SEMILLA DE MOSTAZA

PARA REFLEXIONAR SOBRE LA FE Y ORAR

PENSAMIENTOS PARA EL CAMINO

PRESENTACIÓN

Caminar en la presencia del Señor.

Caminar guiados por su luz que todo lo ilumina.

Caminar fortalecidos por su fuerza omnipotente.

Caminar enriquecidos por su amor que no tiene límites ni pone barreras.

Caminar sin descanso.

Caminar sin miedo.

Caminar con confianza y seguridad.

Caminar primero despacio, luego un poco más rápido, hasta alcanzar un ritmo sostenido.

Caminar mirando siempre adelante.

Caminar aunque caigamos muchas veces.

Caminar dispuestos a levantarnos cuantas veces sea necesario.

Caminar apoyados en la fe.

Caminar sostenidos por la esperanza.

Caminar en el amor y con amor, amando.

Caminar con alegría.

Caminar con entusiasmo.

Caminar con los otros, en grupo, como familia, en comunidad.

Caminar sin detenernos.

Caminar por el camino señalado por Jesús, por el camino que es Jesús.

Caminar volviendo atrás una y otra vez, para recuperar siempre la senda perdida.

Caminar de pie… erguidos…

y también, caminar de rodillas, cuando la ocasión así lo indique.

Caminar y caminar.

Caminar superando el cansancio.

Caminar venciendo los obstáculos del camino.

Esto es la vida cristiana

El libro que tienes en tus manos, querido lector, quiere ayudarte en este caminar de cada día que es nuestra vida como cristianos católicos.

La autora

1. La vida del ser humano ha sido y será siempre, un ir y venir de cosas buenas y de cosas malas, de circunstancias propicias y de momentos difíciles, de luchas y tropiezos, de triunfos y fracasos, de victorias y derrotas.

El cristiano – que es en primer lugar un ser humano, con todo lo que ello implica -, vive esta condición de su vida con serenidad y confianza, porque tiene su fe y su esperanza puestas en el Señor, y está absolutamente seguro, de que suceda lo que suceda, podrá contar siempre con su ayuda y su protección, su amor y su bondad.

Pase lo que pase en tu vida personal, ora cada día al Padre, diciéndole:

Padre, me pongo en tus manos,

haz de mí lo que quieras,

sea lo que sea te doy las gracias,

estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,

con tal de que tu Voluntad se cumpla en mí

y en todas tus creaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma.

Te la doy con todo el amor de que soy capaz,

porque te amo y necesito darme a Ti

sin limitación ni medida,

con una confianza infinita,

porque Tú eres mi Padre. Amén

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2. En la encarnación de Jesús en el seno virginal de María, por obra del Espíritu Santo, Dios asumió como propia nuestra fragilidad humana.

Asumió, es decir, hizo suyas, nuestra pequeñez y nuestra debilidad, nuestras limitaciones y nuestras incapacidades, nuestra lucha de todos los días, nuestros triunfos y nuestras derrotas.

Esto quiere decir, que en Jesús y por él, Dios que nos conoce a todos y a cada uno, “como a la palma de su mano”; Dios que nos ama infinitamente a pesar de nuestros equivocaciones y nuestros fracasos, de nuestros miedos y nuestras traiciones, lo apostó todo por nosotros, y esto lo hace digno de nuestra confianza total y absoluta, de nuestra entrega a su Voluntad, que es siempre una Voluntad salvadora, una Voluntad para el bien.

Sólo Dios, en Jesús, puede salvarte de tus miedos, de tus angustias, de tus temores.

Entrégate a él, cada día, con humildad y con amor, con confianza y con esperanza.

Sólo Dios, en Jesús, puede conducirte por el camino del bien, por el camino que lleva a la verdadera felicidad.

Invítalo cada día a ser parte integrante de tus pensamientos, de tus palabras y de tus acciones.

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3. Los Salmos son la oración del pueblo de Dios. La oración de Israel, en la primera alianza, y la oración de la Iglesia, en la nueva alianza.

Jesús, María y José, como buenos israelitas que eran, oraban con los Salmos, y la Iglesia, hoy, ora también con ellos, en la llamada Liturgia de las Horas, que rezan el Papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos y religiosas, y también muchos laicos, en diferentes momentos del día, especialmente en la mañana con las Laudes, y al atardecer con las Vísperas. Y todos nosotros oramos con los Salmos en la Eucaristía, después de la Primera Lectura y antes de escuchar el Evangelio.

El Salmo 23(22) es uno de los más bellos Salmos de la Biblia. Aprende de memoria algunos de sus versos, y alaba a Dios desde tu corazón, repitiéndolos en tu intimidad muchas veces al día.

El Señor es mi Pastor, nada me falta:

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas.

Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tú vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan.

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4. Las tragedias que todos los días ocurren en el mundo, no pueden ser para nosotros sucesos indiferentes.

Lo que le pasa a un ser humano, sea quien sea y esté donde esté, es un dolor para la humanidad entera, porque Dios nos creó a todos como hijos suyos, y hermanos unos de otros.

No puede ser indiferente para nosotros, el hambre que sufren millones de personas en los países de África y de América Latina, incluyendo nuestro país. Ni tampoco las guerras que se libran en diversos países del Medio Oriente, en las que se han perdido tantas vidas en los últimos años.

No podemos pasar de largo ante los miles de personas que cada día abandonan su lugar de origen a causa de la violencia que los amenaza, o de las condiciones precarias de vida que padecen. Y tampoco ante los cientos, tal vez miles, de personas que habitan en las calles de nuestras grandes ciudades, mendigando el alimento diario, por las razones que sea.

Son situaciones que reclaman de nosotros una toma de posición clara, y también una acción concreta y decidida. Seguro que hay algo que podemos hacer. Tal vez lo más sencillo, pero no lo menos importante, encomendar estas necesidades y a estas personas, en nuestra oración de cada día.

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5. “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, dice el refrán popular.

No hay por qué, ni para qué, postergar los deberes y responsabilidades que tenemos en nuestra vida diaria, y tampoco los proyectos y planes que nos hemos hecho. Sólo tenemos en nuestras manos el presente, y en ese presente es en el que tenemos que vivir y actuar. El pasado ya pasó y está en las manos de Dios; el futuro no sabemos cómo será.

Aquí y ahora creemos, amamos y esperamos.

Aquí: en el lugar en el que Dios me puso, en las circunstancias que me acompañan, y con las personas que comparten su vida conmigo. Ahora: ya, porque no sé si el mañana existirá para mí.

“No dejes para mañana, lo que puedes hacer hoy”.

El bien hay que hacerlo aquí y ya, con las personas que viven a nuestro lado, sin demoras ni regateos, sin escatimar esfuerzos, aprovechando al máximo lo que Dios tuvo a bien darnos cuando nos creó, para que lo compartiéramos con los demás.

El futuro lo construimos en el presente concreto, con el corazón lleno de fe, de amor y de esperanza.

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6. Ser cristiano es, ante todo, ser testigo de Jesús. Hablar de él, no sólo con palabras, que tantas veces se las lleva el viento, sino sobre todo con hechos, con acciones concretas y claras, que todos puedan ver y sentir; hacerlo presente en el mundo por nuestras obras de amor y de servicio.

Ser cristiano es ser testigo de Jesús en el mundo en que vivimos, intentando amar y servir a las personas que encontramos en nuestro camino, como él amó y sirvió a las personas que encontró en el suyo, aunque a veces fueran un poco raras, y se salieran de los esquemas establecidos por la sociedad de su tiempo.

Se dice muy fácil, pero puede resultar muy difícil. ¡Es muy difícil!… ¡Necesitamos con urgencia que él mismo nos enseñe y nos ayude a hacerlo!…

Por eso tenemos que mantener fijos nuestros ojos y nuestro corazón en él, intentando con generosidad, pasar del pensamiento y los deseos, a las acciones concretas y reales que beneficien a quienes comparten su vida con nosotros.

Jesús amó a los otros negándose a sí mismo y haciéndose servidor incondicional de quienes lo buscaban, y lo mismo tenemos que hacer nosotros. Sólo así podemos ser verdaderos seguidores suyos.

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7. Hay una verdad de nuestra fe cristiana, que no hemos pensado suficientemente, y que por tanto, no hemos logrado comprender ni valorar en su justa medida.

Es la verdad del perdón de los pecados, que nos reveló Jesús y que nosotros proclamamos cuando rezamos el Credo.

Somos pecadores, nadie puede negarlo. Constantemente estamos alejándonos del bien que nos acerca a Dios, y obrando el mal, que nos separa de Él. Unas veces lo hacemos con más conciencia que otras, pero eso no quita nuestra responsabilidad al respecto.

Sin embargo, Dios que nos ama infinitamente y nos conoce íntimamente a cada uno, nos mira siempre con ternura y espera pacientemente que invoquemos su perdón. Y cuando nos perdona, lo hace para siempre. Con su amor misericordioso, Dios destruye nuestro pecado, lo elimina totalmente de su pensamiento, para no volver a recordarlo nunca.

Es muy bello pensar en esto, pero también muy comprometedor.

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8. Tantos dicen que tienen fe, que creen. Pero… ¿Cómo es su fe?… ¿Hasta dónde llega?… ¿Qué son capaces de hacer por esa fe que dicen tener?…

Porque la fe no es sólo afirmar que se cree y ya está. La fe va mucho más allá de una aceptación teórica de una verdad o de una doctrina.

La fe es una forma de vivir. La fe es un compromiso de vida. La fe se hace concreta y clara en la manera de ser y en la manera de actuar cada día.

Como dice el Papa Francisco:

Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos, y vive con nosotros.

Nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo, en el cuerpo y en el alma.

Una pregunta para ti:

¿Has pensado alguna vez en el compromiso que implica para ti creer en Jesús?…

¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para vivir a plenitud este compromiso?…

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9. “Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Juan 12, 32).

La cruz de Jesús, levantada en el Calvario, es el lugar de nuestra salvación. En ella, el Señor consumó su entrega al Padre, por amor a nosotros, y el Padre, que nos ama infinitamente, recibió su sacrificio.

La cruz de Jesús es el trono del amor sin condiciones, del anonadamiento y la humildad a prueba de todo, de la misericordia y el perdón sin límites, de la esperanza del bien que no se deja vencer por el mal.

También las pequeñas o grandes cruces de nuestra vida cotidiana, tienen un valor salvador, si las recibimos y las cargamos con paciencia y mansedumbre, unidos a Jesús crucificado. Por ellas y con ellas podemos alcanzar para nosotros, para nuestros familiares y amigos, para la Iglesia y para el mundo, abundantes bendiciones de Dios que nos ama más allá de nuestras fragilidades y limitaciones, y a pesar de ellas.

Ofrece a Jesús, con alegría y sencillez, cada día, tus cruces personales – todos las tenemos y cada uno conoce las suyas -, él las presentará al Padre, y el Padre que no se daja ganar en generosidad, y sabe sacar bienes de los males, te recompensará.

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10. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Juan 6,54).

Comer la carne de Jesús y beber su sangre, acercándonos a recibir la Eucaristía, es asumir su vida en nuestra vida, llenarnos de su fe, de su amor y de su esperanza.

Comer la carne de Jesús y beber su sangre, es aprender a ser humildes como él fue humilde; aprender a compadecernos de los sufrimientos de los demás como él se compadeció de los sufrimientos de sus contemporáneos, y como se compadece de los nuestros; aprender a servir con alegría y sencillez de corazón, como él lo hizo en su vida terrena; aprender a ser honestos y veraces, generosos y amables, bondadosos y tiernos, como él fue siempre.

Comer la carne de Jesús y beber su sangre, acercándonos a recibir la Eucaristía, nos da el vigor y la fuerza que necesitamos para ser capaces de vivir en nuestra vida de cada día, el querer de Dios para nosotros.

La Eucaristía es un regalo del amor generoso de Jesús a cada uno de nosotros. Recibirla con frecuencia es la mejor manera de corresponder a ese amor que se nos ha dado sin merecerlo.

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11. Nuestra vida, aunque aparentemente sea sencilla y rutinaria, debe estar marcada por el agradecimiento. Sea como sea y pásenos lo que nos pase, siempre tenemos algo por lo que dar gracias a Dios; basta que nos detengamos un momento a pensar en ello, para que enseguida lo encontremos.

El sólo hecho de existir, de estar aquí en el mundo, ya es un hermoso regalo de Dios, que al crearnos nos ha hecho sus hijos muy queridos. La fe que profesamos – nuestra fe cristiana católica – es un don que da sentido a todo lo que somos y a todo lo que hacemos, a lo que nos sucede y a lo que no, a lo que nos hace reír y a lo que nos hace llorar, a las alegrías que experimentamos y a los sufrimientos que padecemos.

La belleza del mundo en el que habitamos es un don. La familia de la cual formamos parte es un don. La salud que nos permite crecer y desarrollarnos adecuadamente como personas capaces, es un don. Los amigos que comparten su vida con nosotros, son un don. El trabajo que nos permite conseguir lo que necesitamos, es un don.

Saquemos un tiempo para pensar en todo lo que a lo largo de nuestra vida hemos recibido del Señor, y démosle gracias como se debe.

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12. El mal se vence con el bien, obrando el bien, haciendo cosas buenas.

El odio se vence con el amor, amando sin condiciones.

El orgullo se vence con la humildad, sintiéndonos no superiores a los demás, sino sus servidores.

El egoísmo se vence saliendo de nosotros mismos, de nuestras preocupaciones e intereses, y yendo hacia los otros, para ayudarlos en sus necesidades.

La mentira se vence hablando palabras de verdad, y actuando con honestidad, sin dobles intenciones.

La injusticia se vence buscando que todo lo que decimos y hacemos, reconozca y respete los derechos de los demás.

Las discordias se vencen perdonando las ofensas recibidas, y tratando de dar siempre más importancia a lo que nos une a los otros, que a lo que nos separa de ellos.

La violencia y la guerra se vencen actuando en todo de manera pacífica, hablando palabras de paz, haciendo obras de paz.

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13. El pecado, los pecados, los tuyos y los míos, los de todos, nacen siempre de nuestro egoísmo.

El egoísmo que nos impulsa a ponernos a nosotros mismos en el centro de la escena, y querer que todo sea como nosotros lo deseamos, como lo pensamos, como lo tenemos previsto.

El egoísmo que nos hace creer que sabemos más que los demás, que somos mejores que los demás.

El egoísmo que poco a poco se vuelve vanidad, orgullo, soberbia.

¿Y qué podemos hacer para que el egoísmo no crezca en nosotros, y con él, el dominio del pecado en nuestra vida?…

La respuesta la tiene san Pablo en su Carta a los Romanos:

“Nada hagan por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo (Filipenses 2, 3)

Pidamos a Dios el don de la humildad que nos hace libres y agradables a Él, a semejanza de Jesús y de María.

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14. No permitas que tu vida cristiana sea una vida mediocre, rutinaria, sin brillo, semejante a una carga pesada que arrastras sin mucho convencimiento y con bastante incomodidad. Ser cristiano es un regalo inmenso de Dios, que debemos aprender a valorar y a agradecer cada día.

Ten presente en tu mente y en tu corazón, las palabras de Jesús a sus discípulos y a quienes se habían reunido para escucharlo aquella mañana en la montaña, y que nos transmite san Mateo en su Evangelio:

Ustedes son la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa.

Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos. (Mateo 5, 13-16)

Que quienes comparten su vida contigo, se sientan motivados a creer lo que tú crees y a vivir lo que tú vives, porque tu fe es alegre e iluminadora.

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15. Es hermoso pensar en estas palabras del Papa Francisco:

“En cualquier situación de la vida no debo olvidar que no dejaré jamás de ser hijo de Dios. Incluso en las situaciones más feas de la vida, Dios me espera, Dios quiere abrazarme, Dios me espera”.

“El Señor no puede resignarse al hecho de que una sola persona pueda perderse. El actuar de Dios es aquel de quien va en busca de los hijos perdidos, para después hacer fiesta, y alegrarse con todos porque los ha encontrado”.

El amor de Dios por nosotros es un amor infinito; un amor que no pone condiciones ni tiene medida; un amor fiel y siempre generoso, que se nos da sin pedir nada a cambio, porque su esencia es entregarse; un amor que busca y que perdona a quien se ha alejado de Él, porque somos su razón de ser.

El amor de Dios por nosotros, por todos y por cada uno, es un amor lleno de ternura y bondad, de delicadeza y comprensión, como el amor de una madre; un amor profundo y fuerte, compasivo y misericordioso, como el amor de un padre.

El amor de Dios por nosotros es un amor alegre y bello, que llena el corazón de esperanza y de paz.

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16. ORACIÓN

Señor, Tú me sondeas y me conoces.

Conoces mi mente y mi corazón,

mis pensamientos y mis sentimientos,

mis palabras y mis acciones,

mis deseos más profundos y mis limitaciones para realizarlos;

mis esfuerzos y mis luchas,

mis triunfos y mis fracasos,

mis miedos y mis angustias,

mis alegrías y mis tristezas.

Tú, Señor me conoces por dentro y por fuera,

porque vives conmigo, a mi lado, dentro de mí,

y nada de lo que soy o de lo que hago,

de lo que pienso y de lo que digo,

te es ajeno,

porque me amas infinitamente,

y tu amor es siempre un amor que nos penetra,

nos conoce, y nos acepta tal como somos.

Te doy gracias, Señor,

y te pido con toda la fuerza de mi corazón,

que me ayudes a vivir cada día en tu presencia amorosa;

y que, con la fuerza de tu Espíritu, que sopla donde quiere,

me muestres el camino y me conduzcas

para hacer siempre y sólo lo que tú quieres de mí.

Amén.

17. Elimina de tu vocabulario, de una vez por todas, las palabras violentas, las palabras despectivas, las palabras que ofenden la dignidad de las personas, las palabras que discriminan en algún sentido.

No digas nunca de nadie: “es un desechable”…, “es una rata”…, “es una basura”, u otras cosas semejantes.

Y tampoco: “ese negro”…, “ese indio”…, “ese viejo”…, “esa vieja”…

Ningún ser humano, sea lo que sea y haga lo que haga, merece un trato así.

Por encima de todo está su dignidad como hijo o hija de Dios, creado por el Padre a su imagen y semejanza, y redimido por Jesús, que asumió plenamente nuestra naturaleza humana y la elevó a la altura de Dios.

Que tus palabras sean siempre palabras de bendición.

Palabras bellas, respetuosas, motivadoras.

Palabras amorosas, palabras tiernas

Palabras de verdad y de justicia. Palabras de paz.

Palabras que construyan.

Palabras que sanen heridas.

Palabras que llenen los corazones de esperanza.

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18. Ser cristiano no es, simplemente, tener una religión, creer en una doctrina, ir a la iglesia con cierta regularidad.

Ni es tampoco, hacerle un altar a la Virgen, encenderle una vela a un santo, repetir unas oraciones cada día, enviar una cadena de promesas por whatsapp, compartir en facebook historias sorprendentes.

Ser cristiano es, simple y llanamente, haberse “encontrado” con una persona: Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios encarnado, y entablar con él una estrecha y profunda relación de amistad.

Ser cristiano es permitirle a Jesús iluminar con su luz cada rincón de nuestra alma y de nuestra vida, y llenarnos con su amor que se entrega sin condiciones ni regateos.

Ser cristiano es abrir la mente y el corazón cada día, para escuchar de nuevo su palabra de verdad y de vida, de esperanza y de paz.

Ser cristiano es dejarnos conducir por Jesús hacia los hermanos, que nos esperan ansiosos porque necesitan nuestro amor y nuestro servicio.

Ser cristiano es tratar de parecerse a Jesús en todo, cada uno según sus circunstancias.

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19. Es una tentación, sin duda. Una tentación contra la que debemos luchar con insistencia.

Hablo de la inclinación que con frecuencia experimentamos, y que nos impulsa a sentirnos mejores personas que los demás.

Cuando esto nos sucede, estamos siendo como el fariseo de la parábola del Evangelio según san Lucas, que oraba en el templo de pie, alabándose a sí mismo sin ningún pudor, tratando de “demostrarle” a Dios que era infinitamente mejor persona y mejor creyente, que el publicano que postrado en el suelo, cerca de la puerta, pedía humildemente perdón por sus pecados (cf. Lucas 18, 9-14).

¡No! No somos mejores personas – y mucho menos, mejores cristianos – que nadie. Si en algo lo parece es, simplemente que hemos tenido oportunidades que los otros no han tenido, circunstancias de vida más favorables, personas cercanas que nos han enseñado, protegido, apoyado, en fin.

Tomemos conciencia de esta realidad y vivamos nuestro compromiso cristiano siempre en la humildad, dando gracias a Dios por todo, y con la certeza de que lo que hemos alcanzado es fruto de sus dones y gracias, y no de nuestras fuerzas.

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20. Le dijo Jesús al paralítico: ¡Ánimo! Hijo. Tus pecados te son perdonados (Mateo 9,2).

¡Ánimo!… Tus pecados, sean los que sean, pueden ser perdonados por Dios. Basta que estés arrepentido de ellos.

Perdonados y olvidados para siempre, porque cuando Dios perdona, no se vuelve nunca atrás. Su corazón de Padre no se lo permite.

Aprovecha esta “debilidad” de Dios, haz un buen examen de conciencia y acércate a un sacerdote para celebrar el Sacramento de la Confesión.

Sentirás en tu interior la dulzura de la ternura del Padre que te ama sin condiciones, y quiere siempre lo mejor para ti.

Vamos. No lo pospongas más. No hay para qué. Te lo aseguro: no te arrepentirás. Al contrario. Sentirás que deberías haberlo hecho antes, y la próxima vez te será más fácil dar el paso.

El Sacramento de la Confesión es un regalo maravilloso de Dios, que es infinitamente compasivo y misericordioso, conoce nuestra fragilidad y no le asusta, porque ella le da la oportunidad de mostrarnos cuán grande es su amor por nosotros.

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21. Las jaculatorias son pequeñas oraciones que podemos repetir varias veces en el día, y que nos ayudan a mantener la mente y el corazón unidos a Dios, en medio de nuestras actividades, “contemplativos en la acción”, diría san Ignacio de Loyola.

ACTO DE FE

Señor, yo creo en Ti, pero te pido que aumentes mi fe y la hagas fuerte.

ACTO DE AMOR

Jesús, yo te amo con todo mi corazón y quiero amarte cada día más.

ACTO DE ESPERANZA

Señor, yo espero en Ti y en tu Palabra, y anhelo el día en que vaya a encontrarme Contigo al final de mi vida.

ACTO DE HUMILDAD

Jesús, te ofrezco mi pequeñez y mi pobreza. No soy persona importante, pero quiero servirte en todo lo que Tú necesites de mi.

PETICIÓN DE PERDÓN

Jesús crucificado, ten piedad de mí, y perdona todos mis pecados.

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22. No olvides rezar cada día por los sacerdotes. Son personas muy importantes para nuestra vida de fe. Por su mediación Dios nos comunica los dones de la salvación, en los sacramentos, y se hace vivo y presente en todos los rincones de la tierra por su predicación del Evangelio y la celebración de la Eucaristía.

Los sacerdotes necesitan con urgencia nuestro apoyo espiritual. Su trabajo en medio de la comunidad cristiana es exigente. Llevan un gran tesoro en “vasijas de barro”. Son frágiles por su condición humana y pueden dejarse arrastrar por el pecado como cualquiera de nosotros.

Pero la oración, cuando se hace con fe, humildad y perseverancia, es poderosa, y puede alcanzar para ellos la protección especial de Dios ante las tentaciones que se les presentan.

Donde hay buenos sacerdotes habrá también buenos cristianos, porque la fuerza de su testimonio se impondrá.

Encomienda de manera especial a la protección de María, a aquellos sacerdotes que en cualquier parte del mundo se sienten cansados, o desilusionados; a los que se sienten solos; a los que experimentan la tentación de abandonar la tarea que les fue confiada; a los que se sienten atraídos por el poder o por el dinero. Necesitan la fuerza de Dios para vencer en su lucha, y la oración por ellos es la mejor manera para ayudarles a conseguirla.

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23. Recuerda que Dios está siempre disponible para ti y para todos. En cualquier parte donde te encuentres puedes elevar tu pensamiento y tu corazón a Él, y pedirle su bendición y su ayuda. Estará siempre encantado de que lo hagas.

Cada día Dios te espera con los brazos abiertos para acogerte y para comunicarte su amor y su fuerza salvadora, porque te ama – nos ama -, con un amor absoluto e incondicional.

No desaproveches ninguna oportunidad. Invocar a Dios es lo mejor que los seres humanos podemos hacer por nosotros mismos y por el mundo entero.

Necesitamos desesperadamente su amor, su consolación, su apoyo, su bondad, su generosidad sin límites, su paz.

Y cuando te sea posible, en medio de tus ocupaciones y responsabilidades, saca un “tiempito” más largo y visítalo en el sagrario de cualquier iglesia o capilla. Estará esperándote.

En el sagrario, Jesús siempre nos espera. Es el mejor lugar para encontrarnos con Él. Un lugar siempre íntimo y muy apropiado para que le hagamos nuestras confidencias.

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24. El Evangelio de Jesús es, de una manera muy especial, el Evangelio de la acogida, la buena noticia de que Dios nos ama a todos sin excepción, y desea infinitamente que nos sintamos abrazados por su amor, estrechados contra su corazón de Padre, íntimamente unidos a Él.

Esto implica, que quienes somos discípulos del Señor, tenemos que ser también, por supuesto, en primer lugar, personas acogedoras con los demás, particularmente con todas aquellas personas que por alguna circunstancia de su vida, se sienten rechazadas, marginadas, excluídas, por la sociedad. Era lo que hacía Jesús en su tiempo y lo que tenemos que hacer nosotros en el nuestro.

Sé bien que se dice fácil, y también, que realizarlo puede resultar particularmente difícil, pero sea como sea, esta es la verdad del Evangelio y no podemos desentendernos de ella, simplemente porque nos cuesta. Al contrario. Como nos cuesta tanto, tenemos que insistir e insistir, hasta que lleguemos a asumirlo como corresponde.

Pidamos a Jesús, desde lo más profundo de nuestro corazón, con amor y perseverancia, que nos ayude en este propósito que hoy nos hacemos, para vivir con más compromiso nuestra fe en Él: ser cristianos acogedores con los demás, con los gestos y con las palabras, con las actitudes y con las acciones; cristianos que saben hacer la diferencia en el mundo.

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25. La ecología es, sin duda, un tema que no sólo interesa a los científicos o a los activistas sociales, sino a todos y cada uno de los hombres y mujeres del mundo, entre quienes nos contamos, por supuesto, nosotros los cristianos. La tierra es, como nos lo dice el Papa Francisco, “la casa común” que tenemos que cuidar y proteger, si queremos que nuestra especie pueda seguir habitándola y creciendo en ella con comodidad.

Ha pasado mucho tiempo en el que los seres humanos nos hemos beneficiado de manera indiscriminada de los recursos de nuestro planeta, y lo que ahora podemos ver a nuestro alrededor es que nuestros abusos le han causado un gran daño, un daño que tenemos que tratar de detener y de enmendar lo más pronto posible.

Todos somos responsables de recuperar la belleza y fertilidad del “jardín del Edén” que Dios puso en nuestras manos para que lo “cultiváramos y lo guardáramos”, y también, de trabajar con entereza para que sus bienes y recursos lleguen a todos, sin excepción, y no se queden en las manos de unos pocos que se enriquecen sin medida, mientras otros pasan hambre y son víctimas de los desastres naturales provocados por el calentamiento global que es una dolorosa realidad.

Cuidar las fuentes de agua, proteger los bosques, cultivar la tierra, controlar las basuras y disponerlas adecuadamente, reciclar y reutilizar, y evitar el consumismo desaforado que nos ahoga, es una tarea urgente de la que nadie queda excluido.

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26. El Evangelio de Jesús es, como su mismo nombre lo indica, una buena noticia, un bello anuncio de un grande y nuevo acontecimiento. El maravilloso anuncio del profundo y tierno amor que Dios siente por los seres humanos, hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares.

Una buena noticia, una alegre novedad, un acontecimiento sinigual que todos deben conocer. Una hermosa historia de amor que nos anima, que nos comunica esperanza, que nos hace soñar cosas imposibles para los hombres, que Dios sabe hacer posibles y reales.

El Evangelio de Jesús es siempre joven, nunca envejece, porque no hace simplemente un recuento de un hecho del pasado que no volverá, sino que ilumina con su luz brillante y cálida el presente que vivimos y el futuro que vendrá.

Leer el Evangelio y meditar en él con dedicación y profundidad es una tarea pendiente que todos tenemos, una tarea que no podemos aplazar. Porque el Evangelio es la cartilla de navegación para el cristiano de todos los tiempos y de todos los lugares. Su luz ilumina todas las realidades de nuestra vida humana y de la eternidad.

Que no sea este un propósito más. Hagámoslo realidad cada día. Llenará nuestro corazón de esperanza y de paz.

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27. Todos somos pecadores. Todos estamos inclinados a pecar, una y otra vez, en esto y n aquello. Es nuestra gran debilidad.

Todos somos pecadores. Lo sabemos nosotros y lo sabe Dios que conoce los corazones.

No podemos ecapar del pecado. Caemos en él con más frecuencia de la que quisiéramos. A veces son cosas menores, pero otras son cosas graves, cosas realmente dañinas para nosotros mismos y también para quienes viven cerca de nosotros. Unas veces son pensamientos, otras veces son palabras, otras acciones, y otras omisiones, porque el bien que dejamos de hacer también cuenta.

Tener conciencia de esta realidad personal, es una gracia de Dios, un regalo de su amor. Porque sólo cuando tomamos conciencia de nuestra debilidad, de nuestra inclinación a pecar, y de nuestros pecados concretos, grandes y pequeños, podemos arrepentirnos de ellos y enmendar nuestra conducta equivocada.

Pidamosle a Dios, cada día, con humildad, esta gracia. Nos hará mucho bien.

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28. La conciencia de pecado, de nuestros pecados, grandes y pequeños, tiene que llevarnos directamente a la conversión.

Somos pecadores, lo reconocemos, reconocemos nuestra debilidad, nuestra inclinación al mal, y asumimos con humildad la necesidad que tenemos de convertirnos, es decir, de cambiar de vida, de cambiar nuestra conducta.

La conversión es una verdadera lucha contra el pecado, una lucha intensa con nuestras conductas pecaminosas, para dejar atrás el mal que hemos hecho; una lucha que exige todo nuestro esfuerzo para crecer cada día en la práctica del bien.

Pero no nos convertimos de una vez para siempre, y eso tenemos que tenerlo en cuenta para no desanimarnos. La conversión es un proceso, un largo proceso con subidas y bajadas, con días buenos y días malos, con triunfos y con fracasos. Así tenemos que vivirlo. No hay otra posibilidad. Es nuestra realidad humana.

Pero hay una buena noticia: lo importante para Dios no serán sólo los resultados que obtengamos, sino el empeño que pongamos en el proceso, nuestra voluntad de cambiar, de ser mejores, de incrementar nuestras obras buenas, y el amor con el que lo hagamos.

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29. “Ser coherente” es una de las características más importantes de quien se confiesa cristiano, es decir, discípulo y seguidor de Jesús.

Es coherente quien hace que haya perfecta correspondencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace; entre sus ideas y sus acciones; entre lo que afirma creer y las obras con las que hace concreta esa fe que dice tener; entre la fe y la vida.

Jesús fue una persona perfectamente coherente a lo largo de su vida en el mundo. Esa coherencia era lo que hacía que la gente que lo escuchaba sintiera en su corazón, que “hablaba con autoridad y no como los escribas y fariseos”, como anotan los evangelios.

La coherencia llevó a Jesús hasta la cruz, donde entregó su vida con generosidad, por amor a Dios, su Padre, y por amor a cada uno de nosotros.

También nosotros – tú y yo – tenemos que ser coherentes, tenemos que hacer corresponder nuestra fe en Jesús y nuestra vida cotidiana. Es la única manera de ser cristianos de verdad, cristianos creyentes y practicantes, cristianos de una sola pieza, como se dice coloquialmente.

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30. Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, que yo les daré descanso… (Mateo 11, 28)

El corazón de Jesús es para quienes creemos en él, un verdadero refugio, un remanso de paz. Acogidos amorosamente en él, podemos reponer nuestras fuerzas para seguir enfrentando con valor y esperanza, las diversas situaciones que la vida nos trae.

A Jesús podemos confiar todos nuestros afanes, nuestras angustias y nuestros temores, nuestros miedos e inseguridades, nuestras necesidades materiales y espirituales, nuestros anhelos y deseos, nuestras victorias y nuestras derrotas.

Jesús, que vivió como uno cualquiera de nosotros, y experimentó en su propia carne y en su propia alma, las alegrías y los sufrimientos que nos afectan a todos, es el compañero perfecto para los momentos de soledad y de tristeza, de temor y dolor, de búsqueda y esperanza, de alegría y de fervor, que experimentamos una y otra vez.

Sólo tenemos que elevar nuestro pensamiento y nuestro corazón a él, ponernos en sus manos con total confianza, no nos defraudará. De eso podemos tener la absoluta seguridad.

Jesús no defrauda a nadie que ponga su confianza en él, que se entregue a él. Es siempre amoroso y siempre fiel. Prueba y lo verás con tus propios ojos.

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31. “Obras son amores, y no, buenas razones”, dice el refrán popular.

El amor no es sólo bellas palabras.

El verdadero amor necesita las obras.

Las palabras se las lleva el viento.

Las obras son concretas y reales.

Muchas veces se miente con las palabras.

Las obras no pueden mentir.

Si dices que amas a alguien, demuéstrale tu amor con obras concretas que confirmen tus palabras.

Amar a Dios no es simplemente ponerse de rodillas frente a un altar. Amar a Dios es también y sobre todo, amar a sus hijos más queridos, que son los más pobres y débiles de la sociedad, no sólo con las palabras, sino también y de un modo especial, con acciones concretas que los ayuden en sus necesidades.

Tenemos mucho que aprender sobre el amor.

Tenemos mucho que aprender para amar de verdad, para empeñar la vida en el amor, como lo hace Dios, cada instante, con nosotros, como lo hizo Jesús cuando entregó su vida, en la cruz, sólo por amor, amándonos hasta el extremo (Juan 13, 1) .

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32. San Pablo da a los cristianos de Roma, una serie de recomendaciones para su vida, que también nosotros debemos tener en cuenta en la nuestra. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero la humanidad sigue siendo la misma, y también el Evangelio de Jesús, en quien creemos y a quien hemos entregado nuestra vida.

Dijo san Pablo en aquel tiempo y nos dice también a nosotros hoy:

Su caridad sea sin fingimiento; deseando el mal y adhiriéndose al bien; amándose cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos, practicando la hospitalidad.

Bendigan a los que los persiguen, no maldigan. Alégrense con los que se alegran; lloren con los que lloran. Tengan un mismo sentir los unos para lcon os otros; sin complacerse en la altivez; atraídos más bien por lo humilde; no se complazcan en su propia sabiduría. Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible y en cuanto de ustedes dependa, en paz con todos; no tomando la justicia por su cuenta… Antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber… No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien (Romanos 12, 9-18).

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33. La encarnación de Jesús en el seno virginal de María, es un acontecimiento en el que tenemos que pensar muchas más veces de las que solemos hacerlo. Implican muchas más cosas que la Navidad, a la que acostumbramos reducirlo.

Jesús se encarnó y se hizo hombre, en el seno virginal de María, por obra del Espíritu Santo, es decir, sin ninguna intervención humana, por la Voluntad y el poder de Dios, que no teme inclinarse, que no teme abajarse, que no teme humillarse, para “hacerse semejante” a sus criaturas.

Por la encarnación de Jesús, nuestra humanidad es engrandecida y elevada de una manera inimaginable para nosotros, y todas las situaciones y circunstancias que afectan nuestra condición frágil y limitada, son bendecidas.

Jesús, que es Dios encarnado, Dios “humanizado”, da valor a cada hecho humano, desde la misma gestación en el seno materno, hasta la muerte. Nada queda excluido, sólo el pecado, porque el pecado no es propio de la naturaleza humana, sino resultado del mal uso que hacemos de nuestra libertad.

Si lo pensamos con detenimiento, no podemos más que sorprendernos y dar gracias con todo el corazón.

Sorprendernos, dar gracias, y comprometernos a vivir nuestra vida, siempre con fidelidad; procurando manifestar en cada palabra que digamos y en cada acción que hagamos, nuestro amor sincero y profundo.

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34. La Eucaristía es Presencia real.

La Eucaristía es Don.

La Eucaristía es Amor palpitante.

La Eucaristía es Vida entregada.

La Eucaristía es Sangre derramada.

La Eucaristía es Pan partido y compartido.

La Eucaristía es Sencillez.

La Eucaristía es Humildad.

La Eucaristía es Fraternidad.

La Eucaristía es Paz.

Celebrar la Eucaristía, participar en la Eucaristía, recibir la Eucaristía, exige de nosotros dejar a un lado el egoísmo que nos cierra el corazón, la soberbia que nos hace creer mejores que los demás, la vanidad, la pereza, la glotonería, la lujuria, el consumismo, la mentira, la hipocresía, y poner en el centro de nuestra vida a Dios, como su único Dueño y Señor.

Celebrar la Eucaristía, participar en la Eucaristía, recibir la Eucaristía, exige de nosotros dejar a un lado los odios y los rencores, las envidias y los celos, las rencillas y las murmuraciones, y abrir el corazón de par en par, para que puedan entrar en él todos los hombres y mujeres del mundo, con sus necesidades y carencias, porque son nuestros hermanos.

Celebrar la Eucaristía, participar en la Eucaristía, recibir la Eucaristía, es un regalo de Dios en el que Él mismo se nos da, un regalo que tenemos que valorar y agradecer en su justa medida.

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35. Todo es posible para Dios. Lo dice Jesús en el Evangelio (Mateo 19,26).

Todo es posible para Dios, que sabe sacar bienes de los males, hacer que una mujer anciana pueda ser madre (Lucas 1, 37), y una mujer virgen conciba en su seno un niño, sin el concurso de ningún hombre (Lucas 1, 34-35).

Todo es posible para Dios, porque su amor no conoce obstáculos, y ama más allá de todos los límites y barreras.

Todo es posible para Dios. Tienes que creerlo de verdad. Creerlo y sentirlo en tu corazón. Creerlo y vivirlo cada día.

Todo es posible para Dios. Confíale tus afanes. Pon en sus manos tus problemas y necesidades, materiales y espirituales. Entrégale tu vida: lo que eres y lo que tienes. Él hará maravillas en ti y contigo, como las hizo en María y a través de ella (Lucas 1, 49).

Todo es posible para Dios y para quien cree en Él, para quien confía en Él, para quien lo ama, para quien se pone a su disposición para hacer realidad en su vida cotidiana su Voluntad salvadora.

Todo es posible para Dios. Tienes que creerlo de verdad. Creerlo y sentirlo en tu corazón. Creerlo y vivirlo cada día, en todo lo que piensas, en todo lo que dices, en todo lo que haces. Con la plena certeza de que Dios no defrauda nunca.

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36. El salmo 62 habla de la necesidad que tiene el alma humana – cada hombre y cada mujer -, de encontrarse con Dios, y de establecer con Él una relación de intimidad. Puedes aprenderlo de memoria, y orar con él, en la mañana, en la noche, o en el momento del día que te parezca mejor. Te comunicará una profunda alegría.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,

mi alma está sedienta de ti;

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario

viendo tu fuerza y tu gloria!

Tu gracia vale más que la vida,

te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré

y alzaré las manos invocándote.

Me saciaré como de enjundia y de manteca,

y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti

y velando medito en ti,

porque fuiste mi auxilio,

y a la sombra de tus alas canto con júbilo;

mi alma está unida a ti,

y tu diestra me sostiene.

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37. ¡Hay tantas realidades dolorosas que no conocemos!… ¡Tantas que ni siquiera imaginamos!… ¡Tantas que “necesitan” nuestra oración ferviente y perseverante!…

Los niños abandonados, los niños maltratados en el seno de sus familias, los niños abusados sexualmente, los niños víctimas de la trata de personas, los niños sometidos a trabajos que no se corresponden con su edad, los niños que no reciben la educación adecuada, los niños enfermos, los niños que mueren de desnutrición.

Los ancianos solos y abandonados; las mujeres maltratadas, las vñictimas de la prostitución, las víctimas de la trata de personas; los refugiados de las guerras que se libran en tantas partes del planeta; los inmigrantes que salen de sus países de origen y ponen su vida en peligro con tal de llegar a un lugar en el que creer que podrán encontrar un futuro mejor para ellos y sus familias; los hombres y mujeres perseguidos a causa de su religión; los jóvenes que no tienen trabajo ni posibilidades cercanas de conseguirlo; los presos en las cárceles en las que el hacinamiento ofende su dignidad personal; los enfermos con enfermedades desconocidas y de difícil tratamiento; los pacientes de Sida que son sometidos a aislamiento forzado, en fin.

No podemos estar a su lado; noo podemos acompañarlos, ni compartir sus dolores físicos y espirituaales, pero sí podemos apoyarlos con nuestra oración. Es una manera de no desentendernos de su dolor, que bien podría ser el nuestro.

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38. El perdón de nuestros pecados, es un regalo de Dios, que muy seguramente no hemos meditado lo suficiente, y que, por lo tanto, no valoramos adecuadamente. Son hermosas y muy motivadoras para nosotros, las palabras que el Papa Francisco nos dice al respecto:

Dios olvida nuestros pecados y nos consuela. Si nosotros confiamos en él, con un corazón humilde y arrepentido, él destruirá los muros del mal, llenará los vacíos de nuestras omisiones, allanará las montañas de la soberbia y de la vanidad, y abrirá el camino del encuentro con él.

El perdón divino es sumamente eficaz, porque crea lo que dice. No esconde el pecado sino que lo destruye y lo borra; pero lo borra desde la raíz.

El perdón de Dios es el signo más grande de su misericordia. Un don que todo pecador perdonado está llamado a compartir, con cada hermano y hermana que encuentra.

El perdón de Dios es un perdón pleno, total, con el que nos da la certeza de que aún cuando podemos recaer en los mismos pecados, él tiene piedad de nosotros y no deja de amarnos.

El perdón de Dios cancela el pasado y nos regenera en el amor. Esta es la debilidad de Dios. Cuando nos abraza y nos perdona, pierde la memoria.

Esto es lo que hoy nos pide el Señor: ¡coraje! “Dame tus pecados y yo te haré un hombre nuevo, una mujer nueva”.

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39. El sufrimiento es una constante en nuestra vida humana.

Todos los seres humanos sufrimos física y/o espiritualmente, en los diversos momentos de nuestra existencia en el mundo. Ninguna circunstancia nos exime de ello.

Sufren los ricos a pesar de su riqueza; sufren los pobres por su pobreza. Sufren los hombres y sufren las mujeres. Sufren los niños, sufren los jóvenes, sufren los adultos y sufren los ancianos. Unos más que otros. Unos por una razón y otros por otra. Pero todos, absolutamente todos, experimentamos el dolor en nuestra carne y sangre, y en nuestro corazón.

No podemos escapar al sufrimiento, pero sí podemos decidir cómo sufrir. Enfrentándonos al dolor con rabia, o con paciencia; aceptando el dolor como un hecho natural, u oponiéndole resistencia; amargándonos la vida y amargándosela a quienes viven a nuestro alrededor, u ofreciendo a Dios nuestro dolor por las necesidades personales y familiares, por las necesidades de la Iglesia y del mundo, o por las necesidades de las personas más débiles de la sociedad de la que formamos parte.

Mirar a Jesús en la cruz, da sentido y valor a nuestro sufrimiento.

Mirar a Jesús en la cruz nos permite sufrir con paz, con amor y con esperanza. No entendemos el sufrimiento, pero lo aceptamos y ofrecemos como Jesús aceptó y ofreció el suyo, y esperamos con fe que Dios nos recompensará.

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40. “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo libra de sus angustias”. Estas palabras del salmo 33 nos recuerdan que Dios – nuestro buen Padre -, está siempre atento a nuestras necesidades, y nos socorre con su amor y con su gracia, con prontitud, cuando se lo pedimos con fe.

Es una verdad que tenemos que tener siempre presente en nuestra mente y en nuestro corazón. Una verdad que nos permite mirar la vida con esperanza, sea cual sea nuestra situación.

“Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo libra de sus angustias”.

Elevar nuestro corazón a Dios, con humildad y con confianza, nos comunica siempre paz, alegría y consuelo.

Elevar nuestro corazón a Dios, con humildad y con confianza, cuando estamos pasando por una situación difícil, nos da fuerza para seguir adelante a pesar de las circunstancias desfavorables.

Elevar nuestro corazón a Dios, con humildad y con confianza, en las situaciones límite de la vida, nos hace capaces de cosas que antes nos parecían imposibles.

Elevar nuestro corazón a Dios, con humildad y con confianza, llena nuestro corazón de esperanza, y la esperanza nos anuncia la Vida eterna y nos conduce a ella.

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41. No te hará feliz el mucho dinero que puedas conseguir, ni los bienes y objetos que con ese dinero puedas adquirir.

Tampoco te harán feliz, los títulos y diplomas que logres alcanzar, ni los altos puestos que puedas desempeñar.

No te harán feliz los amigos que te halaguen, ni el prestigio social que llegues a tener.

Los seres humanos sólo podemos ser felices sintiéndonos amados y amando a los demás, con un amor verdadero, salido del corazón; un amor que no se queda en las palabras, sino que tiene manifestaciones concretas y reales.

Serás feliz cuando abras tu corazón a Dios de una manera clara y decidida.

Serás feliz cuando logres salir de ti mismo, de tu egoísmo, de tu deseo de situarte en el primer lugar, de buscar que todos tus deseos sean considerados siempre como lo más importante, que tus ideas sean siempre las que se realizan.

Serás feliz cuando aprendas a compartir con los otros lo que eres y lo que tienes, tus bienes espirituales, tus cualidades, y también, por supuesto, tus bienes materiales, tus posesiones, tu bienestar, tu dinero.

Serás feliz cuando dejes de pensar en tu felicidad personal, y te dediques a pensar y a buscar la felicidad de los otros.

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42. ORACIÓN

Dame, Señor, un corazón contrito.

Un corazón que sepa sentir dolor por sus pecados.

Un corazón que sepa arrepentirse.

Un corazón que siempre busque pedirte perdón y convertirse.

Dame, Señor, un corazón contrito.

Un corazón sencillo. Un corazón humilde.

Un corazón que no tenga miedo de mirarse a sí mismo,

y de volver a comenzar de nuevo cada día.

Dame, Señor, un corazón contrito.

Un corazón que pida tu perdón y lo reciba con amor.

Un corazón que sintiéndose perdonado

sepa también perdonar con alegría y generosidad las ofensas recibidas.

Dame, Señor, un corazón manso y humilde

Un corazón alegre y puro.

Un corazón consolado que sepa consolar a quien lo necesite.

Dame, Señor, un corazón que se parezca al tuyo.

Un corazón que ame y que perdone.

Un corazón de carne.

43. Dios no te ama porque en la sociedad en la que vives, has logrado un gran reconocimiento y un merecido prestigio.

Dios te ama porque eres una persona sencilla que sabe que todo lo que ha conseguido en su vida es, simplemente, don y gracia suyos.

Dios no te ama porque cuando hablas dices muy bellas palabras, y todos los que te rodean te adulan y te siguen por ello.

Dios te ama porque lo más importante para ti es siempre ser un constructor de puentes que unen a las personas a pesar de sus diferencias.

Dios no te ama porque con los bienes que posees has creado un imperio en el que eres una persona importante, considerada por todos, admirada por todos.

Dios te ama porque apesar de lo que tienes no se te han subido los humos a la cabeza y conservas tu humildad, porque sabes de dónde vienes.

Dios no te ama porque muchos hablan bien de ti y reconocen tus méritos, o porque en todas las actividades que has emprendido has logrado un resultado óptimo.

Dios te ama porque eres una persona amable, amorosa, compasiva, bondadosa, con todos los que se te acercan.

Dios no te ama por lo que haces, por lo que dices, por lo que tienes, o por lo que representas para la sociedad, sino por lo que eres: su hijo muy querido.

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44. ORACIÓN

Señor, hoy vengo a tu presencia para alabarte y para bendecirte, para adorarte y para darte gracias, por todo lo que eres, por lo que significas enmi vida, y por lo que me has dado.

Yo te alabo, Señor, y te bendigo, por tu inmensa bondad, por tu gran misericordia, por tu amor y tu compasión sin límites, por tu perdón que sana nuestras heridas y destruye nuestros pecados.

Me pongo de rodillas ante ti, y te reconozco como mi Dueño y Señor, mi Dios y mi Todo. Me confío a tu protección y te pido que me guíes por el camino que conduce a ti.

Te doy gracias por haberme creado y por regalarme el don de la fe, que me permite creer en ti, en tu bondad infinita, y en tu amor de Padre que me cuida y me protege del mal. Por el don de la esperanza, que me lleva a vislumbrar con alegría, el día que esté frente a ti, cara a cara, por toda la eternidad. Por el don del amor, que me da alas para volar hasta ti, estando aquí en el mundo, y me impulsa suavemente a compartir lo que soy y lo que tengo, con las personas que pusiste a mi lado.

Yo te alabo, mi Dios y te reconozco como Señor de mi vida. Me pongo en tus manos de Padre, y te pido con todo el amor de que soy capaz, que me protejas del mal y me conduzcas a tu Reino de amor y de bondad, de justicia, de libertad y de paz. Amén.

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