SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

SEMANA SANTA


SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ

PRIMERA PALABRA

Llegados al lugar llamado Calvario, lo crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23, 33-34)

REFLEXIÓN

Desnudo, clavado en la cruz, estremecido de dolor, Jesús mira al cielo y a la tierra, y de sus labios brota una plegaria: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Cuando dice “Padre”, el corazón de Jesús late con fuerza. Su Padre es Dios mismo; así lo ha sido desde siempre, desde el principio de los tiempos; así lo siente ahora, en este momento especial de su vida, tan cercano a la muerte.

Un Padre que lo ama profundamente, con el amor más grande que pueda existir. Un Padre que con su amor le ha enseñado a amar a todas y cada una de las personas que se han cruzado en su camino. A todos y cada uno de los hombres y mujeres del mundo, de ayer, de hoy, de siempre.

Por eso precisamente está aquí, en la cruz. Por el amor con que ama al Padre y el amor con que ama a los hombres; a todos, sin excepción. El amor lo ha crucificado.

Pero el amor, cuando es verdadero, conduce irremediablemente al perdón. Se convierte en amor que ama, perdonando. Por eso, Jesús no puede hacer en este momento, otra cosa que pedir a Dios, su Padre, el perdón para sus enemigos. Así confirma con su ejemplo, lo que un día, no muy lejano, enseñó a sus discípulos: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos… Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (cf. Mateo 5, 43-48)

Todos tenemos algo qué perdonar. Todos tenemos a alguien a quien perdonar. Y también alguien a quien pedir perdón.

Nuestra sociedad tiene mucho qué perdonar y también mucho por qué pedir perdón… a Dios y a los hombres.

Perdonar y pedir perdón son tareas urgentes que tenemos que enfrentar, si queremos seguir adelante; si queremos crecer como sociedad y como personas; si queremos hacernos verdaderos seguidores de Jesús, que murió perdonando.

Perdonar de verdad, con el corazón, a quien o a quienes nos han hecho daño, de una o de otra manera.

Pedir perdón a quien o a quienes hemos ofendido por acción o por omisión; con el pensamiento, con las palabras y con las obras.

Invocar con humildad el perdón de Dios, de quien nos hemos olvidado… el perdón de Jesús, de quien nos hemos alejado.

ORACIÓN:

Dios Padre de bondad y de amor,

de rodillas delante de Jesús, tu Hijo crucificado,

queremos pedirte con el corazón contrito y humillado,

que nos perdones todas nuestras debilidades y todos nuestros pecados.

Perdona, Señor, las dudas, los miedos y las desconfianzas, que nos separan de Ti.

Perdona, Señor, los egoísmos, los orgullos y los rencores,

que nos alejan de nuestros hermanos,

y nos hacen personas hoscas, amargadas, resentidas,

incapaces de sonreír,

y también incapaces de agradecer todo lo que Tú nos has dado.

Perdona, Señor, nuestras ofensas al amor, a la verdad, a la justicia y a la libertad,

valores fundamentales de tu Reino,

que Jesús vino a proclamar y a instaurar entre nosotros.

Perdona nuestra falta de compromiso

con los más pobres y débiles de nuestra sociedad,

los preferidos de Jesús, sin lugar a dudas,

y con los que todavía no te conocen

porque no tienen quién les hable de Ti y de tu amor infinito por nosotros.

Perdona nuestras ofensas a la vida, tu don más valioso,

porque es el que nos abre las puertas para todo lo bueno que Tú nos regalas.

Perdona, Señor, todo lo que nos impide hacer realidad en nuestra vida,

de una manera radical,

el Evangelio de Jesús, su Buena Noticia de salvación y de vida eterna.

SEGUNDA PALABRA

Uno de los malhechores colgados le insultaba: ¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros! Pero el otro le increpó: ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino. Jesús le dijo: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lucas 23, 39-43)

REFLEXIÓN:

Jesús está crucificado en medio de dos malhechores… Quienes lo condenaron a muerte decidieron que fuera así, para humillarlo más.

Sin embargo, él no se siente particularmente incómodo por esta circunstancia. Toda su vida, pero especialmente su vida pública, la ha vivido en medio de pecadores de todos los estilos y condiciones, como atestiguan los evangelios.

Jesús es absolutamente consciente de que su misión, la tarea que el Padre le encomendó, es precisamente esta: salvar a los que estaban perdidos. Él mismo lo dijo en una ocasión: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (cf. Lucas 5, 31-32)

El corazón compasivo y misericordioso de Jesús continúa latiendo al compás del corazón amoroso de Dios, su Padre… Por eso, no se revela contra el ladrón crucificado a su izquierda, que hace eco a quienes lo condenaron a muerte; y por eso también, se siente profundamente conmovido con la fe sencilla y humilde, que descubre en las palabras del ladrón crucificado a su derecha…

Entonces, olvidando su propio sufrimiento, se compadece de él, y le promete la Vida eterna que vino a traer al mundo… La Vida eterna, que es la misma Vida de Dios; la salvación…

La salvación y la Vida eterna son los grandes dones de Jesús a los hombres de todos los tiempos… En ellos se realiza a plenitud el amor que Dios siente por nosotros.

No nos salvamos porque seamos muy buenos, porque recemos mucho, porque demos mucho dinero a la Iglesia o a los pobres, o porque seamos muy amables con las personas que nos rodean… Nos salvamos porque Dios es “compasivo y misericordioso” con nosotros, “lento a la cólera y rico en amor y fidelidad” (cf. Éxodo 34, 6).

Nos salvamos porque Jesús, el Hijo de Dios encarnado, vino al mundo a comunicarnos su vida; lo dijo muy claramente a sus discípulos y a todos los que lo escuchaban: “He venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10, 10).

Nos salvamos porque Jesús derramó su sangre… porque Jesús entregó su vida por todos y cada uno de nosotros, según sus propias palabras: “El que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor… de la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20, 26-28).

ORACIÓN:

Jesús,

igual que Dimas, el buen ladrón,

nosotros queremos acogernos hoy a tu compasión y tu misericordia.

Hemos pecado muchas veces y de muchas maneras,

en unas ocasiones con más conciencia que en otras,

pero hemos pecado.

Hemos desconocido tu bondad y tu amor, y te fallamos,

haciendo a un lado tus palabras de verdad y de amor.

Sin embargo, Jesús, queremos pedirte que no nos abandones;

necesitamos de ti para seguir viviendo;

necesitamos de ti y de todo lo que tú nos das,

para ser las personas que Dios Padre espera que seamos;

necesitamos de ti, porque tú eres la Luz que ilumina el mundo

y derrota las tinieblas del pecado.

Necesitamos de ti, Jesús,

porque tú eres el Camino, la Verdad y la Vida de nuestra vida.

Sin tu amor y tu presencia nada tiene sentido ni valor.

TERCERA PALABRA

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. (Juan 19, 25-27)

REFLEXIÓN:

Tan pronto como María supo lo que está sucediendo con Jesús, salió a su encuentro… Quería estar cerca de él, darle su apoyo de madre y de creyente, aunque su corazón se encogiera de dolor.

Por eso la encontramos aquí, al pie de la cruz, acompañada por Juan, el discípulo amado, y por algunas mujeres fieles y valientes, para quienes Jesús había significado un cambio radical en sus vidas.

Desde la cruz, Jesús la mira profundamente conmovido… Hubiera querido que no tuviera que pasar por un sufrimiento tan grande, como este de ver morir a su hijo único, de una manera tan dolorosa y tan humillante.

Sin embargo, las cosas han sucedido así y hay que aceptarlas.

Con el corazón herido y sangrante, pero con la voz todavía fuerte y clara, Jesús dice su tercera palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre”.

Hasta este momento, María era lo único que Jesús tenía en este mundo… Ahora ya no la tiene… La ha entregado en herencia a quienes crean en él y decidan seguirlo con fidelidad, a lo largo de los siglos.

María es una mujer de fe, de eso no hay duda… Por eso está allí, al pie de la cruz…

María cree y su fe la hace capaz de muchas cosas que no podría si no creyera.

Muchas veces a lo largo de la vida de Jesús debió repetir su respuesta al anuncio del ángel Gabriel: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí, según tu palabra” (Lucas 1, 38)… Hoy es la última vez que lo hace y no vacila…

A pesar de que hay muchas cosas que no entiende, María permanece fiel a su entrega. Continúa creyendo.

María es y será siempre, para todas las madres, y también para todos los que nos hemos decidido por Jesús, modelo de fidelidad a toda prueba; modelo de confianza en Dios; modelo de fe viva, ardiente, generosa…

ORACIÓN:

Jesús crucificado,

te damos gracias por habernos dado a María como Madre.

Su amor, su ternura, su humildad y su fe,

son para nosotros luces que iluminan nuestro caminar en pos de ti.

Por su intercesión queremos pedirte hoy, de manera muy especial,

que bendigas a todas las mujeres del mundo,

y particularmente a las madres.

Nuestra sociedad necesita, sin duda,

mujeres, esposas y madres como ella.

Defensoras decididas de la vida,

educadoras de sus hijos en la fe,

compañeras generosas y fieles.

Bendice también, a todas las madres del mundo,

que sufren a causa de la violencia, en cualquiera de sus formas;

a las que lloran la muerte, la desaparición

o el secuestro de sus hijos o de sus esposos.

Llena su corazón de esperanza y de paz.

Perdona a las que por diversas circunstancias

se han convertido en asesinas de sus propios hijos.

Concede la gracia de la conversión

a todas las mujeres que se dedican a difundir por el mundo,

ideas equivocadas sobre la vida, el matrimonio y la familia,

destructoras de las sociedad.

CUARTA PALABRA

Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?», -que quiere decir- «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15, 33-34)

REFLEXIÓN:

En la cruz, Jesús escucha los gritos de la gente… los insultos… las burlas… las blasfemias…

A los horribles dolores de su cuerpo llagado, se unen los dolores del alma, que muchas veces – lo sabemos – son más fuertes y también más profundos.

Jesús es un hombre sensible, su compasión por todos los que sufren lo delata… Por eso, la fuerza de su dolor… de su sufrimiento físico y espiritual, lo hace gritar: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»…

No es un reclamo a Dios… Es una queja… Una queja que no compromete su fe… Solo que es tanto su dolor, que las palabras brotan de su garganta casi espontáneamente…

Se desgarra por dentro y por fuera y siente que está en el límite de sus fuerzas… Entonces clama a Dios, porque sabe que sólo Él puede salvarlo… Sólo Él puede dar sentido a su sufrimiento y ayudarle a soportarlo… A resistir hasta el final sin sublevarse… sin claudicar…

«¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?», son las primeras palabras del Salmo 22. Un salmo mesiánico que profetiza los sufrimientos que Jesús está padeciendo. Por eso Jesús ora con él al Padre, invocando su ayuda y su protección.

Muchas veces cuando sufrimos, nos sentimos solos… como abandonados de Dios… y pensamos que si Dios no hace algo maravilloso para librarnos del dolor que padecemos, para solucionar los problemas que tenemos, es porque no es tan poderoso como dicen que es… ni nos ama tanto como afirman que lo hace…

Ante el silencio de Dios nuestra fe en Él se debilita, se resquebraja… y en muchos casos muere…

Sin embargo, la realidad es otra bien distinta… Dios acompaña nuestro sufrimiento, cualquiera que sea, de la misma manera que acompañó el sufrimiento de Jesús en la cruz… No dice nada pero está ahí… No hace nada pero permanece a nuestro lado… “Sufriendo” con nosotros porque nos ama… “Sufriendo” con nosotros porque somos sus hijos…

Lo único que tenemos que hacer es saber esperar… Seguir creyendo y saber esperar… Dios calla pero está ahí… a nuestro lado… con nosotros… amándonos… cuidándonos… fortaleciéndonos… Si no fuera así no podríamos ni siquiera vivir…¡Y vivimos!, de eso estamos seguros…

ORACIÓN:

Tu grito de dolor, Señor Jesús,

hiere profundamente nuestro corazón.

¡Es tan grande tu sufrimiento!

¡Tan grande y aparentemente tan inútil!

Hace ya dos mil años que entregaste tu vida por nosotros,

y el mundo está igual o peor que entonces.

No hemos sido capaces de dejar el pecado,

y decidirnos por ti y por tu mensaje, de una vez por todas.

¡Como si tú no hubieras hecho muchísimo más de lo que te correspondía!

¡Como si tú no hubieras hecho todo!

¡Como si no lo hubieras dado todo!

Frente al mal que vemos en el mundo,

frente al sufrimiento que todos padecemos,

frente al dolor que aqueja a los inocentes aquí y allá,

nuestra fe vacila y desfallece.

Necesitamos de ti, Jesús,

de tu amor y tu fuerza, para seguir creyendo

en el poder del bien sobre el mal,

de la verdad sobre la mentira,

del amor sobre el odio,

de la paz sobre la guerra,

de la justicia sobre la injusticia,

de la vida sobre la muerte.

Necesitamos de ti, Jesús,

de tu amor y tu gracia,

para seguir creyendo que Dios está con nosotros,

que vive a nuestro lado y nos protege,

y que pase lo que pase, Él tendrá siempre la última palabra;

una palabra de bondad y de amor,

una palabra de esperanza y de Vida eterna.

QUINTA PALABRA

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed.»(Juan 19, 28)

REFLEXIÓN:

Hace ya muchas horas que Jesús no come ni bebe, ni siquiera una gota de agua, y ha derramado mucha sangre… Es apenas normal que sienta sed… Una sed intensa que atenaza su garganta… Una sed que manifiesta que está en peligro de muerte por deshidratación.

En medio de los horribles dolores que padece en el cuerpo y en el alma, la sed es un gran tormento para él… Dicen los médicos, que la sed produce, en quien la padece como Jesús, mucha más angustia que el hambre…

Jesús tiene sed y grita para que alguien se compadezca de su necesidad y le ayude, de la misma manera que él se compadeció de tantos y acudió a socorrerlos…

Jesús tiene poder para realizar un milagro en favor de sí mismo, pero no lo hace… ¡No lo hizo nunca!… Sabe perfectamente que Dios quiere que él recorra los mismos caminos que todos recorremos… Que padezca los mismos dolores y las mismas necesidades que todos padecemos… Sólo así podrá redimirnos de verdad…

La sed de Jesús tiene que hacernos pensar en las necesidades materiales que padecen tantos millones de personas en todo el mundo… Millones de personas de aquí y de allá, que carecen hasta de lo más indispensable para vivir.

Sólo en nuestro país, más de la mitad de la población, vive por debajo de la línea de pobreza… Hay estudios muy serios al respecto. Y aunque tenemos un país rico en recursos naturales, donde la medicina ha alcanzado un desarrollo notable, todavía hay muchos niños y ancianos que mueren por desnutrición y por enfermedades perfectamente prevenibles y tratables…

Porque las riquezas están mal repartidas y cada día los ricos son más ricos y el número de pobres aumenta, tanto como aumenta su pobreza…

Una verdadera vergüenza para un país que se dice cristiano y católico… La fe y la justicia social tienen que ir juntas, tomadas de la mano.

ORACIÓN:

Jesús,

escuchamos tus gritos de dolor,

e inmediatamente pensamos en tus palabras:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”…

Somos injustos, Señor,

tremendamente injustos.

Y lo peor es que ni siquiera nos damos cuenta de ello.

Ofrecemos una pequeña limosna,

y ya nos sentimos satisfechos.

Nos parece que hicimos algo muy grande,

cuando sólo estamos haciendo

una mínima parte de lo que nos corresponde hacer.

Ayúdanos, Jesús, a entender,

que nuestra más grande obligación es compartir,

dar de lo que tenemos,

ponernos al servicio de quienes nos necesitan,

solidarizarnos con los que sufren,

como tú te solidarizaste con nosotros.

Que tu grito, Señor,

resuene en nuestros oídos, una y otra vez,

hasta que logremos escuchar con el corazón

el lamento de todas las personas

que padecen necesidades materiales y espirituales,

y salgamos a socorrerlos con amor y con generosidad.

SEXTA PALABRA

Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» (Juan 19, 29-30)

REFLEXIÓN

A pesar de las circunstancias, Jesús no ha perdido la conciencia… Ni la conciencia del presente… de sus dolores físicos y espirituales… Ni la conciencia del pasado… de lo que fue su vida… de lo que ha sido su vida hasta ahora… Y con esta conciencia dice: “Todo está cumplido”.

Se han cumplido las profecías que lo anunciaban como Mesías Salvador… Se ha realizado la promesa de Dios al pueblo de Israel, y en él a nosotros…

Él mismo ha cumplido… ha realizado… la misión que Dios le había encomendado… y lo ha hecho con lujo de detalles… sin escatimar nada… con un amor muy profundo y con gran generosidad.

En su dolor infinito, Jesús se siente tranquilo, en paz, porque ha podido mantenerse fiel al Padre… a su amor y a su voluntad… y esto es lo que realmente cuenta para él.

Su amor al Padre ha sido la razón de su vida, y ahora es la razón de su muerte… ¿qué más puede desear?…

Jesús murió en la cruz para salvarnos. Eso lo sabemos perfectamente. Lo sabemos con la cabeza… es en nuestro pensamiento de cristianos, una “idea” clara… Pero tenemos que ir más allá…

Tenemos que llevar esta “idea”, esta verdad, al corazón, para que impregne, para que penetre, toda nuestra vida… para que sea el motor de todas nuestras acciones y palabras… Para que nuestra fe en él no se quede en el plano de los conceptos, o en la mera “creencia”, sino que llegue al fondo de nuestro ser y transforme nuestra vida…

De esta manera, también nosotros llegaremos a ser lo que tenemos que ser… lo que Dios quiere que cada uno de nosotros seamos… para que, siguiendo el ejemplo de Jesús, nuestro hermano mayor, vivamos como lo que somos: ¡Hijos muy amados de Dios!…

ORACIÓN:

Mirándote, Jesús, crucificado,

no nos queda duda de que cumpliste a cabalidad

la tarea que Dios Padre te encomendó.

Entregaste lo más grande que podías entregar: tu vida,

y lo hiciste con amor, con humildad,

con fe y con esperanza,

desde el primer instante de tu Encarnación

en el vientre virginal de María.

La cruz es el momento culminante de esa entrega.

Entregaste tu vida por nosotros

y por todos y cada uno de los hombres y mujeres

del mundo y de la historia.

Por eso, Jesús, te damos gracias infinitas.

Te damos gracias y te pedimos

que nos fortalezcas y nos ayudes,

para que también nosotros

cumplamos a cabalidad nuestra misión.

La tarea que Dios Padre nos ha encomendado

desde que nos creó.

No es tan grande como la tuya,

pero también es importante…

Muy importante para nosotros

y también para el mundo y para el tiempo

en los que vivimos.

Para cada una de las personas

que viven a nuestro lado,

especialmente para aquellas

que dependen más directamente de nosotros.

Que a la hora de nuestra muerte, Jesús,

también nosotros podamos decir contigo al Padre:

“Todo lo que quisiste está cumplido”.

SÉPTIMA PALABRA

Era ya cerca de la hora sexta cuando se oscureció el sol y toda la tierra quedó en tinieblas hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró. (Lucas 23, 44-46)

REFLEXIÓN:

Han pasado tres horas desde que Jesús fue clavado en la cruz… Jesús siente que ha llegado el momento de la muerte…Ha dado su vida gota a gota, y su cuerpo ya no resiste ni un instante más… La respiración entrecortada apenas sí oxigena su cerebro…

Entonces, reuniendo las poquísimas fuerzas que conserva, lanza un fuerte grito… Un grito de amor y de confianza… Un grito de entrega y de esperanza… “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

En medio de la oscuridad, y del silencio que ella impone, las palabras de Jesús se oyen fuertes, muy fuertes… Atraviesan el espacio y el tiempo y llegan al corazón del Padre que lo acoge con amor infinito… En los brazos amorosos de Dios, Jesús exhala su último aliento y muere…

El mundo se estremece, como es apenas lógico… Se ha cerrado el episodio más grande de su historia…

Todavía nadie se ha dado cuenta de ello, pero muy pronto todo cambiará… Comenzará una nueva era… Una nueva era con un nuevo hombre… ¡Nosotros!… Los que creemos en él… Sus seguidores… Los continuadores de su obra en el mundo… Los que buscamos hacer realidad en nuestra vida de cada día, su mensaje de amor, de justicia, de verdad, de libertad y de paz.

Jesús murió realmente… como morimos todos… Experimentó en su cuerpo y en su alma el desgarramiento que produce la muerte en todo ser humano… Es verdadero Dios, pero también es verdadero hombre…

No podía ser de otra manera… Ser hombre implica morir… Desde que comenzamos a vivir, comenzamos también a caminar hacia la muerte…

Sin embargo, la muerte no es el final…Estamos seguros de eso…

Muriendo como murió, Jesús le quitó a la muerte su poder. Por eso dejó de ser definitiva.

Con su muerte, Jesús abrió para nosotros los mortales, una nueva posibilidad de vida… de una vida totalmente nueva: La Vida eterna que es participación en la misma Vida de Dios.

Sólo que hay que esperar… Vivir esta vida que tenemos con dignidad, y esperar el momento del encuentro, que sucederá cuando Dios vea que estamos preparados para mirarlo “cara a cara”…

ORACIÓN:

Jesús,

en tu muerte, y por ella,

queremos pedirte

desde lo más profundo de nuestro corazón,

nos alcances de Dios la gracia,

de vivir una buena vida,

para tener también una buena muerte.

Una muerte que signifique para nosotros

el comienzo de una vida eterna y feliz a tu lado.

Una vida de amor, de alegría,

de bondad y de paz.

Una vida en plenitud…

A esto estamos llamados

desde el primer instante de nuestro ser

y a eso es a lo que aspiramos

y lo que deseamos

con todas nuestras fuerzas.

Porque para eso, precisamente, moriste tú.

Amén.

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Esta entrada fue publicada en 15/08/2010 por .
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