SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

GOTICAS DE FE Y DE ESPERANZA

16. Señor, Tú me sondeas y me conoces.

Conoces mi mente y mi corazón,

mis pensamientos y mis sentimientos,

mis palabras y mis acciones,

mis deseos más profundos

y mis limitaciones para realizarlos;

mis esfuerzos y mis luchas,

mis triunfos y mis fracasos,

mis miedos y mis angustias,

mis alegrías y mis tristezas,

mis trabajos cotidianos y mis frustraciones.

Tú, Señor me conoces por dentro y por fuera,

porque vives conmigo, a mi lado,

dentro de mí,

y nada de lo que soy o de lo que hago,

de lo que pienso y de lo que digo, te es ajeno,

porque me amas infinitamente,

y tu amor es siempre un amor que nos penetra,

nos conoce, y nos acepta tal como somos.

Te doy gracias, Señor,

y te pido con toda la fuerza de mi corazón,

que me ayudes a vivir cada día

en tu presencia amorosa y sublime;

y que, con la fuerza de tu Espíritu,

que sopla donde quiere,

me muestres el camino y me conduzcas

para hacer siempre y sólo lo que quieres de mí. Amén.

15. Es hermoso pensar en estas palabras del Papa Francisco:

“En cualquier situación de la vida no debo olvidar que no dejaré jamás de ser hijo de Dios. Incluso en las situaciones más feas de la vida, Dios me espera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera”.

“El Señor no puede resignarse al hecho de que una sola persona pueda perderse. El actuar de Dios es aquel de quien va en busca de los hijos perdidos, para después hacer fiesta, y alegrarse con todos porque los ha encontrado”.

El amor de Dios por nosotros es un amor infinito; un amor que no pone condiciones ni tiene medida; un amor fiel y siempre generoso, que se nos da sin pedir nada a cambio, porque su esencia es entregarse; un amor que busca y que perdona a quien se ha alejado de Él, porque somos su razón de ser.

El amor de Dios por nosotros, por todos y por cada uno, es un amor lleno de ternura y bondad, de delicadeza y comprensión, como el amor de una madre; un amor profundo y fuerte, compasivo y misericordioso, como el amor de un padre.

El amor de Dios por nosotros es un amor alegre y bello, que llena el corazón de gozo, de esperanza y de paz.

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14. No permitas que tu vida cristiana sea una vida mediocre, rutinaria, sin brillo, semejante a una carga pesada que arrastras sin mucho convencimiento y con bastante incomodidad. Ser cristiano es un regalo inmenso de Dios, que debemos aprender a valorar y a agradecer cada día.

Ten presente en tu mente y en tu corazón, las palabras de Jesús a sus discípulos y a quienes se habían reunido para escucharlo aquella mañana en la montaña, y que nos transmite san Mateo en su Evangelio:

Ustedes son la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa.

Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos. (Mateo 5, 13-16)

Que quienes comparten su vida contigo, se sientan motivados a creer lo que tú crees y a vivir lo que tú vives, porque tu fe es alegre e iluminadora.

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13. El pecado, los pecados, los tuyos y los míos, los de todos, nacen siempre de nuestro egoísmo.

El egoísmo que nos impulsa a ponernos a nosotros mismos en el centro de la escena, y querer que todo sea como nosotros lo deseamos, como lo pensamos, como lo tenemos previsto.

El egoísmo que nos hace creer que sabemos más que los demás, que somos mejores que los demás.

El egoísmo que poco a poco se vuelve vanidad, orgullo, soberbia.

¿Y qué podemos hacer para que el egoísmo no crezca en nosotros, y con él, el dominio del pecado en nuestra vida?…

La respuesta la tiene san Pablo en su Carta a los Romanos:

“Nada hagan por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo (Filipenses 2, 3)

Pidamos a Dios el don de la humildad que nos hace libres y agradables a Él, a semejanza de Jesús y de María.

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12. El mal se vence con el bien, obrando el bien, haciendo cosas buenas.

El odio se vence con el amor, amando sin condiciones.

El orgullo se vence con la humildad, sintiéndonos no superiores a los demás, sino sus servidores.

El egoísmo se vence tratando de obrar siempre y en todo pensando más en los otros que en nosotros mismos.

La mentira se vence hablando palabras de verdad, y actuando con honestidad, sin dobles intenciones.

La injusticia se vence buscando que todo lo que decimos y hacemos reconozca y respete los derechos de los demás.

Las discordias se vencen perdonando las ofensas recibidas, y tratando de dar siempre más importancia a lo que nos une a los otros, que a lo que nos separa de ellos.

La violencia y la guerra se vencen actuando en todo de manera pacífica, hablando palabras de paz, haciendo obras de paz.

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11. Nuestra vida, aunque aparentemente sea sencilla y rutinaria, debe estar marcada por el agradecimiento. Sea como sea y pásenos lo que nos pase, siempre tenemos algo por lo que dar gracias a Dios; basta que nos detengamos un momento a pensar en ello, para que enseguida lo encontremos.

El sólo hecho de existir, de estar aquí en el mundo, ya es un hermoso regalo de Dios, que al crearnos nos ha hecho sus hijos muy queridos. La fe que profesamos – nuestra fe cristiana católica – es un don que da sentido a todo lo que somos y a todo lo que hacemos, a lo que nos sucede y a lo que no, a lo que nos hace reír y a lo que nos hace llorar, a las alegrías que experimentamos y a los sufrimientos que padecemos.

La belleza del mundo en el que habitamos es un don. La familia de la cual formamos parte es un don. La salud que nos permite crecer y desarrollarnos adecuadamente como personas capaces, es un don. Los amigos que comparten su vida con nosotros, son un don. El trabajo que nos permite conseguir lo que necesitamos, es un don.

Saquemos un tiempo para pensar en todo lo que a lo largo de nuestra vida hemos recibido del Señor, y démosle gracias como se debe.

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10. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Juan 6,54).

Comer la carne de Jesús y beber su sangre, acercándonos a recibir la Eucaristía, es asumir su vida en nuestra vida, llenarnos de su fe, de su amor y de su esperanza.

Comer la carne de Jesús y beber su sangre, es aprender a ser humildes como él fue humilde; aprender a compadecernos de los sufrimientos de los demás como él se compadeció de los sufrimientos de sus contemporáneos, y como se compadece de los nuestros; aprender a servir con alegría y sencillez de corazón, como él lo hizo en su vida terrena; aprender a ser honestos y veraces, generosos y amables, bondadosos y tiernos, como él fue siempre.

Comer la carne de Jesús y beber su sangre, acercándonos a recibir la Eucaristía, nos da el vigor y la fuerza que necesitamos para ser capaces de vivir en nuestra vida de cada día, el querer de Dios para nosotros.

La Eucaristía es un regalo del amor generoso de Jesús a cada uno de nosotros. Recibirla con frecuencia es la mejor manera de corresponder a ese amor que se nos ha dado sin merecerlo.

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9“Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Juan 12,32)

La cruz de Jesús es el lugar de nuestra salvación. En ella el Señor consumó su entrega al Padre por amor a nosotros, y el Padre recibió su sacrificio.

La cruz de Jesús es el trono del amor sin condiciones, del anonadamiento y la humildad a prueba de todo, de la misericordia y el perdón sin límites, de la esperanza del bien que no se deja vencer por el mal.

También las pequeñas o grandes cruces de nuestra vida cotidiana, tienen un sentido salvador, si las recibimos y las cargamos con paciencia y mansedumbre, unidos a Jesús crucificado. Por ellas y con ellas podemos alcanzar para nosotros, para nuestros familiares, para la Iglesia y para el mundo, grandes y abundantes bendiciones de Dios que nos ama más allá de nuestras fragilidades y limitaciones.

Ofrece a Jesús con alegría y sencillez, cada día, tus cruces personales – todos las tenemos y cada uno conoce las suyas -, él las presentará al Padre, y el Padre que no se deja ganar en generosidad, y sabe sacar bienes de los males, te recompensará con magnanimidad.

 

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8. Tantos dicen que tienen fe, que creen. Pero… ¿Cómo es su fe?… ¿Hasta dónde llega?… ¿Qué implica para ellos creer?… ¿Qué son capaces de hacer por esa fe que dicen tener?…

Porque la fe no es sólo afirmar que se cree y ya está. La fe va mucho más allá de una aceptación teórica de una verdad.

La fe es una forma de vivir. La fe es un compromiso de vida. La fe se hace concreta y clara en la manera de ser y en la manera de actuar cada día.

Como dice el Papa Francisco:

Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos, y vive con nosotros.

Nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo, en el cuerpo y en el alma.

Una pregunta suelta:

¿Qué eres capaz de hacer tú, movido por la fe que dices tener?…

¿Hasta dónde has llegado?…

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7. Hay una verdad de nuestra fe cristiana, que no hemos pensado suficientemente, y que por tanto, no hemos logrado comprender ni valorar en su justa medida.

Es la verdad del perdón de los pecados, que nos reveló Jesús y que nosotros proclamamos cuando rezamos el Credo.

Somos pecadores, nadie puede negarlo. Constantemente estamos alejándonos del bien que nos acerca a Dios, y obrando el mal, que nos separa de Él. Unas veces lo hacemos con más conciencia que otras, pero eso no quita nuestra responsabilidad al respecto.

Sin embargo, Dios que nos ama infinitamente y nos conoce íntimamente a cada uno, nos mira siempre con ternura y espera pacientemente que invoquemos su perdón. Y cuando nos perdona, lo hace para siempre. Con su amor misericordioso, Dios destruye nuestro pecado, lo elimina totalmente de su pensamiento, para no volver a recordarlo nunca.

Es muy bello pensar en esto, pero también muy comprometedor.

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6. Ser cristiano es, ante todo, ser testigo de Jesús. Hablar de él, no sólo con palabras, que tantas veces se las lleva el viento, sino sobre todo con hechos, con acciones concretas y claras, que todos puedan ver y sentir; hacerlo presente en el mundo por nuestras obras de amor y de servicio.

Ser cristiano es ser testigo de Jesús en el mundo en que vivimos, intentando amar y servir a las personas que encontramos en nuestro camino, como él amó y sirvió a las personas que encontró en el suyo, aunque a veces fueran un poco raras, y se salieran de los esquemas establecidos por la sociedad de su tiempo.

Se dice muy fácil, pero puede resultar muy difícil. ¡Es muy difícil!… ¡Necesitamos con urgencia que él mismo nos enseñe y nos ayude a hacerlo!…

Por eso tenemos que mantener fijos nuestros ojos y nuestro corazón en él, intentando con generosidad, pasar del pensamiento y los deseos, a las acciones concretas y reales que beneficien a quienes comparten su vida con nosotros.

Jesús amó a los otros negándose a sí mismo y haciéndose servidor incondicional de quienes lo buscaban, y lo mismo tenemos que hacer nosotros. Sólo así podemos ser verdaderos cristianos.

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5. “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, dice el refrán popular.

No hay por qué, ni para qué, postergar los deberes y responsabilidades que tenemos en nuestra vida diaria, y tampoco los proyectos y planes que nos hemos hecho. Sólo tenemos en nuestras manos el presente, y en ese presente es en el que tenemos que vivir y actuar. El pasado ya pasó y está en las manos de Dios; el futuro no sabemos cómo será.

Aquí: en el lugar en el que Dios me puso, en las circunstancias que me acompañan, y con las personas que comparten su vida conmigo. Ahora: ya, porque no sé si el mañana existirá para mí.

Aquí y ahora creemos, amamos y esperamos.

“No dejes para mañana, lo que puedes hacer hoy”. El bien hay que hacerlo aquí y ya, con las personas que viven a nuestro lado, sin demoras ni regateos, sin escatimar esfuerzos, aprovechando al máximo lo que Dios tuvo a bien darnos cuando nos creó, para que lo compartiéramos con los demás.

El futuro lo construimos en el presente concreto, con el corazón lleno de fe, de amor y de esperanza.

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4. Las tragedias que todos los días ocurren en el mundo, no pueden ser para nosotros sucesos indiferentes. Lo que le pasa a un ser humano, sea quien sea y esté donde esté, es un dolor para la humanidad entera, porque Dios nos creó a todos como hijos suyos, y hermanos unos de otros.

No puede ser indiferente para nosotros, el hambre que sufren millones de personas en los países de África y de América Latina, incluyendo nuestro país. Ni tampoco las guerras que se libran en diversos países del Medio Oriente, en las que se han perdido tantas vidas en los últimos años.

No podemos pasar de largo ante los miles de personas que cada día abandonan su lugar de origen a causa de la violencia que los amenaza, o de las condiciones precarias de vida que padecen. Y tampoco ante los cientos, tal vez miles, de personas que habitan en las calles de nuestras grandes ciudades, mendigando el alimento diario, por las razones que sea.

Son situaciones que reclaman de nosotros una toma de posición clara, y también una acción concreta y decidida. Seguro que hay algo que podemos hacer. Tal vez lo más sencillo, pero no lo menos importante, encomendar estas necesidades y a estas personas en nuestra oración de cada día. En el transfondo de todo siempre está Dios.

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3. Los Salmos son la oración del pueblo de Dios. La oración de Israel, en el Antiguo Testamento, y la oración de la Iglesia, en el Nuevo.

Jesús, María y José, como buenos israelitas que eran, oraban con los Salmos en su tiempo, y la Iglesia, hoy, ora también con los Salmos, en la llamada Liturgia de las Horas, que rezan el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos y religiosas, y también muchos laicos, en diferentes momentos del día, especialmente en la mañana con las Laudes, y al atardecer con las Vísperas. Y todos nosotros oramos con los Salmos en la Eucaristía, después de la Primera Lectura y antes de escuchar el Evangelio.

El Salmo 23(22) es uno de los más bellos Salmos de la Biblia. Aprende de memoria algunos de sus versos, y alaba a Dios desde tu corazón, repitiéndolos en tu intimidad muchas veces al día.

El Señor es mi Pastor, nada me falta:

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas.

Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tú vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan.

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2. En la encarnación de Jesús en el seno virginal de María, por obra del Espíritu Santo, Dios asumió como propia nuestra fragilidad humana.

Asumió, hizo suyas, nuestra pequeñez y nuestra debilidad, nuestras limitaciones y nuestras incapacidades, nuestra lucha de todos los días, con sus triunfos y sus derrotas.

Esto quiere decir, que en Jesús y por él, Dios que nos conoce a todos y a cada uno, “como a la palma de su mano”; Dios que nos ama infinitamente a pesar de nuestros equivocaciones y nuestros fracasos, de nuestros miedos y nuestras traiciones, lo apostó todo por nosotros, y esto lo hace digno de nuestra confianza total y absoluta, de nuestra entrega a su Voluntad, que es siempre una Voluntad salvadora, una Voluntad para el bien.

Sólo Dios, en Jesús, puede salvarte de tus miedos, de tus angustias, de tus temores.

Entrégate a él, cada día, con humildad y con amor, con confianza y con esperanza.

Sólo Dios, en Jesús, puede conducirte por el camino del bien, por el camino que lleva a la verdadera felicidad.

Invítalo cada día a ser parte integrante de tus pensamientos, de tus palabras y de tus acciones.

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1. La vida del ser humano ha sido y será siempre, un ir y venir de cosas buenas y de cosas malas, de circunstancias propicias y de momentos difíciles, de luchas y tropiezos, de triunfos y fracasos, de victorias y derrotas.

El cristiano – que es en primer lugar un ser humano, con todo lo que ello implica -, vive esta condición de su vida con serenidad y confianza, porque tiene su fe y su esperanza puestas en el Señor, y está absolutamente seguro, de que suceda lo que suceda, podrá contar siempre con su ayuda y su protección, su amor y su bondad.

Cuando en tu vida se presenten los momentos difíciles, y también cuando vivas tiempos de prosperidad, ora al Padre, diciendo:

Padre, me pongo en tus manos,

haz de mí lo que quieras,

sea lo que sea te doy las gracias,

estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,

con tal de que tu Voluntad se cumpla en mí

y en todas tus creaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma.

Te la doy con todo el amor de que soy capaz,

porque te amo y necesito darme a Ti

sin limitación ni medida,

con una confianza infinita,

porque Tú eres mi Padre. Amén