pecadora arrepentida (Lucas 7, 36-50), y la mujer adúltera (Juan 8, 1-11), a quienes Jesús defendió con decisión, de aquellos que pretendían condenarlas, nos dan testimonio de la dulzura de su mirada, de la delicadeza de sus palabras, y de la misericordia que brota a raudales de su corazón, para todos los que necesitan ser perdonados.
  • La suegra de Pedro (Marcos 9, 29-31), la mujer que padecía flujo de sangre y la hija de Jairo  (Lucas 8, 40-56), la sirofenicia y su hija (Marcos 7, 24-30),  la mujer encorvada (Lucas 13, 10-17) y la viuda de Naím (Lucas 7, 11-17), en cuyo favor Jesús realizó diferentes milagros, nos dan fe de su solicitud y sus cuidados con todas las personas que sufren en el alma o en el cuerpo, e imploran con fe su protección y su ayuda.

Jesús es el gran liberador de la mujer, en su tiempo y en el nuestro. Él nos da la verdadera libertad; la que nace en el corazón y llena la vida entera. Una libertad muy diferente a la que muchas mujeres pretenden hoy, y que es, en realidad, una esclavitud aún mayor, porque olvida su condición esencial de portadora y protectora de la vida.

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Esta entrada fue publicada en 17/08/2010 por .
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